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ERDLC. 25-3 Quater

ERDLC. 25-3 Quater

No obstante, una concepción tan notoriamente insuficiente es la que Descartes ha querido aplicar a todos los fenómenos del mundo corporal, por eso mismo de que reducía la naturaleza toda entera de los cuerpos a la extensión, y porque, por otra parte, no consideraba a ésta más que bajo un punto de vista puramente cuantitativo; y, lo mismo que los mecanicistas más recientes y los materialistas, ya no hacía a este respecto ninguna diferencia entre los cuerpos dichos «inorgánicos» y los seres vivos. Decimos los seres vivos, y no solo los cuerpos organizados, porque el ser mismo se encuentra aquí efectivamente reducido al cuerpo, en razón de la famosísima teoría cartesiana de los «animales máquinas», que es una de las más sorprendentes absurdidades que el espíritu de sistema haya engendrado nunca; es solo cuando llega a considerar el ser humano cuando Descartes, en su física, se cree obligado a especificar que aquello de lo que está hablando no es más que el «cuerpo del hombre»; ¿y qué vale justamente esta restricción, desde que, por hipótesis, todo lo que ocurre en este cuerpo sería exactamente lo mismo si el «espíritu» estuviera ausente? En efecto, el ser humano, debido al dualismo, se encuentra como cortado en dos partes que ya no llegan a unirse y que no pueden formar un compuesto real, puesto que, al suponérselas absolutamente heterogéneas, no pueden entrar en comunicación por ningún medio, de suerte que toda acción efectiva de la una sobre la otra se hace por eso mismo imposible. Además, se ha pretendido por otra parte explicar mecánicamente todos los fenómenos que se producen en los animales, comprendidas las manifestaciones cuyo carácter es más evidentemente psíquico; así pues, uno puede preguntarse por qué no sería lo mismo en el hombre, y si no es permisible desdeñar el otro lado del dualismo como no concurriendo en nada a la explicación de las cosas; de eso a considerarle como una complicación inútil y a tratarle de hecho como inexistente, y seguidamente a negarle pura y simplemente, no hay mucho trecho, sobre todo para hombres cuya atención está toda vuelta constantemente hacia el dominio sensible, como es el caso de los occidentales modernos; y es así como la física mecanicista de Descartes debía preparar inevitablemente la vía al materialismo.

ERDLC. 25-3 Ter

ERDLC. 25-3 Ter

Mecanicismo y materialismo

El primer producto del racionalismo, en el orden llamado «científico», fue el mecanicismo cartesiano; el materialismo no debía venir sino más tarde, puesto que, como lo hemos explicado en otra parte, la palabra y la cosa no datan propiamente más que del siglo XVIII; por lo demás, cualesquiera que hayan podido ser las intenciones de Descartes mismo (y, de hecho, se han podido sacar de las ideas de éste, llevando hasta el extremo sus consecuencias lógicas, teorías muy contradictorias entre sí), por ello no hay menos, entre el uno y el otro, una filiación directa. A este propósito, no es inútil recordar que, si se pueden calificar de mecanicistas las antiguas concepciones atomistas tales como las de Demócrito y sobre todo de Epicuro, que son sin duda en eso, en la antigüedad, los únicos «precursores» en los que los modernos puedan avalarse con alguna razón, es erróneo que se quiera considerarlos frecuentemente como una primera forma del materialismo, ya que éste implica ante todo la noción de la «materia» de los físicos modernos, noción que, en aquella época, estaba todavía muy lejos de haber tomado nacimiento. La verdad es que el materialismo representa simplemente una de las dos mitades del dualismo cartesiano, precisamente esa a la que su autor había aplicado la concepción mecanicista; bastaba desde entonces desdeñar o negar la otra mitad, o, lo que equivale a lo mismo, pretender reducir a esa mitad la realidad toda entera, para llegar naturalmente al materialismo.
Leibnitz ha mostrado muy bien, contra Descartes y sus discípulos, la insuficiencia de una física mecanicista, que, por su naturaleza misma, no puede dar cuenta más que de la apariencia exterior de las cosas y es incapaz de explicar nada de su verdadera esencia; así pues, se podría decir que el mecanicismo no tiene más que un valor únicamente «representativo» y de ningún modo explicativo; y, en el fondo, ¿no es ese exactamente el caso de toda la ciencia moderna? Ello es así incluso en un ejemplo tan simple como el del movimiento, que, no obstante, es lo que se considera como siendo por excelencia susceptible de ser explicado mecánicamente; una tal explicación no vale, dice Leibnitz, sino en tanto que no se considere en el movimiento nada más que un cambio de situación, y, a este respecto, cuando la situación respectiva de dos cuerpos cambia, es indiferente decir que el primero se mueve en relación al segundo o el segundo en relación al primero, ya que hay en eso una perfecta reciprocidad; pero ello es muy diferente desde que se toma en consideración la razón del movimiento, y, puesto que esta razón se encuentra en uno de los dos cuerpos, es solo de ése del que se dirá que se mueve, mientras que el otro no desempeña en el cambio intervenido más que un papel puramente pasivo; pero eso es algo que escapa enteramente a las consideraciones de orden mecánico y cuantitativo. Así pues, el mecanicismo se limita en suma a dar una simple descripción del movimiento, tal cual es en sus apariencias exteriores, y es impotente para aprehender su razón, y por consiguiente para expresar ese aspecto esencial o cualitativo del movimiento que es el único que puede dar su explicación real; y con mayor razón será lo mismo para toda otra cosa de un carácter más complejo y en la que la cualidad predomine más sobre la cantidad; así pues, una ciencia constituida así no podrá tener verdaderamente ningún valor de conocimiento efectivo, ni siquiera en lo que concierne al dominio relativo y limitado en el que está encerrada.

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Para resumir lo que precede, podemos decir todavía esto: puesto que el racionalismo es la negación de todo principio superior a la razón, entraña como consecuencia «práctica» el uso exclusivo de esta misma razón cegada, si se puede decir, por eso mismo de que así está aislada del intelecto puro y transcendente del que, normal y legítimamente, ella no puede más que reflejar la luz en el dominio individual. Desde que ha perdido toda comunicación efectiva con este intelecto supraindividual, la razón ya no puede más que tender hacia abajo, es decir, hacia el polo inferior de la existencia, y hundirse cada vez más en la «materialidad»; en la misma medida, pierde poco a poco hasta la idea misma de la verdad, y llega por eso a no buscar más que la mayor comodidad para su comprehensión limitada, en lo cual encuentra una satisfacción inmediata por el hecho de su tendencia hacia abajo, puesto que ésta la conduce en el sentido de la simplificación y de la uniformización de todas las cosas; así pues, ella obedece tanto más fácil y más rápidamente a esta tendencia cuanto que los efectos de ésta son conformes a sus deseos, y este descenso cada vez más rápido no puede desembocar finalmente más que en lo que hemos llamado el «reino de la cantidad».

ERDLC. 25-3 Bis

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Por lo demás, hay que destacar que los filósofos dicen frecuentemente cosas mucho más justas cuando argumentan contra otros filósofos que cuando vienen a exponer sus propios pareceres, y, viendo cada uno generalmente bastante bien los defectos de los otros, se destruyen en cierto modo mutuamente; es así como Bergson, si uno se toma el trabajo de rectificar sus errores de terminología, muestra bien los defectos del racionalismo (que, muy lejos de confundirse con el verdadero «intelectualismo», es al contrario su negación) y las insuficiencias de la razón, pero por ello no está menos equivocado a su vez cuando, para suplir a éstos, busca en lo «infraracional» en lugar de elevarse a lo «supraracional» (y es por eso por lo que su filosofía es igualmente individualista e ignora tan completamente el orden supraindividual como la de sus adversarios). Así pues, cuando reprocha a la razón, a la que vamos a restituir aquí su verdadero nombre, «que recorta artificialmente lo real», no tenemos necesidad de adoptar su propia idea de lo «real», aunque no sea más que a título puramente hipotético y provisorio, para comprender lo que quiere decir en el fondo: se trata manifiestamente de la reducción de todas las cosas a unos elementos supuestos homogéneos o idénticos entre sí, lo que no es nada más que la reducción a lo cuantitativo, ya que no es sino bajo este único punto de vista como tales elementos son concebibles; y ese «recorte» evoca incluso bastante claramente los esfuerzos para introducir una discontinuidad que no pertenece propiamente más que a la cantidad pura o numérica, es decir, en suma a la tendencia, de la cual hemos hablado más atrás, a no querer admitir como «científico» más que lo que es susceptible de ser «cifrado» . Del mismo modo, cuando dice que la razón no está cómoda más que cuando se aplica a lo «sólido», que es en cierto modo su dominio propio, parece darse cuenta de la tendencia que tiene inevitablemente, cuando está reducida a sí misma, a «materializarlo» todo, en el sentido ordinario de esta palabra, es decir, a no considerar en todas las cosas más que sus modalidades más groseras, porque son aquellas en las que la cualidad está más disminuida en provecho de la cantidad; únicamente parece considerar más bien la conclusión de esta tendencia que su punto de partida, lo que podría hacerle acusar de una cierta exageración, ya que hay evidentemente grados en esta «materialización»; pero, si se refiere al estado presente de las concepciones científicas (o más bien, como lo veremos en lo que sigue, a un estado ya algo pasado ahora), es cierto en efecto que están tan cerca como es posible de representar su último grado o su grado más bajo, aquel en el que la «solidez» así entendida ha alcanzado su máximo, y eso incluso es un signo particularmente característico del periodo al que hemos llegado. Bien entendido, no pretendemos que Bergson mismo haya comprendido estas cosas de una manera tan clara como la que resulta de esta «traducción» de su lenguaje, y eso parece incluso bastante poco probable, dadas las múltiples confusiones que comete constantemente; pero por ello no es menos verdad que, de hecho, estas opiniones le han sido sugeridas por la constatación de lo que es la ciencia actual, y que, a este título, este testimonio de un hombre que es él mismo un incontestable representante del espíritu moderno no podría ser tenido por desdeñable; en cuanto a lo que representan exactamente sus propias teorías, es en otra parte de este estudio donde encontraremos su significación, y todo lo que podemos decir por el momento, es que corresponden a un aspecto diferente y en cierto modo a otra etapa de esta desviación cuyo conjunto constituye propiamente el mundo moderno.

ERDLC. 25-3.

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(...)todas esas consideraciones sobre la «unidad del espíritu humano», que los modernos invocan sin cesar para explicar toda suerte de cosas, de las cuales algunas ni siquiera son de orden «psicológico», como por ejemplo, el hecho de que los mismos símbolos tradicionales se encuentren en todos los tiempos y en todos los lugares; además de que no es del «espíritu» de lo que se trata realmente para ellos, sino simplemente de la «mente», en eso no puede haber más que una falsa unidad, ya que la verdadera unidad no podría pertenecer al dominio individual, que es el único que tienen en vista los que hablan así, y por lo demás también, más generalmente, todos los que creen poder hablar de «espíritu humano», como si el espíritu pudiera estar afectado de un carácter específico; y, en todo caso, la comunidad de naturaleza de los individuos en la especie no puede tener más que manifestaciones de orden muy general, y es perfectamente incapaz de explicar similitudes que recaen al contrario sobre detalles muy precisos; ¿pero cómo hacer comprender a esos modernos que la unidad fundamental de todas las tradiciones no se explica verdaderamente más que por lo que hay en ellas de «suprahumano»? Por otra parte, y para volver a lo que no es efectivamente más que humano, es inspirándose evidentemente en la concepción cartesiana como Locke, el fundador de la psicología moderna, ha creído poder declarar que, para saber lo que han pensado antaño los Griegos y los Romanos (ya que su horizonte no se extendía más allá de la antigüedad «clásica» occidental), no hay más que buscar lo que piensan los Ingleses y Franceses de nuestros días ya que «el hombre es por todas partes y siempre el mismo»; nada podría ser más falso, y no obstante los psicólogos han permanecido siempre en eso, ya que, mientras se imaginan que están hablando del hombre en general, la mayor parte de lo que dicen no se aplica en realidad más que al Europeo moderno; ¿no es eso creer ya realizada esa uniformidad que se tiende en efecto actualmente a imponer a todos los individuos humanos? Es verdad que, en razón misma de los esfuerzos que se hacen en este sentido, las diferencias van atenuándose, y que así la hipótesis de los psicólogos es menos completamente falsa hoy día que en tiempos de Locke (a condición no obstante, bien entendido, de que uno se guarde cuidadosamente de querer referir como él su aplicación al pasado); pero, a pesar de todo, el límite, como ya lo hemos dicho más atrás, no podrá ser alcanzado nunca, y, mientras dure este mundo, siempre habrá diferencias irreductibles; en fin, por añadidura, ¿es el medio de conocer verdaderamente la naturaleza humana tomar como un tipo un «ideal» que, en todo rigor, no podría ser calificado más que de «infrahumano»?
Habiendo dicho eso, queda explicar todavía por qué el racionalismo está ligado a la idea de una ciencia exclusivamente cuantitativa, o, para decirlo mejor, por qué ésta procede de aquél; y, a este respecto, es menester reconocer que hay una parte notable de verdad en las críticas que Bergson dirige a lo que él llama sin razón la «inteligencia», y que no es en realidad más que la razón, e incluso, más precisamente, un cierto uso de la razón basado sobre la concepción cartesiana, ya que es en definitiva de esta concepción de donde han salido todas las formas del racionalismo moderno

ERDLC.24-3.

ERDLC.24-3.

Los postulados del racionalismo

Acabamos de decir que es en el nombre de una ciencia y de una filosofía calificadas de «racionales» como los modernos pretenden excluir todo «misterio» del mundo tal como se le representan, y, de hecho, se podría decir que cuanto más estrechamente limitada es una concepción, tanto más estrictamente «racional» se la considera; por lo demás, se sabe bastante bien que, desde los «enciclopedistas» del siglo XVIII, los más acérrimos negadores de toda realidad suprasensible aman particularmente invocar la «razón» a todo propósito y proclamarse «racionalistas». No obstante, cualquiera que sea la diferencia que haya entre ese «racionalismo» vulgar y el «racionalismo» propiamente filosófico, no es en suma más que una diferencia de grado; uno y otro corresponden bien a las mismas tendencias, que no han hecho más que ir exagerándose, y al mismo tiempo «vulgarizándose» durante todo el curso de los tiempos modernos. Por lo demás, ya hemos tenido tan frecuentemente la ocasión de hablar del «racionalismo» y de definir sus principales caracteres, que casi podríamos contentarnos con remitir sobre este tema a algunas de nuestras precedentes obras ; no obstante, el «racionalismo» está tan ligado a la concepción misma de un ciencia cuantitativa que no podemos dispensarnos de decir todavía a su respecto al menos algunas palabras aquí.
Así pues, recordaremos que el racionalismo propiamente dicho se remonta a Descartes, y hay que notar que, desde su origen, se encuentra asociado así directamente a la idea de una física «mecanicista»; por lo demás, el Protestantismo le había preparado el camino, al introducir en la religión, con el «libre examen», una suerte de racionalismo, aunque entonces la palabra no existía todavía, puesto que no se inventó hasta que la misma tendencia no se afirmó más explícitamente en el dominio filosófico. El racionalismo bajo todas sus formas se define esencialmente por la creencia en la supremacía de la razón, proclamada como un verdadero «dogma», y que implica la negación de todo lo que es de orden supraindividual, concretamente de la intuición intelectual pura, lo que entraña lógicamente la exclusión de todo conocimiento metafísico verdadero; la misma negación tiene también como consecuencia, en otro orden, el rechazo de toda autoridad espiritual, puesto que ésta es necesariamente de fuente «suprahumana»; así pues, el racionalismo y el individualismo son tan estrechamente solidarios que, de hecho, se confunden lo más frecuentemente, salvo, no obstante, en el caso de algunas teorías filosóficas recientes que, aunque no son racionalistas, por ello no son menos exclusivamente individualistas

Olduvai (sigue)

Olduvai (sigue)

Definiciones: “Petróleo” (O, de oil, en inglés) Significa el crudo y los líquidos de gas natural. “Energía” (E) significa las fuentes primarias de energía, en concreto, petróleo, gas, carbón, energía nuclear e hidroeléctrica. “Pop”, significa población; “ô” significa producción de petróleo per capita “ê” significa producción de energía per capita. “G” significa millardos (giga, en inglés, ó 109). “b” significa barriles de petróleo. “boe” significa barriles de petróleo equivalente (“barrels of Oil Equivalent, en inglés, en contenido energético, no en calidad). “J” significa Julios. “Civilización Industrial” y “Civilización Eléctrica”, como veremos, significan lo mismo.

La Civilización Industrial aparece como una curva en forma de pulso de la energía per capita “ê” consumida en promedio. La “esperanza de vida” (esto es, la duración) de la Civilización Industrial, se define como el tiempo –en años- entre el punto de arranque de la subida, en el que “ê” alcanza el 30% de su valor máximo o cenit y el punto correspondiente en el que ê vuelve a alcanzar el mismo valor en el declive (Figura 4). El nuevo elemento es que la Teoría de Olduvai ahora se enfoca sobre los problemas asociados a las redes de suministro eléctrico de alto voltaje en todo el mundo.

Civilización y Kilovatio Disponible: Aunque los combustibles fósiles son todavía muy importantes, la electricidad tiene un valor indispensable como energía de uso final en la Civilización Industrial. Para determinar su importancia, es imprescindible distinguir entre la energía primaria consumida para generar electricidad, respecto de la energía primaria consumida en todos los demás usos no eléctricos, tales como los que realizan un trabajo o generan calor. Considérese lo siguiente. Se estima que el 42% de la energía primaria mundial utilizada en 1999 lo fue para generar electricidad. Esto debe compararse con la contribución del petróleo para todos los usos finales no eléctricos, que fue del 39%; o de la contribución del gas de un 18% o de la simple contribución del carbón de un 1%. Esto es, cuando lo que cuenta es la calidad energética, entonces la importancia de la electricidad queda muy, pero que muy evidenciada. Por ejemplo, si se desea calentar una habitación, entonces un julio (J) de electricidad “equivale” a 1 J de electricidad. Pero si lo que se desea es alimentar la televisión, entonces, un julio de electricidad “equivale” …¡a 3 J de carbón! Así que si alguien se debe preocupar por la energía, no hay que perder tiempo con el petróleo, el gas o el carbón. ¡Hay que pre-ocuparse del conmutador que hay en la pared!
Continuará...si tenéis la sangre fría para seguir leyendo esto.

Olduvai, teoría maldita (sigue)

Olduvai, teoría maldita (sigue)

1. INTRODUCCIÓN

La Teoría de Olduvai se basa en un esquema de datos que establece que la esperanza de vida de la Civilización Industrial es menor o igual a 100 años. Desarrollaremos la teoría desde sus raíces primitivas en la civilización griega hasta la de reputados científicos del siglo XX. Esta visión resulta útil porque aunque la teoría es fácil de entender, resulta muy difícil (esto es, angustiosa) de aceptar para la mayoría de la gente, lo mismo que lo fue para mi.

La Teoría de Olduvai no tiene nada que ver con la geología ni con la paleontología de la Garganta de Olduvai. Ni ha sido sancionada por la experiencia. Es más bien una teoría sencilla que trata de demostrar la relación entre la producción (y el uso) de la energía mundial y la población humana en términos de exceso y colapso. Elegí el nombre de “Olduvai”, porque 1) es un nombre famoso, 2) He estado allí, 3) es un sonido sordo, profundo, horripilante y ominoso y 4) es una buena metáfora para el modo de vida de la “Edad de Piedra”. De hecho, las formas de vida que existieron en la Garganta de Olduvai fueron (y todavía lo son) una forma de vida sostenible –local, tribal y solar- y, para bien o para mal, nuestros antecesores la practicaron durante millones de años.

No hay duda de que el cenit y el declive de la Civilización Industrial debería ocurrir como una compleja combinación de factores, tales como la sobrepoblación, el agotamiento de los recursos no renovables, los daños ambientales, la contaminación y la erosión del suelo, el calentamiento global, los nuevos virus emergentes y los recursos destinados a las guerras. Dicho esto, la Teoría de Olduvai utiliza una única métrica simple, definida como la “Ley de White”, pero ahora trae un nuevo elemento: la electricidad.

La mayor parte de mi experiencia ha sido en redes de suministro eléctrico de alto voltaje y en los sistemas de Gestión de Energía (en inglés Energy Management Systems o EMS) que los controlan. La electricidad no es una fuente de energía primaria, sino más bien un “transportador de energía”: sin masa, viaja a una velocidad cercana a la de la luz y a efectos prácticos, no puede ser almacenada. Además, los sistemas eléctricos de potencia son costosos, complejos, voraces en cuanto a consumo de combustibles, contaminantes y requieren una operación y un mantenimiento de 24*7*365 días. Otro problema es que la electricidad se da por supuesta. Simplemente se da al conmutador y las cosas suceden. En resumen: la electricidad es la quintaesencia de la vida moderna, pero los sistemas de suministro eléctrico son, en sí mismos, exigentes, peligrosos y delicados. Todo esto apunta a que los cortes permanentes estarán estrechamente relacionados con el colapso de la Civilización Industrial, el que se denominará más adelante el “precipicio de Olduvai”.

Este documento es el soporte de la presentación en transparencias titulada “La Teoría de Olduvai: Una Guía Ilustrada” (Ver Duncan, 2000c)

Olduvai: la teoría maldita

Olduvai: la teoría maldita

No se trata de una conspiración de los Iluminados ni de infiltraciones alienígenas ni de sectas extrañas que buscan destruir nuestra civilización. Se trat, simple y llanamente, de una especulación basada en hechos reales actuales, por parte de un científico, acerca de lo que puede suceder en cuanto el petróleo empiece a escasear dentro de pocos años. Pero no por carecer de elementos misteriosos deja de ser una idea terrorífica.
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Por Richard C. Duncan, Ph. D.

Traducido por Pedro Prieto

Presentado en la Pardee Keynote Symposia de la Geological Society of America (Summit 2000). Reno, Nevada. 13 de noviembre de 2000

Abstracto
Se ha dicho que la teoría de Olduvai es impensable, ridícula, absurda, peligrosa, autosuficiente y autodestructiva. La ofrezco, sin embargo, como una teoría inductiva, basada en los datos que he obtenido en los últimos 30 años en aproximadamente 50 naciones de todos los continentes, excepto la Antártida, sobre la energía mundial y la población humana. Se basa también en mi experiencia en ingeniería eléctrica y sistemas de gestión de energía, en mis aficiones sobre antropología y arqueología y una vida entera dedicada a la lectura en diversos campos.

La teoría se define por la relación existente entre la producción (o uso) de la energía mundial y la población humana. Más adelante se ofrecen los detalles. La teoría es sencilla. Establece que la esperanza de vida de la Civilización Industrial es menor o igual de 100 años: entre 1930 y 2030.

La producción de energía mundial per capita creció entre 1945 y 1973 a la asombrosa velocidad de un 3,45% por año. Entre 1973 y el cenit mundial alcanzado en 1979, tuvo una deceleración del crecimiento a un 0,64% por año. Después, repentinamente –y por primera vez en la Historia- la producción de energía per capita comenzó a declinar a un ritmo del 0,33% por año, entre 1979 y 1999. La Teoría de Olduvai, explica el pico o cenit de 1979 y el declive posterior. En concreto, viene a decir que la producción de energía per capita caerá a los niveles de 1930 hacia el año 2030, lo que dará a la Civilización Industrial una esperanza de vida de 100 años o menos.

Si esto ocurre, es porque se darán unas causas para este “colapso”. Creo, sin embargo, que el colapso tendrá una estrecha correlación con una serie de cortes permanentes de las redes eléctricas de alto voltaje en todo el mundo. Dicho en forma sencilla: “Cuando se va la electricidad, se vuelve a la Edad de Piedra. Y al Edad de Piedra está a la vuelta de la esquina”.

La Teoría de Olduvai, puede resultar falsa, por supuesto. Pero hasta ahora, no puede ser rechazada con los datos que poseemos sobre producción mundial de energía y población humana.

RG: ERDLC. (sigue)

RG: ERDLC. (sigue)

La verdad es que este espíritu moderno, en todos los que están afectados por él a un grado cualquiera, implica un verdadero odio del secreto y de todo lo que se le parece de cerca o de lejos, en cualquier dominio que esto sea; y aprovecharemos esta ocasión para explicarnos claramente sobre esta cuestión. No se puede decir estrictamente que la «vulgarización» de las doctrinas sea peligrosa, al menos en tanto que no se trate más que de su lado teórico; más bien sería simplemente inútil, si no obstante fuera posible; pero en realidad, las verdades de un cierto orden resisten por su naturaleza misma a toda «vulgarización»: por claramente que se las exponga (a condición, bien entendido, de exponerlas tales cuales son en su verdadera significación y sin hacerlas sufrir ninguna deformación), no las comprenden más que aquellos que están cualificados para comprenderlas, y, para los demás, son como si no existieran. No hablamos aquí de la «realización» y de sus medios propios, ya que, a este respecto, nada hay que pueda tener un valor efectivo si no es en el interior de una organización iniciática regular; pero, desde el punto de vista teórico, una reserva no puede estar justificada más que por consideraciones de simple oportunidad, y por consiguiente por razones puramente contingentes, lo que no quiere decir forzosamente desdeñables de hecho. En el fondo, el verdadero secreto, y por lo demás el único que no puede ser traicionado nunca de ninguna manera, reside únicamente en lo inexpresable, que es por eso mismo incomunicable, y hay necesariamente una parte de inexpresable en toda verdad de orden transcendente; es en eso donde reside esencialmente, en realidad, la significación profunda del secreto iniciático; un secreto exterior cualquiera no puede tener nunca más que el valor de una imagen o de un símbolo de ése, y también, el de una «disciplina» que puede no carecer de provecho. Pero, bien entendido, éstas son cosas cuyo sentido y alcance escapan enteramente a la mentalidad moderna, y al respecto de las cuales la incomprehensión engendra muy naturalmente hostilidad; por lo demás, el vulgo siente siempre un miedo instintivo de todo lo que no comprende, y el miedo engendra muy fácilmente el odio, incluso cuando uno se esfuerza al mismo tiempo en escapar a él por la negación pura y simple de la verdad incomprendida; por otra parte, hay negaciones que se parecen a verdaderos gritos de rabia, como por ejemplo las de los supuestos «librepensadores» al respecto de todo lo que se refiere a la religión.

Adiós hermano de barcelonablogs

Adiós hermano de barcelonablogs

Hoy ha cerrado EEDM de Barcelonablogs por problemas de "logística". Lo que antes se escribía allá lo escribiremos aquí; pero siempre dejaremos la puerta abierta a un posible regreso si tenemos ganas.

EEDM

Las razones que se hacen valer, y que, en los casos que citamos a título de ejemplo típico para «ilustrar» una cierta mentalidad, sirven para explicar el interés especial que puede haber actualmente en extender la enseñanza vêdântica, no son menos extraordinarias: a este respecto, se invoca en primer lugar «el desarrollo de las ideas sociales y de las instituciones políticas»; incluso si es verdaderamente un «desarrollo» (y sería menester en todo caso precisar en qué sentido), eso es también algo que no tiene más relación con la comprehensión de una doctrina metafísica que la que tiene la difusión de la instrucción profana; basta ver, en no importa cuál país de Oriente, hasta qué punto las preocupaciones políticas, allí donde se han introducido, perjudican al conocimiento de las verdades tradicionales, para pensar que estaría más justificado hablar de una incompatibilidad, al menos de hecho, antes que de un acuerdo posible entre estos «dos desarrollos». No vemos verdaderamente qué lazo podría tener la «vida social», en el sentido puramente profano en que la conciben los modernos, con la espiritualidad, a la que no aporta al contrario más que impedimentos; ella tenía esos lazos manifiestamente, cuando se integraba en una civilización tradicional, pero es precisamente el espíritu moderno el que los ha destruido, o el que apunta a destruirlos allí donde subsisten todavía; así pues, ¿qué se puede esperar de un «desarrollo» cuyo rasgo más característico es ir propiamente contra toda espiritualidad?
El mismo autor invoca todavía otra razón: «Por todas partes, dice, ocurre con el Vêdânta como con las verdades de la ciencia; hoy día ya no existe el secreto científico; la ciencia no vacila en publicar los descubrimientos más recientes». En efecto, esta ciencia profana solo está hecha para el «gran público», y, desde que existe, esa es en suma toda su razón de ser; es muy evidente que no es realmente nada más que lo que parece ser, puesto que, no podemos decir por principio, sino más bien por ausencia de principio, ella se queda exclusivamente en la superficie de las cosas; ciertamente, en ella no hay nada que valga la pena de tenerse en secreto, o, para hablar más exactamente, que merezca ser reservado para el uso de una élite, y por lo demás ésta no tendría nada que hacer con ello. Únicamente, ¿qué asimilación se puede querer establecer entre las pretendidas verdades y los «más recientes descubrimientos» de la ciencia profana y las enseñanzas de una doctrina tal como el Vêdânta, o de toda otra doctrina tradicional, aunque sea incluso de un orden más exterior? Es siempre la misma confusión, y es permisible preguntarse hasta qué punto alguien que la comete con esta insistencia puede tener la comprehensión de la doctrina que quiere enseñar; entre el espíritu tradicional y el espíritu moderno, no podría haber en realidad ningún acomodo, y toda concesión hecha al segundo es necesariamente a expensas del primero, puesto que, en el fondo, el espíritu moderno no es más que la negación misma de todo lo que constituye el espíritu tradicional.

RG: el reino...(sigue)

RG: el reino...(sigue)

Pero lo más increíble, es el argumento principal que, para motivar su actitud exhiben esos «propagandistas» de un nuevo género: uno de ellos escribía recientemente que, si es verdad que antaño se aportaban restricciones a la difusión de ciertos conocimientos, hoy día ya no hay lugar a tenerlas en cuenta, ya que (y tenemos que citar esta frase textualmente, a fin de que no se nos pueda suponer ninguna exageración) «el nivel medio de la cultura se ha elevado y los espíritus han sido preparados para recibir la enseñanza integral». Es aquí donde aparece tan claramente como es posible la confusión con la instrucción profana, designada por ese término de «cultura» que ha devenido en nuestros días una de sus denominaciones más habituales; eso es algo que no tiene la menor relación con la enseñanza tradicional ni con la aptitud para recibirla; y, además, como la supuesta elevación del «nivel medio» tiene por contrapartida inevitable la desaparición de la élite intelectual, se puede decir que esta «cultura» representa muy exactamente lo contrario de una preparación para aquello de lo que se trata. Por lo demás, uno se pregunta cómo un hindú (ya que es un hindú el que citamos aquí) puede ignorar completamente en qué punto del Kali-Yuga nos encontramos al presente, para llegar a decir que «han llegado los tiempos en que el sistema entero del Vêdânta puede ser expuesto públicamente», mientras que el menor conocimiento de las leyes cíclicas obliga al contrario a decir que son menos favorables que nunca; y, si nunca ha podido ser «puesto al alcance del común de los hombres», para el que no está hecho, no es ciertamente hoy día cuando podrá ponerse, ya que es muy evidente que este «común de los hombres» nunca ha sido tan totalmente incomprehensivo. Por lo demás, la verdad es que, por esta razón misma, todo lo que representa un conocimiento tradicional de orden verdaderamente profundo, y que corresponde por eso a lo que debe implicar una «enseñanza integral» (ya que, si esta expresión tiene verdaderamente un sentido, la enseñanza propiamente iniciática debe estar también comprendida ahí), se hace cada vez más difícilmente accesible, y eso por todas partes; ante la invasión del espíritu moderno y profano, está bien claro que ello no podría ser de otro modo; así pues, ¿cómo se puede desconocer la realidad hasta el punto de afirmar todo lo opuesto, y con tanta tranquilidad como si se enunciara la más incontestable de las verdades?

RG: el reino....

RG: el reino....

El odio del secreto

Nos es menester todavía insistir sobre un punto que no hemos abordado más que incidentalmente en lo que precede: es lo que podría llamarse la tendencia a la «vulgarización» (y esta palabra es también una de aquellas que son particularmente significativas para describir la mentalidad moderna), es decir, esa pretensión de ponerlo todo «al alcance de todo el mundo» que ya hemos señalado como una consecuencia de las concepciones «democráticas», y que equivale en suma a querer rebajar el conocimiento hasta el nivel de las inteligencias más inferiores. Sería muy fácil mostrar los inconvenientes múltiples que presenta, de una manera general, la difusión desconsiderada de una instrucción que se pretende distribuir igualmente a todos, bajo formas y por métodos idénticos, lo que, como ya lo hemos dicho, no puede desembocar más que en una suerte de nivelación por abajo: ahí, como por todas partes, la cualidad es sacrificada a la cantidad. Por lo demás, es verdad que la instrucción profana de que se trata no representa en suma ningún conocimiento en el verdadero sentido de esta palabra, y que no contiene absolutamente nada de un orden que sea un poco profundo; pero, aparte de su insignificancia y de su ineficacia, lo que la hace realmente nefasta, es sobre todo que se hace tomar por lo que no es, que tiende a negar todo lo que la rebasa, y que así asfixia todas las posibilidades que se refieren a un dominio más elevado; puede parecer incluso que esté hecha expresamente para eso, ya que la «uniformización» moderna implica necesariamente el odio de toda superioridad.
Una cosa más sorprendente es que algunos, en nuestra época, creen poder exponer doctrinas tradicionales tomando en cierto modo como modelo esa misma instrucción profana, y sin tener en cuenta la naturaleza misma de estas doctrinas ni las diferencias esenciales que existen entre ellas y todo lo que se designa hoy día bajo los nombres de «ciencias» y de «filosofía», y que las separan de ellas por un verdadero abismo; o, al actuar así, deben deformar forzosamente por completo estas doctrinas por simplificación y no dejar aparecer de ellas más que el sentido más exterior, o su pretensión está completamente injustificada. En todo caso, hay en eso una penetración del espíritu moderno hasta en aquello a lo que él se opone radicalmente por definición misma, y no es difícil comprender cuáles pueden ser las consecuencias disolventes de ello, incluso sin que lo sepan aquellos que, frecuentemente de buena fe y sin intención definida, se hacen los instrumentos de una semejante penetración; la decadencia de la doctrina religiosa en Occidente, y la pérdida total del esoterismo correspondiente, muestran suficientemente cuál puede ser la conclusión si una parecida manera de ver llega a generalizarse algún día hasta en Oriente mismo; en eso hay un peligro bastante grave como para que sea bueno señalarle mientras todavía hay tiempo.

ZP: cuenta a toda España la VERDAD.

ZP: cuenta a toda España la VERDAD.

EEDM también quiere que le digan la verdad, como estos camaradas apocalípticos...
Aunque no nos hacemos ilusiones sobre que los políticos nos digan la cruda realidad: que el sistema no funciona, que Occidente es una bestia que se devorará a sí misma después de acabar con las demás culturas del mundo y que no el futuro no es como nos cuentan.

MANIFIESTO POR LA VERDAD

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Por éstas últimas consideraciones, se puede comprender también, cómo la iniciación, al tomar el oficio como «soporte», tendrá al mismo tiempo, e inversamente en cierto modo, una repercusión sobre el ejercicio de ese oficio. En efecto, al haber realizado plenamente las posibilidades de las que su actividad profesional no es más que una expresión exterior, y al poseer así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esa actividad, el ser cumplirá desde entonces conscientemente lo que primero no era más que una consecuencia completamente «instintiva» de su naturaleza; y así, si el conocimiento iniciático, para él, ha nacido del oficio, éste, a su vez, devendrá el campo de aplicación de ese conocimiento, del que ya no podrá ser separado. Habrá entonces correspondencia perfecta entre el interior y el exterior, y la obra producida podrá ser, no ya solo su expresión a un grado cualquiera y de una manera más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de aquel que la haya concebido y ejecutado, lo que constituirá la «obra maestra» en el verdadero sentido de esta palabra.
Con esto, se ve sin esfuerzo cuan lejos está el verdadero oficio de la industria moderna, hasta el punto que son por así decir dos contrarios, y cuan verdad es desgraciadamente que, en el «reino de la cantidad», el oficio es, como lo dicen de buena gana los partidarios del «progreso», que naturalmente se felicitan por ello, una «cosa del pasado». En el trabajo industrial, el obrero no tiene que poner nada de sí mismo, e incluso se pone gran cuidado en impedirle que pueda tener la menor veleidad al respecto; pero eso mismo es imposible, puesto que toda su actividad no consiste más que en hacer que se mueva una máquina, y puesto que, por lo demás, se le hace perfectamente incapaz de iniciativa por la «formación» o más bien la deformación profesional que ha recibido, que es como la antítesis del antiguo aprendizaje, y que no tiene como meta más que enseñarle a ejecutar algunos movimientos «mecánicamente» y siempre de la misma manera, sin que tenga que comprender de ninguna manera su razón de ser ni preocuparse del resultado, ya que no es él, sino la máquina, la que fabricará en realidad el objeto; servidor de la máquina, el hombre debe devenir máquina él mismo, y su trabajo ya no tiene nada de verdaderamente humano, pues ya no implica la puesta en obra de ninguna de las cualidades que constituyen propiamente la naturaleza humana . Todo eso desemboca en lo que se ha convenido llamar, en la jerga actual, la fabricación en «serie», cuya meta no es más que producir la mayor cantidad de objetos posibles, y objetos tan exactamente semejantes entre sí como es posible, y destinados al uso de hombres a los que se supone todos semejantes igualmente; eso es efectivamente el triunfo de la cantidad, como lo decíamos más atrás, y es también, y por eso mismo, el de la uniformidad.

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en la concepción tradicional, son las cualidades esenciales de los seres las que determinan su actividad; en la concepción profana, al contrario, ya no se tienen en cuenta estas cualidades, puesto que los individuos ya no se consideran más que como «unidades» intercambiables y puramente numéricas. Esta última concepción no puede desembocar lógicamente más que en el ejercicio de una actividad únicamente «mecánica», en la que ya no subsiste nada verdaderamente humano, y eso es, en efecto, lo que podemos constatar en nuestros días; no hay que decir que estos oficios «mecánicos» de los modernos, que constituyen toda la industria propiamente dicha, y que no son más que un producto de la desviación profana, no podrían ofrecer ninguna posibilidad de orden iniciático, y que no pueden ser incluso más que impedimentos al desarrollo de toda espiritualidad; a decir verdad, ni siquiera pueden ser considerados como auténticos oficios, si se quiere guardar a esta palabra el valor que le da su sentido tradicional.
Si el oficio es algo del hombre mismo, y como una manifestación o una expansión de su propia naturaleza, es fácil comprender que pueda servir de base a una iniciación, e incluso que sea, en la generalidad de los casos, lo que hay de mejor adaptado a este fin. En efecto, si la iniciación tiene esencialmente por meta rebasar las posibilidades del individuo humano, por eso no es menos verdad que no puede tomar como punto de partida más que a este individuo tal cual es, pero, bien entendido, tomándole en cierto modo por su lado superior, es decir, apoyándose sobre lo que hay en él de más propiamente cualitativo; de ahí la diversidad de las vías iniciáticas, es decir, en suma, de los medios puestos en obra a título de «soportes», en conformidad con la diferencia de las naturalezas individuales; y esta diferencia interviene tanto menos después, cuanto más avance el ser en su vía y cuanto más se aproxime así a la meta que es la misma para todos. Los medios así empleados no pueden tener eficacia más que si corresponden realmente a la naturaleza misma de los seres a los que se aplican; y, como es menester necesariamente proceder desde lo más accesible a lo menos accesible, desde lo exterior a lo interior, es normal tomarlos en la actividad por la que esta naturaleza se manifiesta al exterior. Pero no hay que decir que esta actividad no puede desempeñar semejante papel más que en tanto que traduce efectivamente la naturaleza interior; así pues, en eso hay una verdadera cuestión de «cualificación», en el sentido iniciático de este término; y, en condiciones normales, esta «cualificación» debería ser requerida para el ejercicio mismo del oficio. Esto toca al mismo tiempo a la diferencia fundamental que separa la enseñanza iniciática, e incluso más generalmente toda enseñanza tradicional, de la enseñanza profana: lo que es simplemente «aprendido» desde el exterior aquí no tiene ningún valor, cualquiera que sea por lo demás la cantidad de las nociones acumuladas así (ya que, en eso también, el carácter cuantitativo aparece claramente en el «saber» profano); de lo que se trata, es de «despertar» las posibilidades latentes que el ser lleva en sí mismo (y eso es, en el fondo, la verdadera significación de la «reminiscencia» platónica) .

La venganza...22-3 bis

La venganza...22-3 bis

Ante esta perspectiva, caben tres opciones principales, todas problemáticas:
1. Quedarse quieto esperando que no suceda nada y refugiándose en actitudes escapistas (no es de extrañar tanta secta, tanto fútbol, tantos pasatiempos absurdos a nuestro alrededor). Estos se refugian en el “hedonismo” burgués o en ascetismos sin ningún contacto con la realidad en una fuga provisional e individualista. Lo peor de todo es que aún hay quienes ven contracultural o alternativo todo esto (ya sea la admiración acrítica de culturas no occidentales como los rastafaris, ya sea la práctica del vegetarianismo sectario, o la petición de la legalización de la maría como el colmo de la radicalidad).
2. Lamentarse con la pose del conservador nostálgico, no ya del “bucólico” mundo preindustrial, sino de los grandes momentos del siglo XX y de la Modernidad (aquí caben los liberales bondadosos, los residuos de la socialdemocracia...). Pretenden encontrar una salida cuando es ya demasiado tarde para apaños parciales o reformas. Aquí entran también los llamados “ciudadanistas” y “altermundistas”, con sus propuestas de Tasas Tobin y demás ingenierías sociales para pasar el rato mientras la izquierda institucional (o su simulacro) hace el ridículo elección tras elección, o lo que es peor, se contamina de ideas derechistas (Tony Blair es el paradigma de este progre-conservadurismo).
3. Complacerse en el caos creciente por momentos y ver en ello los síntomas de la revolución futura, el Gran Acontecimiento largo tiempo esperado. Este nihilismo “revolucionario” es el que nutre las esperanzas de la ultraizquierda (entiendo por tal el anarquismo y los restos del naufragio soviético). Sin embargo, hoy más que nunca (aunque suene reaccionario escribirlo) no hay brazos suficientes para llevar a cabo la Gran Hazaña. Entre el escaso porcentaje de personas que quieren “otro mundo” dentro de esta realidad, las actitudes de derrotismo conviven enfrentadas con el conspiracionismo estéril y a su vez con el dogmatismo de propuestas fosilizadas que pudieron tener sentido en el siglo pasado, si acaso...Todo ello con la omnipresencia de un activismo frenético pero sin mucho talento, que se ve reflejado perfectamente en los “happenings” antiglobalización (ya sean payasadas pacifistas o “machadas” violentas).
Malos tiempos para la lírica, pero también para el ensayo teórico y su puesta en práctica antes de la venganza del “homo neoliticus”.
Antiguamente se decía “¡SOCIALISMO O BARBARIE!”
Hoy podría cambiarse el lema y escribir: “El socialismo, ¿antes o después de la barbarie?” Porque la barbarie ya se ha instalado a gusto en esta sociedad; pero los pesimistas (o sea, realistas sin esperanzas vanas) contemplamos esta barbarie como el preludio de una barbarie mayor aún.
El futuro no es lo que era, y no hace falta ser expresidente del gobierno con ínfulas de filósofo barato para verlo.

La venganza del neolítico. 22-3.

La venganza del neolítico. 22-3.

Durante la crisis de 1973 el Club de Roma hizo unas profecías apocalípticas sobre el final del mundo industrializado si no se imponía el neomaltusianismo y demás remedios tecnocráticos (no hablemos de revolución, que esta gente eran oligarcas). Con el declive de la OPEP (que no ha llegado a eliminar su poder a día de hoy), la disponibilidad de petróleo más o menos barato (gracias a oportunas invasiones como la de Iraq) y las promesas fáusticas de nuevas energías, parece que se ha pasado del catastrofismo al optimismo ingenuo. Incluso parece que la supuesta “izquierda” da por sentado que el capitalismo (en su actual fase turboliberal y tecnologista) es invulnerable, cuando lo que ocurre es que:
1.-No hay oponentes que puedan amenazarlo a gran escala.
2.-Esconde sus problemas de fondo bajo lo que SCR ha llamado “engañismo”(propaganda a gran escala y distracción por medio de supuestas “emergencias noticiables” como el terrorismo o trivialidades de la prensa rosa).
Cuando éramos niños (estoy hablando de treintañeros, no de viejos jubilados) el año 2000 se imaginaba en forma de colonización de planetas e incluso creación de atmósferas por medios artificiales; los coches volaban, había ciudades submarinas, y la energía de fusión (eólica-solar para los creyentes en el ecologismo estricto) nos habían librado del sucio petróleo y de las terroríficas centrales nucleares de fisión.
Pues bien, estamos en pleno siglo XXI y no hemos visto aún coches que vuelan (salvo en las películas), ni energías revolucionarias a gran escala (se habla del hidrógeno pero su desarrollo es lento y decepcionante) ni colonias espaciales (a pesar de las promesas electorales de Bush, la carrera espacial está muy tocada desde hace dos décadas largas).
Parafraseando a cierto político español (con perdón), “el futuro ya no es lo que era”. Vivimos la venganza del pasado en forma de líderes religiosos iluminados, hambrunas iguales o peores que las medievales en lejanos países (pero que un día pueden llegar hasta aquí), nuevos piratas, ejércitos privados...El corolario a todo esto probablemente sea la “venganza del Neolítico” sobre la revolución industrial. Aunque es un tema que tenemos poco perfilado, podemos asegurar que todo apunta a una profunda decadencia del mundo que conocemos. Esto puede sonar a letanía apocalíptica, pero lo realmente apocalíptico es no prestar atención a los “signos de los tiempos”(en versión laica) y hacer como los patricios romanos, encerrados en su mundo artificial de esclavos y orgías mientras los bárbaros estaban a las puertas de Roma. Los bárbaros de hoy no son los inmigrantes sino el descontrol de una ciencia dominada por el tecnologismo, los integrismos varios (encabezados por el economicismo), el derrumbe del mito de la democracia, el demofascismo rampante en todo Occidente, la desintegración moral y social...

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