ERDLC. 28-3 Bis
Hemos subrayado la palabra «estimar», en razón de que tiene en sí misma un doble sentido cualitativo y cuantitativo; hoy día, se ha perdido de vista el primer sentido, o, lo que equivale a lo mismo, se ha encontrado el medio de reducirle al segundo, y es así como no solo se «estima» un objeto según su precio, sino también a un hombre según su riqueza . Lo mismo ha ocurrido también, naturalmente, con la palabra «valor», y, destaquémoslo de pasada, es en eso donde se funda el curioso abuso que hacen de ella algunos filósofos recientes, que han llegado hasta inventar, para caracterizar sus teorías, la expresión de «filosofía de los valores»; en el fondo de su pensamiento, está la idea de que toda cosa, a cualquier orden que se refiera, es susceptible de ser concebida cuantitativamente y expresada numéricamente; y el «moralismo», que es su preocupación dominante, se encuentra por eso asociado directamente al punto de vista cuantitativo . Estos ejemplos muestran también que hay una verdadera degeneración del lenguaje, degeneración que acompaña o que sigue inevitablemente a la de todas las cosas; en efecto, en un mundo donde todos se esfuerzan en reducirlo todo a la cantidad, es menester evidentemente servirse de un lenguaje que, él mismo, ya no evoca más que ideas puramente cuantitativas.Para volver más especialmente a la cuestión de la moneda, debemos agregar todavía que se ha producido a este respecto un fenómeno que es muy digno de observación: es que, desde que la moneda ha perdido toda garantía de orden superior, ha visto ir disminuyendo sin cesar su valor cuantitativo mismo, o lo que la jerga de los «economistas» llama su «poder adquisitivo», de suerte que se puede concebir que, en un límite al que se acerca cada vez más, ella habrá perdido toda su razón de ser, incluso simplemente «práctica» o «material», y que deberá desaparecer como por sí misma de la existencia humana. Se convendrá que hay en eso un extraño vuelco de las cosas, que se comprende sin esfuerzo por lo que hemos expuesto precedentemente: puesto que la cantidad pura está propiamente por debajo de toda existencia, no se puede, cuando se fuerza la reducción al extremo como en el caso de la moneda (más destacable que todo otro porque con él ya se ha llegado casi al límite), desembocar más que en una verdadera disolución. Eso puede servir ya para mostrar que, como lo decíamos más atrás, la seguridad de la «vida ordinaria» es en realidad algo muy precario, y, en lo que sigue, veremos también cómo lo es todavía bajo muchos otros aspectos; pero la conclusión que se desprenderá de ello será siempre la misma en definitiva: el término real de la tendencia que arrastra a los hombres y a las cosas hacía la cantidad pura no puede ser más que la disolución final del mundo actual.
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