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ERDLC. 30-3

ERDLC. 30-3 Solidificación del mundo

Volvamos ahora a la explicación de la manera en que se realiza efectivamente, en la época moderna, un mundo conforme, en la medida de lo posible, a la concepción materialista; para comprenderlo, es menester ante todo acordarse de que, como ya lo hemos dicho muchas veces, el orden humano y el orden cósmico, en realidad, no están separados como se imagina muy fácilmente en nuestros días, sino que están al contrario estrechamente ligados, de tal suerte que cada uno de ellos reacciona constantemente sobre el otro y que hay siempre una correspondencia entre sus estados respectivos. Esta consideración está esencialmente implicada en toda la doctrina de los ciclos, y, sin ella, los datos tradicionales que se refieren a ésta serían casi enteramente ininteligibles; la relación que existe entre ciertas fases críticas de la historia de la humanidad y ciertos cataclismos que se producen según unos periodos astronómicos determinados es quizás el ejemplo más destacable de ello, pero no hay que decir que eso no es más que un caso extremo de estas correspondencias, que existen en realidad de una manera continua, aunque sean sin duda menos aparentes en la medida en que las cosas no se modifiquen más que gradual y casi insensiblemente.
Dicho esto, es completamente natural que, en el curso del desarrollo cíclico, la manifestación cósmica toda entera, y la mentalidad humana, que por lo demás está necesariamente incluida en ella, sigan a la vez una misma marcha descendente, en el sentido que ya hemos precisado, y que es el de un alejamiento gradual del principio, y por consiguiente de la espiritualidad primera que es inherente al polo esencial de la manifestación. Así pues, esta marcha puede ser descrita, aceptando aquí los términos del lenguaje corriente, que hacen sobresalir claramente la correlación que consideramos, como una suerte de «materialización» progresiva del medio cósmico mismo, y solo cuando esta «materialización» ha alcanzado un cierto grado, ya muy fuertemente acentuado, puede aparecer correlativamente, en el hombre, la concepción materialista, así como la actitud general que se le corresponde prácticamente y que se conforma, como lo hemos dicho, a la representación de lo que se llama la «vida ordinaria»; por lo demás, sin esta «materialización» efectiva, todo eso no tendría la menor semblanza de justificación, ya que la realidad ambiente le aportaría a cada instante desmentidos muy manifiestos. La idea misma de materia, tal como la entienden los modernos, no podía tomar nacimiento verdaderamente sino en estas condiciones; en todo caso, lo que expresa más o menos confusamente no es más que un límite que, en el curso del descenso de que se trata, no puede alcanzarse nunca de hecho, primeramente porque se la considera como siendo, en sí misma, algo puramente cuantitativo, y después porque se la supone «inerte», y porque un mundo donde hubiera algo verdaderamente «inerte» dejaría de existir de inmediato por eso mismo; así pues, esta idea es en efecto la más ilusoria que pueda ser, puesto que no responde absolutamente a ninguna realidad, por bajo que ésta esté situada en la jerarquía de la existencia manifestada

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