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ERDLC. 27-3 bis

ERDLC. 27-3 bis No queremos decir con esto que los filósofos no desempeñan, como otros, su papel en la desviación moderna, lo que sería ciertamente exagerado, sino solo que ese papel es más restringido de hecho de lo que se estaría tentado a suponer a primera vista, y bastante diferente de lo que puede parecer exteriormente; por lo demás, de una manera completamente general, lo que es más visible es siempre, según las leyes mismas que rigen la manifestación, una consecuencia más bien que una causa, una conclusión más bien que un punto de partida , y, en todo caso, no es nunca ahí donde es menester buscar lo que actúa de manera verdaderamente eficaz en un orden más profundo, ya se trate en eso de una acción que se ejerce en un sentido normal y legítimo, o bien de lo contrario como en el caso del que hablamos al presente.
El mecanicismo y el materialismo mismos no han podido adquirir una influencia generalizada más que al pasar del dominio filosófico al dominio científico; lo que se refiere a éste ultimo, o lo que se presenta con razón o sin ella como revestido de este carácter «científico», tiene en efecto muy ciertamente, por razones diversas, mucha más acción que las teorías filosóficas sobre la mentalidad común, en la que hay siempre una creencia más o menos implícita en la verdad de una «ciencia» cuyo carácter hipotético se le escapa inevitablemente, mientras que todo lo que se califica de «filosofía» la deja más o menos indiferente; la existencia de aplicaciones prácticas y utilitarias en un caso, y su ausencia en el otro, sin duda no es enteramente ajena a ello. Esto nos lleva justamente otra vez a la idea de la «vida ordinaria», en la que entra efectivamente una dosis bastante fuerte de «pragmatismo»; y, bien entendido, lo que decimos aquí es también completamente independiente del hecho de que algunos de nuestros contemporáneos han querido erigir el «pragmatismo» en sistema filosófico, lo que no se ha hecho posible más que en razón misma del giro utilitario que es inherente a la mentalidad moderna y profana en general, y también porque, en el estado presente de decadencia intelectual, se ha llegado a perder completamente de vista la noción misma de verdad, de suerte que la de utilidad o de comodidad ha acabado por substituirla enteramente. Sea como sea, desde que se ha convenido que la «realidad» consiste exclusivamente en lo que cae bajo los sentidos, es completamente natural que el valor que se atribuye a una cosa cualquiera tenga en cierto modo como medida su capacidad de producir efectos de orden sensible; ahora bien, es evidente que la «ciencia», considerada a la manera moderna, como esencialmente solidaria de la industria, si no incluso confundida más o menos completamente con ésta, debe ocupar a este respecto el primer rango, y que por eso se encuentra mezclada tan estrechamente como es posible a esta «vida ordinaria» de la que deviene así incluso uno de los principales factores; como repercusión de esto, las hipótesis sobre las que pretende fundarse, por gratuitas y por injustificadas que puedan ser, se beneficiarán ellas mismas de esta situación privilegiada a los ojos del vulgo.

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