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ERDLC. 28-3

ERDLC. 28-3 La degeneración de la moneda

Llegados a este punto de nuestra exposición, no será quizás inútil apartarnos un poco de ella, al menos en apariencia, para dar, aunque no sea sino bastante sumariamente, algunas indicaciones sobre una cuestión que puede parecer no referirse más que a un hecho de un género muy particular, pero que constituye un ejemplo sorprendente de los resultados de la concepción de la «vida ordinaria», al mismo tiempo que una excelente «ilustración» de la manera en que ésta está ligada al punto de vista exclusivamente cuantitativo, y que, por esté último lado sobre todo, se vincula en realidad muy directamente a nuestro tema. La cuestión de que se trata es la de la moneda, y ciertamente, si uno se queda aquí en el simple punto de vista «económico» tal como se le entiende hoy día, parece efectivamente que ésta sea algo que pertenece tan completamente como es posible al «reino de la cantidad»; por lo demás, es a este título como, en la sociedad moderna, desempeña el papel preponderante que se conoce suficientemente y sobre el cual sería evidentemente superfluo insistir; pero la verdad es que el punto de vista «económico» mismo y la concepción exclusivamente cuantitativa de la moneda que le es inherente no son más que el producto de una degeneración en suma bastante reciente, y que la moneda ha tenido en su origen y ha conservado durante mucho tiempo un carácter completamente diferente y un valor propiamente cualitativo, por sorprendente que eso pueda parecer a la generalidad de nuestros contemporáneos.
Hay una observación que es muy fácil de hacer por poco que se tengan solo «dos ojos para ver»: es que las monedas antiguas están literalmente cubiertas de símbolos tradicionales, tomados incluso frecuentemente entre los que presentan un sentido más particularmente profundo; es así como se ha destacado concretamente que, en los Celtas, los símbolos que figuran sobre las monedas no pueden explicarse más que si se los refiere a conocimientos doctrinales que eran propios a los Druidas, lo que implica, por lo demás, una intervención directa de éstos en ese dominio; y, bien entendido, lo que es verdad bajo este aspecto para los Celtas lo es igualmente para todos los demás pueblos de la antigüedad, teniendo en cuenta naturalmente las modalidades propias de sus organizaciones tradicionales respectivas. Eso concuerda muy exactamente con la inexistencia del punto de vista profano en las civilizaciones estrictamente tradicionales: la moneda, allí donde existía, no podía ser la cosa profana que ha devenido más tarde; y, si lo hubiera sido, ¿cómo se explicaría aquí la intervención de una autoridad espiritual que evidentemente no hubiera tenido nada que ver con ella, y cómo se podría comprender también que diversas tradiciones hablen de la moneda como de algo que está cargado verdaderamente de una «influencia espiritual», cuya acción podía ejercerse efectivamente por la mediación de los símbolos que constituían su «soporte» normal?

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