ERDLC.28-3 bis
Agregaremos que, hasta en tiempos muy recientes, se podía encontrar todavía un último vestigio de esta noción en divisas de carácter religioso, que ya no tenían ciertamente ningún valor simbólico, pero que eran al menos como un recuerdo de la idea tradicional en adelante más o menos incomprendida; pero, después de haber sido relegadas, en algunos países, al contorno del «canto» de las monedas, esas divisas mismas han acabado por desaparecer completamente, y, en efecto, no tenían ninguna razón de ser desde que la moneda ya no representaba nada más que un signo de orden únicamente «material» y cuantitativo.Por lo demás, el control de la autoridad espiritual sobre la moneda, bajo cualquier forma que se haya ejercido, no es un hecho limitado exclusivamente a la antigüedad, y, sin salir del mundo occidental, hay muchos indicios que muestran que ha debido perpetuarse en él hasta el final de la Edad Media, es decir, mientras este mundo occidental ha poseído una civilización tradicional. En efecto, no se podría explicar de otro modo el hecho de que algunos soberanos, en aquella época, hayan sido acusados de haber «alterado las monedas»; si sus contemporáneos les acusaron de crimen por ello, de eso es menester concluir que no tenían la libre disposición del título de la moneda y que, al cambiarle por su propia iniciativa, rebasaban los derechos reconocidos al poder temporal . En cualquier otro caso, una tal acusación habría estado evidentemente desprovista de sentido; por otra parte, el título de la moneda no habría tenido entonces más que una importancia completamente convencional, y, en suma, habría importado poco que estuviese constituida por un metal cualquiera y variable, o incluso reemplazada por un simple papel como lo está en gran parte en nuestros días, ya que eso no habría impedido que se pudiera continuar haciendo de ella exactamente el mismo uso «material». Así pues, es menester que haya habido en eso algo de otro orden, y podemos decir de un orden superior, ya que es únicamente por eso por lo que esta alteración podía revestir un carácter de una gravedad tan excepcional que llegaba hasta comprometer la estabilidad misma del poder real, porque, al actuar así, éste usurpaba las prerrogativas de la autoridad espiritual que, en definitiva, es la única fuente auténtica de toda legitimidad; y es así como esos hechos, que los historiadores profanos apenas parecen comprender, concurren también a indicar muy claramente que la cuestión de la moneda tenía, en la Edad Media, tanto como en la antigüedad, aspectos enteramente ignorados por los modernos.
0 comentarios