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ERDLC. 31-3.

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Se puede decir verdaderamente que algunos aspectos de la realidad se ocultan a quienquiera que la considera como profano y como materialista, y que se vuelven inaccesibles a su observación; en eso no se trata de una simple manera de hablar más o menos «imaginada», como algunos podrían estar tentados de creerlo, sino de la expresión pura y simple de un hecho, del mismo modo que es un hecho que los animales huyen espontanea e instintivamente ante cualquiera que les testimonia una actitud hostil. Por eso es por lo que hay cosas que no podrán ser constatadas nunca por los «sabios» materialistas o positivistas, lo que, naturalmente, les confirma todavía más en su creencia en la validez de sus concepciones, puesto que parecen darles una suerte de prueba negativa, mientras que, sin embargo, no es nada más que un simple efecto de esas concepciones mismas; bien entendido, no es que estas cosas hayan cesado de existir de ninguna manera por eso desde el nacimiento del materialismo y del positivismo, pero se «substraen» verdaderamente fuera del dominio que está al alcance de la experiencia de los sabios profanos, al abstenerse de penetrar en él de manera que pueda dejar sospechar su acción o su existencia misma, del mismo modo que, por otra parte, en otro orden que no carece de relación con éste, el depósito de los conocimientos tradicionales se sustrae y se cierra cada vez más estrictamente ante la invasión del espíritu moderno. En cierto modo, eso es la «contrapartida» de la limitación de las facultades del ser humano a las que se refieren propiamente a la modalidad corporal solo: por esta limitación, el ser humano deviene, decíamos, incapaz de salir del mundo sensible; por eso de lo que se trata ahora, pierde además toda ocasión de constatar una intervención manifiesta de elementos suprasensibles en el mundo sensible mismo. Así se encuentra completada para él, tanto como es posible, el «cierre» de este mundo, devenido así tanto más «sólido» cuanto más aislado está de todo otro orden de realidad, incluso de aquellos que están más próximos de él y que constituyen simplemente modalidades diferentes de un mismo dominio individual; en el interior de un tal mundo, puede parecer que la «vida ordinaria» no tenga ya en adelante más que desenvolverse sin perturbación y sin accidentes imprevistos, a la manera de los movimientos de una «mecánica» perfectamente regulada; ¿no apunta el hombre moderno, después de haber «mecanizado» el mundo, a «mecanizarse» lo mejor posible él mismo, en todos los modos de actividad que quedan todavía abiertos a su naturaleza estrechamente limitada?

ERDLC. 30-3-ter

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Para llegar al punto que hemos descrito, es menester que el hombre, por el hecho mismo de esta «materialización» o de esta «solidificación» que se opera naturalmente en él tanto como en el resto de la manifestación cósmica de la que forma parte, y que modifica notablemente su constitución «psicofisiológica», haya perdido el uso de las facultades que le permitirían normalmente rebasar los límites del mundo sensible, ya que, incluso si éste está muy rodeado realmente de tabiques más espesos, se podría decir, que los tabiques de que estaba rodeado en sus estados anteriores, por ello no es menos verdad que no podría haber nunca en ninguna parte una separación absoluta entre diferentes ordenes de existencia; una tal separación tendría por efecto cercenar de la realidad misma el dominio que ella encerraría, de suerte que, ahí también, la existencia de ese dominio, es decir, del mundo sensible en el caso de que se trata, se desvanecería inmediatamente. Por lo demás, uno podría preguntarse legítimamente cómo ha podido producirse efectivamente una atrofia tan completa y tan general de algunas facultades; para eso ha sido menester que el hombre haya sido conducido primero a dirigir toda su atención sobre las cosas sensibles exclusivamente, y es por ahí por donde ha debido comenzar necesariamente esta obra de desviación que se podría llamar la «fabricación» del mundo moderno, y que, bien entendido, no podía «triunfar», ella también, si no es precisamente en esta fase del ciclo y utilizando, en modo «diabólico», las condiciones presentes del medio mismo. Sea como sea en lo que concierne a este último punto, sobre el que no queremos insistir más por el momento, no se podría admirar demasiado la solemne necedad de algunas declamaciones queridas de los «vulgarizadores» científicos (deberíamos decir más bien «cientificistas»), que se complacen en afirmar a todo propósito que la ciencia moderna hace retroceder sin cesar los límites del mundo conocido, lo que, de hecho, es exactamente lo contrario de la verdad: ¡nunca estos límites han sido tan estrechos como lo son en las concepciones admitidas por esta pretendida ciencia profana, y nunca el mundo ni el hombre se habían encontrado así empequeñecidos, hasta el punto de ser reducidos a simples entidades corporales, privados, por hipótesis, de la menor posibilidad de comunicación con todo otro orden de realidad!
Por lo demás, hay todavía otro aspecto de la cuestión, recíproco y complementario del que hemos considerado hasta aquí: en todo esto, el hombre no es reducido al papel pasivo de un simple espectador, que debiera limitarse a hacerse una idea más o menos verdadera, o más o menos falsa, de lo que ocurre a su alrededor; más bien, él mismo es uno de los factores que intervienen activamente en las modificaciones del mundo donde vive; y debemos agregar que es incluso un factor particularmente importante, en razón de la posición propiamente «central» que ocupa en este mundo. Al hablar de esta intervención humana, no entendemos hacer alusión simplemente a las modificaciones artificiales que la industria hace sufrir al medio terrestre, y que son por lo demás muy evidentes como para que haya lugar a extenderse más en ello; eso es una cosa que conviene ciertamente tener en cuenta, pero eso no es todo, y de lo que se trata sobre todo, desde el punto de vista donde nos colocamos en este momento, es de algo completamente diferente, que no es querido por el hombre, al menos expresa y conscientemente, pero que, en realidad, va no obstante mucho más lejos. En efecto, la verdad es que la concepción materialista, una vez que ha sido formada y difundida de una manera cualquiera, no puede sino concurrir a reforzar todavía más esta «solidificación» del mundo que ha hecho posible primeramente, y todas las consecuencias que derivan directa o indirectamente de esta concepción, comprendida la noción corriente de la «vida ordinaria», no hacen sino tender hacia ese mismo fin, ya que las reacciones generales del medio cósmico mismo cambian efectivamente según la actitud adoptada por el hombre a su respecto.

ERDLC. 30-3 bis

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. Se podría decir también, en otros términos, que la «materialización» existe como tendencia, pero que la «materialidad», que sería el resultado completo de esta tendencia, es un estado irrealizable; de eso viene, entre otras consecuencias, el que las leyes mecánicas formuladas teóricamente por la ciencia moderna no sean nunca susceptibles de una aplicación exacta y rigurosa a las condiciones de la experiencia, donde subsisten siempre elementos que se les escapan necesariamente, incluso en la fase en la que el papel de esos elementos se encuentra en cierto modo reducido al mínimo. Así pues, en eso no se trata nunca más que de una aproximación, que, en esta fase, y bajo la reserva de casos devenidos entonces excepcionales, puede ser suficiente para las necesidades prácticas inmediatas, pero que por ello no implica menos una simplificación muy grosera, lo que le quita no solo toda pretendida «exactitud», sino incluso todo valor de «ciencia» en el verdadero sentido de esta palabra; y es también con esta misma aproximación como el mundo sensible puede pretender la apariencia de un «sistema cerrado», tanto a los ojos de los físicos como en la corriente de los acontecimientos que constituyen la «vida ordinaria».
En lugar de hablar de «materialización» como acabamos de hacerlo, se podría también, en un sentido que en el fondo es el mismo, y de una manera quizás más precisa e incluso más «real», hablar de «solidificación»; en efecto, los cuerpos sólidos son, por su densidad y su impenetrabilidad, lo que da más que toda otra cosa la ilusión de la «materialidad». Al mismo tiempo, esto nos recuerda la manera en que Bergson, así como lo hemos señalado más atrás, habla del «sólido» como constituyendo en cierto modo el dominio propio de la razón, en lo cual es por lo demás evidente que, conscientemente o no (y sin duda poco conscientemente, puesto que no solo generaliza y no aporta ninguna restricción, sino que incluso cree poder hablar en eso de «inteligencia», como lo hace siempre mientras que lo que dice no puede aplicarse realmente más que a la razón), se refiere más especialmente a lo que ve a su alrededor, es decir, al uso «científico» que se hace actualmente de esta razón. Agregaremos que esta «solidificación» efectiva es precisamente la verdadera causa por la que la ciencia moderna «triunfa», no ciertamente en sus teorías que no son menos falsas por eso, y que por lo demás cambian a cada momento, sino en sus aplicaciones prácticas; en otras épocas en las que esta «solidificación» no estaba todavía tan acentuada, no solo el hombre no hubiera podido pensar en la industria tal como se la entiende hoy, sino que esta industria misma hubiera sido realmente del todo imposible, así como todo el conjunto de la «vida ordinaria» donde tiene un lugar tan importante. Esto, notémoslo de pasada, basta para cortar todos los delirios de los supuestos «clarividentes» que, imaginando el pasado sobre el modelo del presente, atribuyen a algunas civilizaciones «prehistóricas» y de fecha muy remota algo completamente semejante al «maquinismo» contemporáneo; en eso no hay más que una de las formas del error que hace decir vulgarmente que la «historia se repite», y que implica una completa ignorancia de lo que hemos llamado las determinaciones cualitativas del tiempo.

ERDLC. 30-3

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Solidificación del mundo

Volvamos ahora a la explicación de la manera en que se realiza efectivamente, en la época moderna, un mundo conforme, en la medida de lo posible, a la concepción materialista; para comprenderlo, es menester ante todo acordarse de que, como ya lo hemos dicho muchas veces, el orden humano y el orden cósmico, en realidad, no están separados como se imagina muy fácilmente en nuestros días, sino que están al contrario estrechamente ligados, de tal suerte que cada uno de ellos reacciona constantemente sobre el otro y que hay siempre una correspondencia entre sus estados respectivos. Esta consideración está esencialmente implicada en toda la doctrina de los ciclos, y, sin ella, los datos tradicionales que se refieren a ésta serían casi enteramente ininteligibles; la relación que existe entre ciertas fases críticas de la historia de la humanidad y ciertos cataclismos que se producen según unos periodos astronómicos determinados es quizás el ejemplo más destacable de ello, pero no hay que decir que eso no es más que un caso extremo de estas correspondencias, que existen en realidad de una manera continua, aunque sean sin duda menos aparentes en la medida en que las cosas no se modifiquen más que gradual y casi insensiblemente.
Dicho esto, es completamente natural que, en el curso del desarrollo cíclico, la manifestación cósmica toda entera, y la mentalidad humana, que por lo demás está necesariamente incluida en ella, sigan a la vez una misma marcha descendente, en el sentido que ya hemos precisado, y que es el de un alejamiento gradual del principio, y por consiguiente de la espiritualidad primera que es inherente al polo esencial de la manifestación. Así pues, esta marcha puede ser descrita, aceptando aquí los términos del lenguaje corriente, que hacen sobresalir claramente la correlación que consideramos, como una suerte de «materialización» progresiva del medio cósmico mismo, y solo cuando esta «materialización» ha alcanzado un cierto grado, ya muy fuertemente acentuado, puede aparecer correlativamente, en el hombre, la concepción materialista, así como la actitud general que se le corresponde prácticamente y que se conforma, como lo hemos dicho, a la representación de lo que se llama la «vida ordinaria»; por lo demás, sin esta «materialización» efectiva, todo eso no tendría la menor semblanza de justificación, ya que la realidad ambiente le aportaría a cada instante desmentidos muy manifiestos. La idea misma de materia, tal como la entienden los modernos, no podía tomar nacimiento verdaderamente sino en estas condiciones; en todo caso, lo que expresa más o menos confusamente no es más que un límite que, en el curso del descenso de que se trata, no puede alcanzarse nunca de hecho, primeramente porque se la considera como siendo, en sí misma, algo puramente cuantitativo, y después porque se la supone «inerte», y porque un mundo donde hubiera algo verdaderamente «inerte» dejaría de existir de inmediato por eso mismo; así pues, esta idea es en efecto la más ilusoria que pueda ser, puesto que no responde absolutamente a ninguna realidad, por bajo que ésta esté situada en la jerarquía de la existencia manifestada

Olduvai, 30-3.

Olduvai, 30-3.

Polymath Norbert Wiener (1894-1964) escribió en 1950 que lo mejor que podemos esperar del papel del progreso es que “nuestros intentos para progresar de respecto de nuestras necesidades abrumadoras, puedan llevar en sí el terror purgante de una tragedia griega”

Los recursos de América parecían inagotables en 1500...Sin embargo, la existencia de nuevas tierras impulsó una actitud similar a la del la reunión del té maldito de Alicia. cuando el té y las pastas se acababan en un asiento, lo natural era cambiarse de lugar y ocupar un nuevo asiento...A medida que pasaba el tiempo, se vio la mesa de te americana no era inagotable....Lo que muchos no percibimos es que los últimos 400 años fueron un periodo especial en la historia del mundo....Esto es parcialmente el resultado de una comunicación creciente, pero también de un control mayor de la Naturaleza laque, en un planeta limitado como la Tierra, puede terminar siendo a largo plazo una esclavitud para la Naturaleza misma. (Wiener, 1950).

Sir Charles Galton Darwin escribió en 1953:

La quinta revolución vendrá cuando hayamos gastado los almacenes de carbón y petróleo que se han ido acumulando en la Tierra durante cientos de millones de años....Es de esperar que antes de ello se hayan desarrollado otras fuentes de energía...pero sin considerar el detalle, es obvio que habrá una gran diferencia en el modo de vida....tanto si se encuentra un sustituto conveniente o no de los fósiles actuales, no hay duda de que esto representará un gran impacto en las formas de vida. Este cambio puede ser justamente llamado una revolución, pero a diferencia de todos los precedentes, en este no hay forma de que conduzca a incrementos de población, sino quizás a justamente lo contrario. (Darwin, 1953).

Sir Fred Hoyle lo dejó claro en 1964

A menudo se dice que si la especie humana no consigue una forma de vida estable aquí en la Tierra, otras especies tomarán el relevo. En el sentido de desarrollo de la inteligencia, esto no es correcto. Ya hemos, o pronto habremos agotado los prerrequisitos físicos necesarios en lo que concierne a este planeta. Con el carbón agotado, el petróleo agotado, los minerales metálicos de calidad agotados, no hay especies, por muy competentes que sean, que puedan dar el salto desde las condiciones de vida primitiva a la tecnología de alto nivel. Este es un asunto de un solo disparo. Si fallamos, este sistema planetario falla, en lo que respecta a la inteligencia. Lo mismo se verifica para otros sistemas planetarios. En cada uno de ellos habrá una posibilidad y una sola. (Hoyle, 1964).

Olduvai.28-3 (sigue)

Olduvai.28-3 (sigue)

LA EVOLUCIÓN DE UNA IDEA

“¡Qué gloriosa sociedad tendríamos si los hombres y mujeres pudiesen regular sus asuntos, como hacen millones de células en un embrión en desarrollo!” Hans Speman, 1938

Las semillas de la Teoría de Olduvai se plantaron ya hace tiempo. Por ejemplo, el poeta griego Píndaro (522-438 a.d.C) escribió: ¿Qué rumbo tomar después del anochecer? ¿Ha escrito el destino que debemos correr hasta el final?” (Eiseley, 1970)

El alumno árabe Ibn Khaldun (en español Ibn Jaldún) (1332-1406), creía que la “solidaridad de grupo” era el requisito previo de toda civilización. “La civilización necesita los valores tribales para sobrevivir, pero esos mismos valores son destruidos por la civilización. En concreto, la civilización urbana destruye los valores tribales con lujos que debilitan los lazos jerárquicos y de comunidad y con deseos artificiales de nuevos tipos de cocina, nuevas modas en el vestido, casas más grandes y otras novedades de la vida urbana” (Weatherford, 1994).

Joseph Gravill observó en 1665 que, aunque el uso de máquinas hacía la vida más fácil, también la hacía más dependiente. “Por ejemplo, si se estimulan las demandas artificiales, los recursos se van consumiendo a un ritmo creciente” (Eiseley, 1970)

Pero por lo que se, fue el escritor y aventurero Washington Irving (1783-1859) el que primero se dio cuenta de que la civilización podría colapsar rápidamente.

Las naciones están perdiendo rápidamente su nacionalidad. El gran y creciente intercambio de modas y la uniformidad de opiniones mediante la difusión de la literatura, están destruyendo rápidamente aquellas peculiaridades que prevalecían con anterioridad. Dentro de poco nos haremos un solo pueblo, a menos que una vuelta a la barbarie nos arroje de nuevo en el caos. (Irving, 1822).

El primer manifiesto que he encontrado de que la civilización Industrial está a punto de colapsar en una forma de vida primitiva, vino del biólogo y matemático Alfred Lotka.

La especie humana, vista desde una amplia perspectiva y como un ente que incluye sus aspectos económico e industrial ha cambiado firme y radicalmente su carácter, en el periodo en que vivimos. En este sentido nos hemos alejado del punto de equilibrio un hecho muy significativo, desde un punto de vista práctico, porque implica que tenemos un periodo de ajuste para volver a alcanzar el equilibrio y sería muy optimista el que creyese que esto se puede lograr sin esfuerzo ni trabajo....Mientras, ese repentino declive puede parecer simplemente una vuelta al equilibrio eterno, ya que las ganancias previas se compensarían con las pérdidas, pero dicho declive no dejaría de sentirse como una catástrofe superlativa. Nuestros descendientes, si es que ese es su destino, quedarían pobremente compensados y verían que, de hecho, nosotros vivimos en la abundancia y el lujo. (Lotka, 1925).

ERDLC. 28-3 Bis

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Hemos subrayado la palabra «estimar», en razón de que tiene en sí misma un doble sentido cualitativo y cuantitativo; hoy día, se ha perdido de vista el primer sentido, o, lo que equivale a lo mismo, se ha encontrado el medio de reducirle al segundo, y es así como no solo se «estima» un objeto según su precio, sino también a un hombre según su riqueza . Lo mismo ha ocurrido también, naturalmente, con la palabra «valor», y, destaquémoslo de pasada, es en eso donde se funda el curioso abuso que hacen de ella algunos filósofos recientes, que han llegado hasta inventar, para caracterizar sus teorías, la expresión de «filosofía de los valores»; en el fondo de su pensamiento, está la idea de que toda cosa, a cualquier orden que se refiera, es susceptible de ser concebida cuantitativamente y expresada numéricamente; y el «moralismo», que es su preocupación dominante, se encuentra por eso asociado directamente al punto de vista cuantitativo . Estos ejemplos muestran también que hay una verdadera degeneración del lenguaje, degeneración que acompaña o que sigue inevitablemente a la de todas las cosas; en efecto, en un mundo donde todos se esfuerzan en reducirlo todo a la cantidad, es menester evidentemente servirse de un lenguaje que, él mismo, ya no evoca más que ideas puramente cuantitativas.
Para volver más especialmente a la cuestión de la moneda, debemos agregar todavía que se ha producido a este respecto un fenómeno que es muy digno de observación: es que, desde que la moneda ha perdido toda garantía de orden superior, ha visto ir disminuyendo sin cesar su valor cuantitativo mismo, o lo que la jerga de los «economistas» llama su «poder adquisitivo», de suerte que se puede concebir que, en un límite al que se acerca cada vez más, ella habrá perdido toda su razón de ser, incluso simplemente «práctica» o «material», y que deberá desaparecer como por sí misma de la existencia humana. Se convendrá que hay en eso un extraño vuelco de las cosas, que se comprende sin esfuerzo por lo que hemos expuesto precedentemente: puesto que la cantidad pura está propiamente por debajo de toda existencia, no se puede, cuando se fuerza la reducción al extremo como en el caso de la moneda (más destacable que todo otro porque con él ya se ha llegado casi al límite), desembocar más que en una verdadera disolución. Eso puede servir ya para mostrar que, como lo decíamos más atrás, la seguridad de la «vida ordinaria» es en realidad algo muy precario, y, en lo que sigue, veremos también cómo lo es todavía bajo muchos otros aspectos; pero la conclusión que se desprenderá de ello será siempre la misma en definitiva: el término real de la tendencia que arrastra a los hombres y a las cosas hacía la cantidad pura no puede ser más que la disolución final del mundo actual.

ERDLC. 28-3(sigue)

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Así pues, en eso ha ocurrido lo que ha ocurrido generalmente para todas las cosas que, a un título o a otro, desempeñan un papel en la existencia humana: estas cosas han sido despojadas poco a poco de todo carácter «sagrado» o tradicional, y es así como esta existencia misma, en su conjunto, ha devenido completamente profana y se ha encontrado finalmente reducida a la baja mediocridad de la «vida ordinaria» tal como se presenta hoy día. Al mismo tiempo, el ejemplo de la moneda muestra bien que esta «profanización», si es permisible emplear un tal neologismo, se opera principalmente por la reducción de las cosas únicamente a su aspecto cuantitativo; de hecho, se ha acabado por no poder concebir ya que la moneda sea otra cosa que la representación de una cantidad pura y simple; pero, si este caso es particularmente claro a este respecto, porque ha sido llevado en cierto modo hasta la extrema exageración, no obstante está lejos de ser el único en el que una tal reducción aparece como contribuyendo a encerrar la existencia en el horizonte limitado del punto de vista profano. Lo que hemos dicho del carácter cuantitativo por excelencia de la industria moderna y de todo lo que se refiere a ella permite comprenderlo suficientemente: al rodear constantemente al hombre de los productos de esta industria, al no permitirle por así decir ver ya otra cosa (salvo, como en los museos por ejemplo, a título de simples «curiosidades» que no tienen ninguna relación con las circunstancias «reales» de su vida, ni por consiguiente ninguna influencia efectiva sobre ésta), se le obliga verdaderamente a encerrarse en el círculo estrecho de la «vida ordinaria» como en una prisión sin salida. En una civilización tradicional, al contrario, cada objeto, al mismo tiempo que era tan perfectamente apropiado como es posible al uso al que estaba inmediatamente destinado, estaba hecho de tal manera que, en cada instante, y por el hecho mismo de que se hacía realmente uso de él (en lugar de tratarle en cierto modo como una cosa muerta así como lo hacen los modernos para todo lo que consideran «obras de arte»), podía servir de «soporte» de meditación al ligar al individuo a algo más que la simple modalidad corporal, y al ayudar así a cada uno a elevarse a un estado superior según la medida de sus capacidades ; ¡qué abismo entre estas dos concepciones de la existencia humana!
Por lo demás, esta degeneración cualitativa de todas las cosas está estrechamente ligada a la moneda, como lo muestra el hecho de que se ha llegado a no «estimar» corrientemente un objeto más que por su precio, considerado únicamente como una «cifra», una «suma» o una cantidad numérica de moneda; de hecho, en la mayoría de nuestros contemporáneos, todo juicio que se hace sobre un objeto se basa casi siempre exclusivamente sobre lo que cuesta.

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Agregaremos que, hasta en tiempos muy recientes, se podía encontrar todavía un último vestigio de esta noción en divisas de carácter religioso, que ya no tenían ciertamente ningún valor simbólico, pero que eran al menos como un recuerdo de la idea tradicional en adelante más o menos incomprendida; pero, después de haber sido relegadas, en algunos países, al contorno del «canto» de las monedas, esas divisas mismas han acabado por desaparecer completamente, y, en efecto, no tenían ninguna razón de ser desde que la moneda ya no representaba nada más que un signo de orden únicamente «material» y cuantitativo.
Por lo demás, el control de la autoridad espiritual sobre la moneda, bajo cualquier forma que se haya ejercido, no es un hecho limitado exclusivamente a la antigüedad, y, sin salir del mundo occidental, hay muchos indicios que muestran que ha debido perpetuarse en él hasta el final de la Edad Media, es decir, mientras este mundo occidental ha poseído una civilización tradicional. En efecto, no se podría explicar de otro modo el hecho de que algunos soberanos, en aquella época, hayan sido acusados de haber «alterado las monedas»; si sus contemporáneos les acusaron de crimen por ello, de eso es menester concluir que no tenían la libre disposición del título de la moneda y que, al cambiarle por su propia iniciativa, rebasaban los derechos reconocidos al poder temporal . En cualquier otro caso, una tal acusación habría estado evidentemente desprovista de sentido; por otra parte, el título de la moneda no habría tenido entonces más que una importancia completamente convencional, y, en suma, habría importado poco que estuviese constituida por un metal cualquiera y variable, o incluso reemplazada por un simple papel como lo está en gran parte en nuestros días, ya que eso no habría impedido que se pudiera continuar haciendo de ella exactamente el mismo uso «material». Así pues, es menester que haya habido en eso algo de otro orden, y podemos decir de un orden superior, ya que es únicamente por eso por lo que esta alteración podía revestir un carácter de una gravedad tan excepcional que llegaba hasta comprometer la estabilidad misma del poder real, porque, al actuar así, éste usurpaba las prerrogativas de la autoridad espiritual que, en definitiva, es la única fuente auténtica de toda legitimidad; y es así como esos hechos, que los historiadores profanos apenas parecen comprender, concurren también a indicar muy claramente que la cuestión de la moneda tenía, en la Edad Media, tanto como en la antigüedad, aspectos enteramente ignorados por los modernos.

ERDLC. 28-3

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La degeneración de la moneda

Llegados a este punto de nuestra exposición, no será quizás inútil apartarnos un poco de ella, al menos en apariencia, para dar, aunque no sea sino bastante sumariamente, algunas indicaciones sobre una cuestión que puede parecer no referirse más que a un hecho de un género muy particular, pero que constituye un ejemplo sorprendente de los resultados de la concepción de la «vida ordinaria», al mismo tiempo que una excelente «ilustración» de la manera en que ésta está ligada al punto de vista exclusivamente cuantitativo, y que, por esté último lado sobre todo, se vincula en realidad muy directamente a nuestro tema. La cuestión de que se trata es la de la moneda, y ciertamente, si uno se queda aquí en el simple punto de vista «económico» tal como se le entiende hoy día, parece efectivamente que ésta sea algo que pertenece tan completamente como es posible al «reino de la cantidad»; por lo demás, es a este título como, en la sociedad moderna, desempeña el papel preponderante que se conoce suficientemente y sobre el cual sería evidentemente superfluo insistir; pero la verdad es que el punto de vista «económico» mismo y la concepción exclusivamente cuantitativa de la moneda que le es inherente no son más que el producto de una degeneración en suma bastante reciente, y que la moneda ha tenido en su origen y ha conservado durante mucho tiempo un carácter completamente diferente y un valor propiamente cualitativo, por sorprendente que eso pueda parecer a la generalidad de nuestros contemporáneos.
Hay una observación que es muy fácil de hacer por poco que se tengan solo «dos ojos para ver»: es que las monedas antiguas están literalmente cubiertas de símbolos tradicionales, tomados incluso frecuentemente entre los que presentan un sentido más particularmente profundo; es así como se ha destacado concretamente que, en los Celtas, los símbolos que figuran sobre las monedas no pueden explicarse más que si se los refiere a conocimientos doctrinales que eran propios a los Druidas, lo que implica, por lo demás, una intervención directa de éstos en ese dominio; y, bien entendido, lo que es verdad bajo este aspecto para los Celtas lo es igualmente para todos los demás pueblos de la antigüedad, teniendo en cuenta naturalmente las modalidades propias de sus organizaciones tradicionales respectivas. Eso concuerda muy exactamente con la inexistencia del punto de vista profano en las civilizaciones estrictamente tradicionales: la moneda, allí donde existía, no podía ser la cosa profana que ha devenido más tarde; y, si lo hubiera sido, ¿cómo se explicaría aquí la intervención de una autoridad espiritual que evidentemente no hubiera tenido nada que ver con ella, y cómo se podría comprender también que diversas tradiciones hablen de la moneda como de algo que está cargado verdaderamente de una «influencia espiritual», cuya acción podía ejercerse efectivamente por la mediación de los símbolos que constituían su «soporte» normal?

una voz sensata en un mundo de locos.

una voz sensata en un mundo de locos.

Entrevista con René Riesel
Entrevista realizada en enero de 2003 y puesta en circulación con motivo de la publicación en España de Los progresos de la domesticación (Muturreko-Précipité, 2003).

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P- El llamamiento de apoyo a René Riésel habla de la Confederación Paysanne (C.P.) y de sus aliados "ciudadanistas," ¿puedes explicarnos a que se refiere?

R.- Primero, decir que las diferencias con la C.P. no son de ahora, sino que se pueden ver en publicaciones aparecidas hace más de dos años. También se hicieron públicas en los diferentes juicios en los que he sido imputado. Volviendo a la pregunta ¿qué es lo que pienso sobre la C.P. y sus aliados "ciudadanistas," lo primero que me viene a la mente es ATTAC, es decir una recomposición del viejo izquierdismo, aunque he visto y me ha hecho mucha gracia oír en un mitin de los troskistas en el que participaban su líder Besancennot y algunos miembros de la C.P pidiendo la gracia presidencial para Bové, el que les abucheasen. Ciertamente es gracioso hoy en día ver a los partidos de izquierda caer en su propia trampa entre su incapacidad y la pérdida del gobierno. Nos damos cuenta de que el izquierdismo quiere llegar hasta ellos, puesto que de repente se volvió extremadamente sensible a la antiglobalización, que es una de las principales tesis del "ciudadanismo"; pero los izquierdistas no se dan cuenta que debajo de lo que ellos creen que es un movimiento, como digo yo desde hace más de tres años, si se quitan las cámaras y los medios de comunicación, a ese movimiento ciudadano como se pudo ver hace menos de un mes en la primera audiencia en la Corte de Casación, el 5 de Noviembre de 2002 delante del Palacio de Justicia en París, había apenas 150 personas, como máximo. Salta a los ojos que estábamos lejos de las 40 o 50.000 personas que estuvieron en Millau simplemente porque tocaba el grupo "Zebda". Es decir, que ese movimiento está creado artificialmente por los medios de comunicación.

Ahora lo que resulta aún más gracioso es el autismo de los grupos minoritarios como Attac o la C.P que les permite creerse el centro del mundo y confortadamente asentados en lo que se da por llamar movimiento social. Es aún más gracioso cómo creen en ello los partidos de izquierda, que están tan desorientados que no saben a qué santo rogar. Es decir, hoy en día, esa especie de corriente de la izquierda reconstituida, que puede calificarse de ciudadanista, es en el fondo coyuntural.

En el fondo el ciudadanismo conlleva algo más grave, es de hecho un procedimiento de acompañamiento psicosocial del naufragio. Las sociedades están en un estado de descomposición, de derrota en prácticamente todos los terrenos y el significado profundo e histórico de la emergencia de esa corriente es la exigencia para seguir gobernando la situación de derrota global en la que se encuentran las sociedades industriales en éste momento. El ciudadanismo aparece como la manera de seguir haciendo tragar la píldora y de conseguir que el ciudadano de una sociedad industrial colabore de la manera más estrecha posible con su desaparición como sujeto histórico.

P.- Puede decirse a lo mejor que la C.P. ha ayudado a divulgar el mensaje contra los transgénicos aunque en el estado actual de correlación de fuerzas su lucha puede parecer estéril. Pero, ¿cómo hacer para crear una correlación de fuerzas real y una oposición efectiva contra los transgénicos?

R.- Buff, es verdad que se le puede reconocer a la C.P. que estuvo entre los primeros en cuestionar a los transgénicos, aunque a lo mejor es decir mucho que toda la C.P,, sino que alguna de sus fracciones sí lo hicieron, de las cuales Bové, algunos otros y yo mismo formamos parte; puesto que hay que saber que todo esto no se hizo por unanimidad. Después de la acción de Nerac no recibimos muchas felicitaciones del seno de la organización, estoy de acuerdo que tuvo una función meritoria y útil en un cierto momento, pero luego del asunto del desmontage del Mac Donald's de Millau, las cosas fueron hacia otro terreno. La función del seudomovimiento que empezó entonces ha sido la de impedir que se saquen las conclusiones de lo que se había empezado sobre el asunto de los transgénicos. Y ahí!! Es donde me parece que está el "casus belli", es decir el hecho es que realmente hubo una ruptura, y desde entonces estamos bien lejos de lo que entonces se empezó en el campo de los transgénicos.
Creo que no hay que blufear, estamos en una situación histórica en la que lo que impera desde hace unos 30 años, y esto no es una casualidad porque nuestras sociedades han alcanzado un nivel cualitativo en la deshumanización basándose en la derrota de lo que antes se llamaba la última ofensiva clásica del "movimiento revolucionario"; hablamos del final de los años 60. Y la garra del sistema tecnocientífico con la expansión de las tecnologías de las ciencias y de la comunicación se ha vuelto absolutamente totalitaria desde hace unos 20 años. A esto se añaden las proezas de la biología molecular y corresponde además a un momento en el que nunca ha habido tan poco pensamiento crítico formulado desde hace dos siglos. Y cualquiera que mire un poco la historia de los movimientos sociales precedentes sabe que las minorías pueden tener un papel clarificador, pero que ningún movimiento social, y aún menos una revolución, tendrá éxito si no ha ganado en el terreno de las ideas, cosa de la que hoy en día estamos muy lejos.

Por tanto, no tengo recetas que ofrecer para mañana por la mañana, sí tengo recetas a un plazo mucho más largo. Creo que hay que volver a pensar, creo que hay que volver a fundar una teoría escéptica contra ésta sociedad. Creo que con la más extrema vigilancia hay que observar lo que pasa en ella, el tipo de oposición que se le presentan que no hacen más que confortarla, y en éste momento pienso en el ciudadanismo y creo que sin cesar de reivindicar las luchas emancipadoras que nos vienen del siglo XIX por la Clase Obrera, bien es cierto que hay que constatar que el rol histórico que se le ha concedido finalizó. Parece que hubo cierta ceguera, comprensible, al darle ese papel. Pero desgraciadamente hoy en día todo está por reconstruir, y no se reconstruirá por una especie de "cajón-de-sastre" de substitutos que sería la multitud. Una especie de conglomerado de insatisfacción o marginalidad, que es lo que piensa alguien como Toni Negri, cada vez más figura de la izquierda ciudadana. Creo que todo está realmente por inventar, y ello pasará por la reconstitución a nivel personal como a nivel colectivo de la autonomía, pero a bien seguro a pequeña escala. Otra cosa de la que habría que desligarse es de la visión progresista de las masas a la obra (al trabajo), y no es porque se les transforme en multitud que ya no sean masa. Vivimos en una sociedad de masas, y precisamente yendo contra los productos de la sociedad industrial y de masas podremos entrever una salida, si no llegamos tarde. Porque el estado de nuestras sociedades es que estamos a la merced de una de las numerosas catástrofes que se producen todos los días, porque las catástrofes no son del mañana, estamos en plena catástrofe y hay que sobrevivir en esas condiciones, y si es posible reconstruir otra cosa. No soy pesimista, pero tampoco soy de un optimismo desbordante.

P.- Según el estado actual de las cosas parece que terminarás en la cárcel. ¿Cómo podemos darte nuestro apoyo?

R.- Pues… apoyarme a mí... Bueno, sí. Hay una manera muy simple y es en el sentido del escrito de apoyo que se ha difundido, es decir hacer de manera que no me encuentre sólo para afrontar los gastos de los juicios, no es René Riesel el que debe de ser apoyado, sino unas ideas que deben ser desarrolladas contra la sociedad industrial. Hay que apoyar la lucidez de cada cual. De todas maneras, no tengo ni por carácter ni por principios dar consignas, creo que la gente que quiere luchar por su autonomía debería a priori no plantearse la pregunta de cómo apoyarme, sino cómo apoyarse a sí mismo si considera que en las cosas que he dicho hay alguna que sea consecuente, y en ése caso también puede desarrollarla teórica y prácticamente.

P.- En EEUU está el E.L.F. siendo su actividad clandestina, practicando el sabotaje como medio de acción directa contra los transgénicos. ¿Dignifica esto que es la única vía para luchar contra los transgénicos y para sobrevivir?

R.- Eh... Bueno, para empezar no sé quiénes son las gentes del E.L.F., pero lo intuyo y pienso que será un grupo que se integra en el fundamentalismo ecológico, algunos son libertarios, a veces primitivistas como John Zerzan y el grupo Green Anarchy. Creo que no comparto ninguna idea de fondo con esa gente, porque los primitivistas en particular consideran en suma que las desgracias de la humanidad empezaron en el Neolítico con la aparición de la agricultura, y casi parece que con la invención de la propia cultura. Uno se pregunta incluso si a fuerza de vueltas de mano, principalmente en los textos de Zerzan, su objetivo no es el demostrar que finalmente la felicidad absoluta en las sociedades humanas se encontraba en el Paleolítico y nunca en las culturas nacientes. Mejor dicho, en las culturas humanas nacientes y en el proceso de humanización. Creo que se contentarían con pararse al final del proceso de hominización y diferenciación de nuestros primos de la familia de los grandes mamíferos, es decir los primates. Eso por una parte. Por otro lado, me pregunto también si no están impregnados de ideología de la hipótesis Gaia, esa idea de que la Tierra es un ser vivo ella misma, que el conjunto de la biosfera se interrelaciona realmente... idea que en un principio es seductora en el sentido que todo interactúa en el funcionamiento del planeta madre, con un pequeño detalle y es que su lógica diría yo es una lógica muy binaria. El lof Loc tiene un pensamiento que no está lejos de la cibernética en muchos puntos, y de todas maneras sus bases metodológicas se fundamentan sobre la electrónica para llegar a esa especie de naturalismo abstracto totalmente idealista, pero la conclusión de estas especulaciones es final. Y a la postre, que si el equilibro del planeta necesita que la especie depredadora que sería la humana desaparezca, pues que se muera la humanidad y que viva el planeta. Queda claro que estoy a 100.000 leguas de tal concepción y que únicamente a través de una práctica humana de la humanidad está la salida a los problemas de ésta. Los problemas del planeta no se resolverán más que por una intervención dialéctica entre dos problemas: reparación del planeta y de las personas en conjunto, y retomar por parte de éstas el poder sobre el desarrollo autónomo del sistema técnico. Y por último, que éstas personas practiquen la acción directa y el sabotaje prueba que la acción y el sabotaje no son en sí una garantía de interés o una subversión coherente contra el orden establecido, de todas maneras sabiendo de dónde llamas creo que ya lo sabéis claramente. Sin necesidad de hablar del terrorismo, no toda acción directa tiene por que ser aceptada, también pueden ser desviaciones. De todas maneras, todas las estrategias sanguinarias o cualquiera que se deje encerrar por el enemigo en la clandestinidad, o incluso en el terrorismo, creo que se debe mirar con cierta suspicacia, en principio es lo que puedo decir sobre el tema.

P.- Para terminar, ¿tu última palabra o algo que añadirías o quisieras hacer saber?

R.- No hay una última palabra, seguirá... (risas).

ERDLC. 27-3 ter

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No hay que decir que, en realidad, las aplicaciones prácticas no dependen en nada de la verdad de esas hipótesis, y uno puede preguntarse por lo demás qué devendría una tal ciencia, tan nula en tanto que conocimiento propiamente dicho, si se la separara de las aplicaciones a las que da lugar; pero, tal cual es, es un hecho que esta ciencia «triunfa», y, para el espíritu instintivamente utilitarista del «público» moderno, el «triunfo» o el «éxito» deviene como una suerte de «criterio de verdad», si es que todavía se puede hablar aquí de verdad en un sentido cualquiera.
Por lo demás, ya se trate de no importa cuál punto de vista, filosófico, científico o simplemente «práctico», es evidente que todo eso, en el fondo, no representa más que otros tantos aspectos diversos de una sola y misma tendencia, y también que esta tendencia, como todas las que, al mismo título, son constitutivas del espíritu moderno, no ha podido desarrollarse ciertamente espontáneamente; ya hemos tenido con bastante frecuencia la ocasión de explicarnos sobre éste último punto, pero se trata de cosas sobre las cuales nunca se podría insistir demasiado, y todavía tendremos que volver después sobre el lugar más preciso que ocupa el materialismo en el conjunto del «plan» según el cual se efectúa la desviación del mundo moderno. Bien entendido, los materialistas mismos son, en mayor grado que cualquiera, perfectamente incapaces de darse cuenta de estas cosas y ni siquiera de concebir su posibilidad, cegados como están por sus ideas preconcebidas, que les cierran toda salida fuera del dominio estrecho en el que están acostumbrados a moverse; y sin duda que se sentirían enormemente sorprendidos de saber que han existido y que existen todavía hombres para los cuales lo que ellos llaman la «vida ordinaria» sería la cosa más extraordinaria que se pueda imaginar, puesto que no corresponde a nada de lo que se produce realmente en su existencia. No obstante, ello es así, y, lo que es más, son estos hombres los que deben ser considerados como verdaderamente «normales», mientras que los materialistas, con todo su «buen sentido» tan alabado y todo el «progreso» del cual se consideran orgullosamente como los productos más acabados y los representantes más «avanzados», no son, en el fondo, más que seres en los que algunas facultades se han atrofiado hasta el punto de estar completamente abolidas. Por lo demás, es con esta condición solamente como el mundo sensible puede aparecérseles como un «sistema cerrado», en el interior del cual se sienten en perfecta seguridad; nos queda ver cómo esta ilusión, en un cierto sentido y en una cierta medida, puede ser «realizada» por el hecho del materialismo mismo; pero, más adelante, veremos también cómo, a pesar de eso, ella no representa en cierto modo más que un estado de equilibrio eminentemente inestable, y cómo, en el punto mismo en el que las cosas están actualmente, esta seguridad de la «vida ordinaria», sobre la que se ha basado hasta aquí toda la organización exterior del mundo moderno, corre mucho riesgo de ser perturbada por «interferencias» inesperadas.

ERDLC. 27-3 bis

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No queremos decir con esto que los filósofos no desempeñan, como otros, su papel en la desviación moderna, lo que sería ciertamente exagerado, sino solo que ese papel es más restringido de hecho de lo que se estaría tentado a suponer a primera vista, y bastante diferente de lo que puede parecer exteriormente; por lo demás, de una manera completamente general, lo que es más visible es siempre, según las leyes mismas que rigen la manifestación, una consecuencia más bien que una causa, una conclusión más bien que un punto de partida , y, en todo caso, no es nunca ahí donde es menester buscar lo que actúa de manera verdaderamente eficaz en un orden más profundo, ya se trate en eso de una acción que se ejerce en un sentido normal y legítimo, o bien de lo contrario como en el caso del que hablamos al presente.
El mecanicismo y el materialismo mismos no han podido adquirir una influencia generalizada más que al pasar del dominio filosófico al dominio científico; lo que se refiere a éste ultimo, o lo que se presenta con razón o sin ella como revestido de este carácter «científico», tiene en efecto muy ciertamente, por razones diversas, mucha más acción que las teorías filosóficas sobre la mentalidad común, en la que hay siempre una creencia más o menos implícita en la verdad de una «ciencia» cuyo carácter hipotético se le escapa inevitablemente, mientras que todo lo que se califica de «filosofía» la deja más o menos indiferente; la existencia de aplicaciones prácticas y utilitarias en un caso, y su ausencia en el otro, sin duda no es enteramente ajena a ello. Esto nos lleva justamente otra vez a la idea de la «vida ordinaria», en la que entra efectivamente una dosis bastante fuerte de «pragmatismo»; y, bien entendido, lo que decimos aquí es también completamente independiente del hecho de que algunos de nuestros contemporáneos han querido erigir el «pragmatismo» en sistema filosófico, lo que no se ha hecho posible más que en razón misma del giro utilitario que es inherente a la mentalidad moderna y profana en general, y también porque, en el estado presente de decadencia intelectual, se ha llegado a perder completamente de vista la noción misma de verdad, de suerte que la de utilidad o de comodidad ha acabado por substituirla enteramente. Sea como sea, desde que se ha convenido que la «realidad» consiste exclusivamente en lo que cae bajo los sentidos, es completamente natural que el valor que se atribuye a una cosa cualquiera tenga en cierto modo como medida su capacidad de producir efectos de orden sensible; ahora bien, es evidente que la «ciencia», considerada a la manera moderna, como esencialmente solidaria de la industria, si no incluso confundida más o menos completamente con ésta, debe ocupar a este respecto el primer rango, y que por eso se encuentra mezclada tan estrechamente como es posible a esta «vida ordinaria» de la que deviene así incluso uno de los principales factores; como repercusión de esto, las hipótesis sobre las que pretende fundarse, por gratuitas y por injustificadas que puedan ser, se beneficiarán ellas mismas de esta situación privilegiada a los ojos del vulgo.

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en esta concepción de la «vida ordinaria», se pasa casi insensiblemente de un estadio a otro, donde la degeneración va acentuándose progresivamente: se comienza por admitir que algunas cosas sean sustraídas a toda influencia tradicional, y después son esas cosas las que llegan a considerarse como normales; desde ahí, se llega muy fácilmente a considerarlas como las únicas «reales», lo que equivale a descartar como «irreal» todo lo «suprahumano», e incluso, al ser el dominio humano concebido de una manera cada vez más estrechamente limitada, hasta reducirle únicamente a la modalidad corporal, todo lo que es simplemente de orden suprasensible; no hay más que observar cómo nuestros contemporáneos emplean constantemente, y sin siquiera pensar en ello, la palabra «real» como sinónimo de «sensible», para darse cuenta de que es en este último punto donde están efectivamente, y que esta manera de ver está tan incorporada a su naturaleza misma, si se puede decir, que ha devenido en ellos como instintiva. La filosofía moderna, que no es en suma primeramente más que una expresión «sistematizada» de la mentalidad general, antes de actuar a su vez sobre ésta en una cierta medida, ha seguido una marcha paralela a esa: eso ha comenzado con el elogio cartesiano del «buen sentido» del que hablábamos más atrás, y que es muy característico a este respecto, ya que la «vida ordinaria» es ciertamente, por excelencia, el dominio de ese supuesto «buen sentido», llamado también «sentido común», tan limitado como ella y de la misma manera; después, desde el racionalismo, que no es en el fondo más que un aspecto más especialmente filosófico del «humanismo», es decir, de la reducción de todas las cosas a un punto de vista exclusivamente humano, se llega poco a poco al materialismo o al positivismo: que uno niegue expresamente, como el primero, todo lo que está más allá del mundo sensible, o que uno se contente, como el segundo (que por esta razón ama llamarse también «agnosticismo», haciéndose así un título de gloria de lo que no es en realidad más que la confesión de una incurable ignorancia), con negarse a ocuparse de ello declarándolo «inaccesible» o «incognoscible», el resultado, de hecho, es exactamente el mismo en los dos casos, y es eso mismo lo que acabamos de describir.
Aquí, volvemos a decir también que, en la mayoría, no se trata naturalmente más que de lo que se puede llamar un materialismo o un positivismo «práctico», independiente de toda teoría filosófica, que es en efecto y que será siempre algo muy extraño a la mayoría; pero eso mismo es lo más grave del asunto, no solo porque un tal estado de espíritu adquiere con ello una difusión incomparablemente mayor, sino también porque es tanto más irremediable cuanto más irreflexivo y menos claramente consciente es, ya que eso prueba que ha penetrado verdaderamente y como impregnado toda la naturaleza del individuo. Lo que hemos dicho ya del materialismo de hecho y de la manera en que se acomodan a él gentes que se creen no obstante «religiosas» lo muestra bastante bien; y, al mismo tiempo, se ve por este ejemplo que, en el fondo, la filosofía propiamente dicha no tiene toda la importancia que algunos querrían atribuirle, o que al menos la tiene sobre todo en tanto que puede ser considerada como «representativa» de una cierta mentalidad, más bien que como actuando efectiva y directamente sobre ésta; por lo demás, ¿podría tener el menor éxito una concepción filosófica cualquiera si no respondiera a algunas de las tendencias predominantes de la época en que está formulada?

Olduvai. 27-3.

Olduvai. 27-3.

Producción de energía mundial per capita: 1920-1999.

Notas: (1) La producción promedio de energía mundial per capita (ê) creció de forma significativa entre 1920 y el año de cenit de la producción per capita mundial, en 1979. (2) Después del pico, entre 1979 y 19999 ê decreció a un promedio del 0,33% por año. Esta tendencia de caída es conocida como la “pendiente de Olduvai”, que se discutirá más adelante. (3) Los pequeños dibujos son para resaltar que la entrega de electricidad a los usuarios finales es la condición sine qua non del modo de vida moderno. No los hidrocarburos.

Obsérvese la variabilidad de ê en la figura 3. En detalle: entre 1920 y 1945 ê creció de forma moderada a un promedio de un 0,69% por año. Después, entre 1945 y 1973, creció a un vertiginoso ritmo de un 3,45% por año. Entre 1973 y el año del centi del consumo per capita mundial, 1979, el crecimiento se frenó a un 0,64% por año. Pero después –y por primera vez en la Historia- ê comenzó un declive a largo plazo entre 1979 y 1999. Este periodo de 20 años se denomina la “pendiente de Olduvai”, el primero de tres intervalos decrecimiento del “esquema de Olduvai”

Conclusión: Aunque la producción mundial de la energía (E) entre 1979 y 1999 creció a un promedio del 1,34% por año, la población mundial (Pop) creció más deprisa. Por ello, la producción mundial per capita (ê) descendió a un promedio del 0,33% por año durante esos 20 años (Figura 3). Véase la Ley de White al principio de esta sección.

Reconocimientos: Por lo que se, el reconocimiento debe ser para Robert Romer (1985), por ser el primero en publicar los datos del periodo del cenit de la producción mundial de energía per capita (ê) entre 1900 y 1983. El colocó el cenit o pico (¡de forma correcta!) en 1979, seguido de un fuerte descenso hasta 1983, el último año de sus datos. El reconocimiento va también para Gibbons, et. al (1989) por publicar un gráfico de ê entre 1950 y 1985. Gibbons, et al. puso el pico en 1973. Pero curiosamente, ninguno de los estudios mencionados hizo mención alguna de la importancia del cenit o pico y el subsiguiente declive de la producción de energía per capita.

El pico o cenit de 1979 y el descenso de la producción de energía per capita mundial (ê) se pueden observar en http://www.bp.com/centres/energy. Echen una ojeada.

ERDLC.25-3 ter.

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La ilusión de la «vida ordinaria»

La actitud materialista, ya se trate de materialismo explícito y formal o de simple materialismo «práctico», aporta necesariamente, a toda la constitución «psicofisiológica» del ser humano, una modificación real y muy importante; eso es fácil de comprender, y, de hecho, no hay más que mirar alrededor de sí para constatar que el hombre moderno ha devenido verdaderamente impermeable a toda influencia que no sea la de lo que cae bajo sus sentidos; no solo sus facultades de comprehensión han devenido cada vez más limitadas, sino que el campo mismo de su percepción se ha restringido igualmente. De ello resulta una suerte de reforzamiento del punto de vista profano, puesto que, si este punto de vista ha nacido primero de una falta de comprehensión, y por consiguiente de una limitación de las facultades humanas, esta misma limitación, al acentuarse y al extenderse a todos los dominios, parece justificarla después, al menos a los ojos de los que son afectados por ella; en efecto, ¿qué razón podrían tener aún, para admitir la existencia de lo que ya no pueden ni concebir ni percibir realmente, es decir, de todo lo que podría mostrarles la insuficiencia y la falsedad del punto de vista profano mismo?
De ahí proviene la idea de lo que se designa comúnmente como la «vida ordinaria» o la «vida corriente»; lo que se entiende por eso, en efecto, es, ante todo, algo en lo que, por la exclusión de todo carácter sagrado, ritual o simbólico (ya se considere esto en el sentido especialmente religioso o según toda otra modalidad tradicional, eso importa poco aquí, puesto que de lo que se trata en todos los casos es igualmente de una acción efectiva de las «influencias espirituales»), nada que no sea puramente humano podría intervenir de ninguna manera; y estas designaciones mismas implican además que todo lo que rebasa una tal concepción, aunque todavía no se niegue expresamente, está al menos relegado a un dominio «extraordinario», considerado como excepcional, extraño y desacostumbrado; así pues, hablando propiamente, hay en eso una inversión del orden normal, tal como está representado por las civilizaciones integralmente tradicionales donde el punto de vista profano no existe de ninguna manera, y esta inversión no puede desembocar lógicamente más que en la ignorancia o en la negación completa de lo «suprahumano». Así, algunos llegan hasta emplear igualmente, en el mismo sentido, la expresión de «vida real», lo que, en el fondo, es de una singular ironía, ya que la verdad es que lo que ellos nombran así no es, al contrario, más que la peor de las ilusiones; no queremos decir con esto que las cosas de que se trata estén en sí mismas desprovistas de toda realidad, aunque esta realidad, que es en suma la misma del orden sensible, esté en el grado más bajo de todos, y aunque por debajo de ella no haya más que lo que está propiamente por debajo mismo de toda existencia manifestada; sino que es la manera en que las cosas son consideradas la que es enteramente falsa, y la que, al separarlas de todo principio superior, les niega precisamente lo que constituye toda su realidad; por eso es por lo que, en todo rigor, no existe realmente dominio profano, sino solo un punto de vista profano, que se hace siempre cada vez más invasor, hasta englobar finalmente a la existencia humana toda entera.

ERDLC. 25-3 bis

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No hay que decir que un sabio, en el sentido actual de esta palabra, incluso si no hace profesión de materialismo, estará tanto más fuertemente influenciado por él cuanto que toda su educación especial está dirigida en ese sentido; e, incluso si, como sucede a veces, ese sabio cree no estar desprovisto de «espíritu religioso», encontrará el medio de separar tan completamente su religión de su actividad científica que su obra no se distinguirá en nada de la del más aseverado materialista, y es así como desempeñará su papel, tan bien como éste, en la construcción «progresiva» de la ciencia más exclusivamente cuantitativa y más groseramente material que sea posible concebir; y es así como la acción antitradicional logra utilizar en su provecho hasta aquellos que, al contrario, deberían ser lógicamente sus adversarios, si la desviación de la mentalidad moderna no hubiera formado unos seres llenos de contradicciones e incapaces siquiera de apercibirse de ello. En eso también, la tendencia a la uniformidad encuentra su realización, puesto que todos los hombres llegan así prácticamente a pensar y a actuar de la misma manera, y aquello en lo que todavía son diferentes a pesar de todo ya no tiene más que un mínimo de influencia efectiva que no se traduce exteriormente en nada real; es así como, en un tal mundo, y salvo muy raras excepciones, un hombre que se declara cristiano, por ello no deja de comportarse de hecho como si no hubiera ninguna realidad fuera de la única existencia corporal, y un sacerdote que hace «ciencia» no difiere sensiblemente de un universitario materialista; cuando se ha llegado a eso, ¿pueden llegar las cosas aún mucho más lejos antes de que el punto más bajo del «descenso» sea finalmente alcanzado?

ERDLC. 25-3.

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La reducción a lo cuantitativo estaba ya operada teóricamente para todo lo que pertenece propiamente al orden corporal, en el sentido de que la constitución misma de la física cartesiana implicaba la posibilidad de esta reducción; ya no quedaba más que extender esta concepción al conjunto de la realidad tal como se la comprendía, realidad que, en virtud de los postulados del racionalismo, se encontraba por otra parte restringida únicamente al dominio de la existencia individual. Partiendo del dualismo, esta reducción debía presentarse necesariamente como una reducción del «espíritu» a la «materia», reducción consistente en poner en ésta exclusivamente todo lo que Descartes había puesto en uno y otro de los dos términos, a fin de poder reducirlo todo igualmente a la cantidad; y, después de haber relegado en cierto modo «más allá de las nubes» el aspecto esencial de las cosas, con eso se le suprimía completamente para ya no querer considerar y admitir más que su aspecto substancial, puesto que es a estos dos aspectos a los que corresponden respectivamente el «espíritu» y la «materia», aunque no ofrezcan de ellos a decir verdad más que una imagen muy disminuida y deformada. Descartes había hecho entrar en el dominio cuantitativo la mitad del mundo tal como él le concebía, e incluso sin duda la mitad más importante a sus ojos, ya que, en el fondo de su pensamiento y cualesquiera que fueran las apariencias, él quería ser ante todo un físico; el materialismo, a su vez, pretendió hacer entrar en ese dominio el mundo entero; ya no quedaba entonces más que esforzarse en elaborar efectivamente esta reducción por medio de teorías cada vez más apropiadas a este fin, y es a esta tarea a la que debía aplicarse toda la ciencia moderna, incluso cuando no se declaraba abiertamente materialista.
Además del materialismo explícito y formal, hay en efecto también lo que se puede llamar un materialismo de hecho, cuya influencia se extiende mucho más lejos, ya que muchas gentes que no se creen en modo alguno materialistas se comportan no obstante prácticamente como tales en todas las circunstancias; hay en suma, entre estos dos materialismos, una relación bastante semejante a la que existe, como lo decíamos más atrás, entre el racionalismo filosófico y el racionalismo vulgar, salvo que el simple materialista de hecho no reivindica generalmente esta calidad, y frecuentemente protestaría incluso si se le aplicara, mientras que el racionalista vulgar, aunque sea el hombre más ignorante de toda filosofía, es al contrario el más empeñado en proclamarse tal, al mismo tiempo que se adorna orgullosamente del título más bien irónico de «librepensador», mientras que, en realidad, no es más que el esclavo de todos los prejuicios corrientes de su época. Sea como sea, del mismo modo que el racionalismo vulgar es el producto de la difusión del racionalismo filosófico entre el «gran público», con todo lo que conlleva forzosamente su «puesta al alcance de todo el mundo», así también es el materialismo propiamente dicho el que está en el punto de partida del materialismo de hecho, en el sentido de que ha hecho posible este estado de espíritu general y de que ha contribuido efectivamente a su formación; pero, bien entendido, su totalidad se explica siempre en definitiva por el desarrollo de las mismas tendencias, que constituyen el fondo mismo del espíritu moderno.

Olduvai. 26-3.

Olduvai. 26-3.

Los modelos de predicción del petróleo, los programas de aplicación para hacerlos funcionar y la Guía de Usuario, están todos disponibles de forma gratuita en http://www.halcyon.com/duncanrc/(Duncan, 2000 a)

El cenit de la producción mundial de petróleo (2006) y el momento de cruce de las producciones OPEP y No OPEP son importantes en el esquema de Olduvai, que se discutirá más adelante. Pero antes, veamos la relación entre la producción mundial de petróleo y la población mundial. La Figura 2 muestra los datos históricos:

. Producción mundial de petróleo per capita 1920-1999

Notas: (1) La producción anual promedio per capita (ô) creció exponencialmente entre 1920 y 1973. (2) Después, la tasa de crecimiento anual quedó en prácticamente cero, entre el periodo 1973 y el pico o cenit mundial de producción per capita, en 1979. (3) Posteriormente, entre 1979 y 1999 ô decreció fuertemente en un promedio de un 1,20% por año. (4) Respuesta típica “¡no lo sabía!” (5) Los pequeños dibujos hacen énfasis en que el petróleo es, de lejos, la mayor fuente primaria de energía para el transporte (por ejemplo, aproximadamente un 95% del petróleo producido en 1999 se dedicó al transporte)

la producción mundial de petróleo per capita entre 1920 y 1999.

La curva representa la relación entre la producción mundial de petróleo (O) y la población mundial (Pop). Por ejemplo, ô = O/Pop in barriles per capita por año (esto es, en b/c/año). Nótese que ô creció exponencialmente entre 1920 y 1973. Después creció de forma poco significativa entre 1973 y 1979, que fue el año del cenit de la producción mundial per capita. Finalmente, decreció entre 1979 y 1999 al ritmo de un 1,20% anual; esto es, de 5,50b/c en 1979 a 4,32 b/c en 1999. (”¡debes estar bromeando!”)

El pico o cenit de 1979 y el posterior declive de la producción mundial de petróleo per capita se muestran en la página 11 de BP Amoco (2000), http://www.bp.com/centres/energy/. Para no perdérselo.

Conclusión: Aunque la producción mundial de petróleo (O) se incrementó entre 1979 y 1999 un promedio de un 0,75% por año (Figura 1), la población mundial (Pop) creció aún más deprisa. Por ello, la producción mundial per capita (ô) cayó en un promedio de un 1,20 % por año entre 1979 y 1999 (Figura 2)

Como ya se ha mencionado, el principal objetivo de este estudio, es describir, discutir y probar la Teoría de Olduvai de la Civilización Industrial con los datos históricos. Aplicando la Ley de White, nuestra métrica o indicador es la relación entre la producción total de energía (E) y la población mundial (Pop); esto es, ê = E/Pop. La figura 3 muestra ê durante el periodo histórico.

Olduvai. 25-3.

Olduvai. 25-3.

2. ENERGÍA Y CIVILIZACIÓN

“Con otros factores considerados constantes, la cultura evoluciona en función de la cantidad de energía que cada año se incrementa, o en función de cómo se incrementa la eficacia de los medios e instrumentos que transforman dicha energía…No debemos desgajar la historia del desarrollo cultural de este punto de vista”.

Leslie White, 1949. La 2ª Ley de White”

El petróleo es líquido, almacenable y transportable. Es la mayor fuente de energía primaria de la Civilización Industrial (¡Pero no la mayor fuente energética de “uso final”!) Hemos desarrollado un nuevo método para modelar y simular y hemos realizado una serie de cinco predicciones para la producción mundial de petróleo; una nueva predicción cada año. La figura 1 muestra los principales resultados de nuestra previsión más reciente; esto es, Forecast #5 Duncan, 2000b)

Figura 1. Producción mundial, OPEP y No OPEP de Petróleo.

Notas: (1) Se prevé que la producción mundial de petróleo llegue a su cenit el año 2006. (2) El momento de cruce entre la producción OPEP y No OPEP ocurrirá en el año 2008. (3) La tasa de producción de petróleo de las naciones de la OPEP entre 1985 y 1999 respecto de las naciones No OPEP, se incrementó 9,33 veces.

La Figura 1 muestra los datos de la producción mundial de petróleo desde 1960 a 1999 y nuestras previsiones para el periodo 2000 al 2040. Nótese que la tasa de crecimiento general de la producción de petróleo se deceleró entre 1960 y 1999 (Curva 1). En detalle: la tasa promedio de crecimiento entre 1960 y 1973 fue de un brutal 6,65% anual. Después, de 1973 a 1979, el crecimiento se frenó a un 1,49% anual. Con posterioridad, de 1979 a 1999, se deceleró a un glaciar 0,75% por año. Cuando nos movemos más allá del periodo histórico, la previsión #5 calcula que la producción mundial de petróleo alcanzará su cenit histórico el año 2006. Después de ese pico y hasta el año 2040, la producción de petróleo caerá un 58,8%, con un promedio de decrecimiento anual del 2,45% por año durante 34 años.

Se prevé que el momento en que los países de la OPEP comienzan a producir más petróleo que el resto No OPEP, sucede en el año 2008 (Figura 1, curvas 2 y 3). Este hecho dividirá el mundo en dos campos: uno con excedentes de petróleo y el otro con ninguno. La predicción #5 presenta el siguiente escenario: (1) Al comienzo del 2008, los 11 países de la OPEP producirán más del 50% del petróleo mundial. (2) A continuación, la OPEP controlará cerca del 100% de las exportaciones mundiales. (3) BP Amoco (2000) coloca las “reservas probadas” de la OPEP en el 77,6% del total mundial. (4) La producción de la OPEP de 1985 a 1999 creció a un fuerte promedio de un 3,46% por año. En contraste, la producción de los países No OPEP creció a un perezoso 0,37% por año en el mismo periodo de 14 años.