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ERDLC.25-3 ter.

ERDLC.25-3 ter. La ilusión de la «vida ordinaria»

La actitud materialista, ya se trate de materialismo explícito y formal o de simple materialismo «práctico», aporta necesariamente, a toda la constitución «psicofisiológica» del ser humano, una modificación real y muy importante; eso es fácil de comprender, y, de hecho, no hay más que mirar alrededor de sí para constatar que el hombre moderno ha devenido verdaderamente impermeable a toda influencia que no sea la de lo que cae bajo sus sentidos; no solo sus facultades de comprehensión han devenido cada vez más limitadas, sino que el campo mismo de su percepción se ha restringido igualmente. De ello resulta una suerte de reforzamiento del punto de vista profano, puesto que, si este punto de vista ha nacido primero de una falta de comprehensión, y por consiguiente de una limitación de las facultades humanas, esta misma limitación, al acentuarse y al extenderse a todos los dominios, parece justificarla después, al menos a los ojos de los que son afectados por ella; en efecto, ¿qué razón podrían tener aún, para admitir la existencia de lo que ya no pueden ni concebir ni percibir realmente, es decir, de todo lo que podría mostrarles la insuficiencia y la falsedad del punto de vista profano mismo?
De ahí proviene la idea de lo que se designa comúnmente como la «vida ordinaria» o la «vida corriente»; lo que se entiende por eso, en efecto, es, ante todo, algo en lo que, por la exclusión de todo carácter sagrado, ritual o simbólico (ya se considere esto en el sentido especialmente religioso o según toda otra modalidad tradicional, eso importa poco aquí, puesto que de lo que se trata en todos los casos es igualmente de una acción efectiva de las «influencias espirituales»), nada que no sea puramente humano podría intervenir de ninguna manera; y estas designaciones mismas implican además que todo lo que rebasa una tal concepción, aunque todavía no se niegue expresamente, está al menos relegado a un dominio «extraordinario», considerado como excepcional, extraño y desacostumbrado; así pues, hablando propiamente, hay en eso una inversión del orden normal, tal como está representado por las civilizaciones integralmente tradicionales donde el punto de vista profano no existe de ninguna manera, y esta inversión no puede desembocar lógicamente más que en la ignorancia o en la negación completa de lo «suprahumano». Así, algunos llegan hasta emplear igualmente, en el mismo sentido, la expresión de «vida real», lo que, en el fondo, es de una singular ironía, ya que la verdad es que lo que ellos nombran así no es, al contrario, más que la peor de las ilusiones; no queremos decir con esto que las cosas de que se trata estén en sí mismas desprovistas de toda realidad, aunque esta realidad, que es en suma la misma del orden sensible, esté en el grado más bajo de todos, y aunque por debajo de ella no haya más que lo que está propiamente por debajo mismo de toda existencia manifestada; sino que es la manera en que las cosas son consideradas la que es enteramente falsa, y la que, al separarlas de todo principio superior, les niega precisamente lo que constituye toda su realidad; por eso es por lo que, en todo rigor, no existe realmente dominio profano, sino solo un punto de vista profano, que se hace siempre cada vez más invasor, hasta englobar finalmente a la existencia humana toda entera.

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