El mismo autor invoca todavía otra razón: «Por todas partes, dice, ocurre con el Vêdânta como con las verdades de la ciencia; hoy día ya no existe el secreto científico; la ciencia no vacila en publicar los descubrimientos más recientes». En efecto, esta ciencia profana solo está hecha para el «gran público», y, desde que existe, esa es en suma toda su razón de ser; es muy evidente que no es realmente nada más que lo que parece ser, puesto que, no podemos decir por principio, sino más bien por ausencia de principio, ella se queda exclusivamente en la superficie de las cosas; ciertamente, en ella no hay nada que valga la pena de tenerse en secreto, o, para hablar más exactamente, que merezca ser reservado para el uso de una élite, y por lo demás ésta no tendría nada que hacer con ello. Únicamente, ¿qué asimilación se puede querer establecer entre las pretendidas verdades y los «más recientes descubrimientos» de la ciencia profana y las enseñanzas de una doctrina tal como el Vêdânta, o de toda otra doctrina tradicional, aunque sea incluso de un orden más exterior? Es siempre la misma confusión, y es permisible preguntarse hasta qué punto alguien que la comete con esta insistencia puede tener la comprehensión de la doctrina que quiere enseñar; entre el espíritu tradicional y el espíritu moderno, no podría haber en realidad ningún acomodo, y toda concesión hecha al segundo es necesariamente a expensas del primero, puesto que, en el fondo, el espíritu moderno no es más que la negación misma de todo lo que constituye el espíritu tradicional.
El mismo autor invoca todavía otra razón: «Por todas partes, dice, ocurre con el Vêdânta como con las verdades de la ciencia; hoy día ya no existe el secreto científico; la ciencia no vacila en publicar los descubrimientos más recientes». En efecto, esta ciencia profana solo está hecha para el «gran público», y, desde que existe, esa es en suma toda su razón de ser; es muy evidente que no es realmente nada más que lo que parece ser, puesto que, no podemos decir por principio, sino más bien por ausencia de principio, ella se queda exclusivamente en la superficie de las cosas; ciertamente, en ella no hay nada que valga la pena de tenerse en secreto, o, para hablar más exactamente, que merezca ser reservado para el uso de una élite, y por lo demás ésta no tendría nada que hacer con ello. Únicamente, ¿qué asimilación se puede querer establecer entre las pretendidas verdades y los «más recientes descubrimientos» de la ciencia profana y las enseñanzas de una doctrina tal como el Vêdânta, o de toda otra doctrina tradicional, aunque sea incluso de un orden más exterior? Es siempre la misma confusión, y es permisible preguntarse hasta qué punto alguien que la comete con esta insistencia puede tener la comprehensión de la doctrina que quiere enseñar; entre el espíritu tradicional y el espíritu moderno, no podría haber en realidad ningún acomodo, y toda concesión hecha al segundo es necesariamente a expensas del primero, puesto que, en el fondo, el espíritu moderno no es más que la negación misma de todo lo que constituye el espíritu tradicional.
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