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ERDLC. 27-3

ERDLC. 27-3 en esta concepción de la «vida ordinaria», se pasa casi insensiblemente de un estadio a otro, donde la degeneración va acentuándose progresivamente: se comienza por admitir que algunas cosas sean sustraídas a toda influencia tradicional, y después son esas cosas las que llegan a considerarse como normales; desde ahí, se llega muy fácilmente a considerarlas como las únicas «reales», lo que equivale a descartar como «irreal» todo lo «suprahumano», e incluso, al ser el dominio humano concebido de una manera cada vez más estrechamente limitada, hasta reducirle únicamente a la modalidad corporal, todo lo que es simplemente de orden suprasensible; no hay más que observar cómo nuestros contemporáneos emplean constantemente, y sin siquiera pensar en ello, la palabra «real» como sinónimo de «sensible», para darse cuenta de que es en este último punto donde están efectivamente, y que esta manera de ver está tan incorporada a su naturaleza misma, si se puede decir, que ha devenido en ellos como instintiva. La filosofía moderna, que no es en suma primeramente más que una expresión «sistematizada» de la mentalidad general, antes de actuar a su vez sobre ésta en una cierta medida, ha seguido una marcha paralela a esa: eso ha comenzado con el elogio cartesiano del «buen sentido» del que hablábamos más atrás, y que es muy característico a este respecto, ya que la «vida ordinaria» es ciertamente, por excelencia, el dominio de ese supuesto «buen sentido», llamado también «sentido común», tan limitado como ella y de la misma manera; después, desde el racionalismo, que no es en el fondo más que un aspecto más especialmente filosófico del «humanismo», es decir, de la reducción de todas las cosas a un punto de vista exclusivamente humano, se llega poco a poco al materialismo o al positivismo: que uno niegue expresamente, como el primero, todo lo que está más allá del mundo sensible, o que uno se contente, como el segundo (que por esta razón ama llamarse también «agnosticismo», haciéndose así un título de gloria de lo que no es en realidad más que la confesión de una incurable ignorancia), con negarse a ocuparse de ello declarándolo «inaccesible» o «incognoscible», el resultado, de hecho, es exactamente el mismo en los dos casos, y es eso mismo lo que acabamos de describir.
Aquí, volvemos a decir también que, en la mayoría, no se trata naturalmente más que de lo que se puede llamar un materialismo o un positivismo «práctico», independiente de toda teoría filosófica, que es en efecto y que será siempre algo muy extraño a la mayoría; pero eso mismo es lo más grave del asunto, no solo porque un tal estado de espíritu adquiere con ello una difusión incomparablemente mayor, sino también porque es tanto más irremediable cuanto más irreflexivo y menos claramente consciente es, ya que eso prueba que ha penetrado verdaderamente y como impregnado toda la naturaleza del individuo. Lo que hemos dicho ya del materialismo de hecho y de la manera en que se acomodan a él gentes que se creen no obstante «religiosas» lo muestra bastante bien; y, al mismo tiempo, se ve por este ejemplo que, en el fondo, la filosofía propiamente dicha no tiene toda la importancia que algunos querrían atribuirle, o que al menos la tiene sobre todo en tanto que puede ser considerada como «representativa» de una cierta mentalidad, más bien que como actuando efectiva y directamente sobre ésta; por lo demás, ¿podría tener el menor éxito una concepción filosófica cualquiera si no respondiera a algunas de las tendencias predominantes de la época en que está formulada?

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