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Las razones que se hacen valer, y que, en los casos que citamos a título de ejemplo típico para «ilustrar» una cierta mentalidad, sirven para explicar el interés especial que puede haber actualmente en extender la enseñanza vêdântica, no son menos extraordinarias: a este respecto, se invoca en primer lugar «el desarrollo de las ideas sociales y de las instituciones políticas»; incluso si es verdaderamente un «desarrollo» (y sería menester en todo caso precisar en qué sentido), eso es también algo que no tiene más relación con la comprehensión de una doctrina metafísica que la que tiene la difusión de la instrucción profana; basta ver, en no importa cuál país de Oriente, hasta qué punto las preocupaciones políticas, allí donde se han introducido, perjudican al conocimiento de las verdades tradicionales, para pensar que estaría más justificado hablar de una incompatibilidad, al menos de hecho, antes que de un acuerdo posible entre estos «dos desarrollos». No vemos verdaderamente qué lazo podría tener la «vida social», en el sentido puramente profano en que la conciben los modernos, con la espiritualidad, a la que no aporta al contrario más que impedimentos; ella tenía esos lazos manifiestamente, cuando se integraba en una civilización tradicional, pero es precisamente el espíritu moderno el que los ha destruido, o el que apunta a destruirlos allí donde subsisten todavía; así pues, ¿qué se puede esperar de un «desarrollo» cuyo rasgo más característico es ir propiamente contra toda espiritualidad?
El mismo autor invoca todavía otra razón: «Por todas partes, dice, ocurre con el Vêdânta como con las verdades de la ciencia; hoy día ya no existe el secreto científico; la ciencia no vacila en publicar los descubrimientos más recientes». En efecto, esta ciencia profana solo está hecha para el «gran público», y, desde que existe, esa es en suma toda su razón de ser; es muy evidente que no es realmente nada más que lo que parece ser, puesto que, no podemos decir por principio, sino más bien por ausencia de principio, ella se queda exclusivamente en la superficie de las cosas; ciertamente, en ella no hay nada que valga la pena de tenerse en secreto, o, para hablar más exactamente, que merezca ser reservado para el uso de una élite, y por lo demás ésta no tendría nada que hacer con ello. Únicamente, ¿qué asimilación se puede querer establecer entre las pretendidas verdades y los «más recientes descubrimientos» de la ciencia profana y las enseñanzas de una doctrina tal como el Vêdânta, o de toda otra doctrina tradicional, aunque sea incluso de un orden más exterior? Es siempre la misma confusión, y es permisible preguntarse hasta qué punto alguien que la comete con esta insistencia puede tener la comprehensión de la doctrina que quiere enseñar; entre el espíritu tradicional y el espíritu moderno, no podría haber en realidad ningún acomodo, y toda concesión hecha al segundo es necesariamente a expensas del primero, puesto que, en el fondo, el espíritu moderno no es más que la negación misma de todo lo que constituye el espíritu tradicional.

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