
Pero lo más increíble, es el argumento principal que, para motivar su actitud exhiben esos «propagandistas» de un nuevo género: uno de ellos escribía recientemente que, si es verdad que antaño se aportaban restricciones a la difusión de ciertos conocimientos, hoy día ya no hay lugar a tenerlas en cuenta, ya que (y tenemos que citar esta frase textualmente, a fin de que no se nos pueda suponer ninguna exageración) «el nivel medio de la cultura se ha elevado y los espíritus han sido preparados para recibir la enseñanza integral». Es aquí donde aparece tan claramente como es posible la confusión con la instrucción profana, designada por ese término de «cultura» que ha devenido en nuestros días una de sus denominaciones más habituales; eso es algo que no tiene la menor relación con la enseñanza tradicional ni con la aptitud para recibirla; y, además, como la supuesta elevación del «nivel medio» tiene por contrapartida inevitable la desaparición de la élite intelectual, se puede decir que esta «cultura» representa muy exactamente lo contrario de una preparación para aquello de lo que se trata. Por lo demás, uno se pregunta cómo un hindú (ya que es un hindú el que citamos aquí) puede ignorar completamente en qué punto del Kali-Yuga nos encontramos al presente, para llegar a decir que «han llegado los tiempos en que el sistema entero del Vêdânta puede ser expuesto públicamente», mientras que el menor conocimiento de las leyes cíclicas obliga al contrario a decir que son menos favorables que nunca; y, si nunca ha podido ser «puesto al alcance del común de los hombres», para el que no está hecho, no es ciertamente hoy día cuando podrá ponerse, ya que es muy evidente que este «común de los hombres» nunca ha sido tan totalmente incomprehensivo. Por lo demás, la verdad es que, por esta razón misma, todo lo que representa un conocimiento tradicional de orden verdaderamente profundo, y que corresponde por eso a lo que debe implicar una «enseñanza integral» (ya que, si esta expresión tiene verdaderamente un sentido, la enseñanza propiamente iniciática debe estar también comprendida ahí), se hace cada vez más difícilmente accesible, y eso por todas partes; ante la invasión del espíritu moderno y profano, está bien claro que ello no podría ser de otro modo; así pues, ¿cómo se puede desconocer la realidad hasta el punto de afirmar todo lo opuesto, y con tanta tranquilidad como si se enunciara la más incontestable de las verdades?
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