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ERDLC. 25-3.

ERDLC. 25-3. La reducción a lo cuantitativo estaba ya operada teóricamente para todo lo que pertenece propiamente al orden corporal, en el sentido de que la constitución misma de la física cartesiana implicaba la posibilidad de esta reducción; ya no quedaba más que extender esta concepción al conjunto de la realidad tal como se la comprendía, realidad que, en virtud de los postulados del racionalismo, se encontraba por otra parte restringida únicamente al dominio de la existencia individual. Partiendo del dualismo, esta reducción debía presentarse necesariamente como una reducción del «espíritu» a la «materia», reducción consistente en poner en ésta exclusivamente todo lo que Descartes había puesto en uno y otro de los dos términos, a fin de poder reducirlo todo igualmente a la cantidad; y, después de haber relegado en cierto modo «más allá de las nubes» el aspecto esencial de las cosas, con eso se le suprimía completamente para ya no querer considerar y admitir más que su aspecto substancial, puesto que es a estos dos aspectos a los que corresponden respectivamente el «espíritu» y la «materia», aunque no ofrezcan de ellos a decir verdad más que una imagen muy disminuida y deformada. Descartes había hecho entrar en el dominio cuantitativo la mitad del mundo tal como él le concebía, e incluso sin duda la mitad más importante a sus ojos, ya que, en el fondo de su pensamiento y cualesquiera que fueran las apariencias, él quería ser ante todo un físico; el materialismo, a su vez, pretendió hacer entrar en ese dominio el mundo entero; ya no quedaba entonces más que esforzarse en elaborar efectivamente esta reducción por medio de teorías cada vez más apropiadas a este fin, y es a esta tarea a la que debía aplicarse toda la ciencia moderna, incluso cuando no se declaraba abiertamente materialista.
Además del materialismo explícito y formal, hay en efecto también lo que se puede llamar un materialismo de hecho, cuya influencia se extiende mucho más lejos, ya que muchas gentes que no se creen en modo alguno materialistas se comportan no obstante prácticamente como tales en todas las circunstancias; hay en suma, entre estos dos materialismos, una relación bastante semejante a la que existe, como lo decíamos más atrás, entre el racionalismo filosófico y el racionalismo vulgar, salvo que el simple materialista de hecho no reivindica generalmente esta calidad, y frecuentemente protestaría incluso si se le aplicara, mientras que el racionalista vulgar, aunque sea el hombre más ignorante de toda filosofía, es al contrario el más empeñado en proclamarse tal, al mismo tiempo que se adorna orgullosamente del título más bien irónico de «librepensador», mientras que, en realidad, no es más que el esclavo de todos los prejuicios corrientes de su época. Sea como sea, del mismo modo que el racionalismo vulgar es el producto de la difusión del racionalismo filosófico entre el «gran público», con todo lo que conlleva forzosamente su «puesta al alcance de todo el mundo», así también es el materialismo propiamente dicho el que está en el punto de partida del materialismo de hecho, en el sentido de que ha hecho posible este estado de espíritu general y de que ha contribuido efectivamente a su formación; pero, bien entendido, su totalidad se explica siempre en definitiva por el desarrollo de las mismas tendencias, que constituyen el fondo mismo del espíritu moderno.

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