
Se puede decir verdaderamente que algunos aspectos de la realidad se ocultan a quienquiera que la considera como profano y como materialista, y que se vuelven inaccesibles a su observación; en eso no se trata de una simple manera de hablar más o menos «imaginada», como algunos podrían estar tentados de creerlo, sino de la expresión pura y simple de un hecho, del mismo modo que es un hecho que los animales huyen espontanea e instintivamente ante cualquiera que les testimonia una actitud hostil. Por eso es por lo que hay cosas que no podrán ser constatadas nunca por los «sabios» materialistas o positivistas, lo que, naturalmente, les confirma todavía más en su creencia en la validez de sus concepciones, puesto que parecen darles una suerte de prueba negativa, mientras que, sin embargo, no es nada más que un simple efecto de esas concepciones mismas; bien entendido, no es que estas cosas hayan cesado de existir de ninguna manera por eso desde el nacimiento del materialismo y del positivismo, pero se «substraen» verdaderamente fuera del dominio que está al alcance de la experiencia de los sabios profanos, al abstenerse de penetrar en él de manera que pueda dejar sospechar su acción o su existencia misma, del mismo modo que, por otra parte, en otro orden que no carece de relación con éste, el depósito de los conocimientos tradicionales se sustrae y se cierra cada vez más estrictamente ante la invasión del espíritu moderno. En cierto modo, eso es la «contrapartida» de la limitación de las facultades del ser humano a las que se refieren propiamente a la modalidad corporal solo: por esta limitación, el ser humano deviene, decíamos, incapaz de salir del mundo sensible; por eso de lo que se trata ahora, pierde además toda ocasión de constatar una intervención manifiesta de elementos suprasensibles en el mundo sensible mismo. Así se encuentra completada para él, tanto como es posible, el «cierre» de este mundo, devenido así tanto más «sólido» cuanto más aislado está de todo otro orden de realidad, incluso de aquellos que están más próximos de él y que constituyen simplemente modalidades diferentes de un mismo dominio individual; en el interior de un tal mundo, puede parecer que la «vida ordinaria» no tenga ya en adelante más que desenvolverse sin perturbación y sin accidentes imprevistos, a la manera de los movimientos de una «mecánica» perfectamente regulada; ¿no apunta el hombre moderno, después de haber «mecanizado» el mundo, a «mecanizarse» lo mejor posible él mismo, en todos los modos de actividad que quedan todavía abiertos a su naturaleza estrechamente limitada?
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