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Oficios antiguos e industria moderna

En el fondo, la oposición que existe entre lo que eran los oficios antiguos y lo que es la industria moderna es también un caso particular y como una aplicación de la oposición de los dos puntos de vista cualitativo y cuantitativo, respectivamente predominantes en los unos y en la otra. Para darse cuenta de ello, no es inútil notar en primer lugar que la distinción entre las artes y los oficios, o entre el «artista» y el «artesano», es ella misma algo específicamente moderno, como si hubiera nacido de la desviación y de la degeneración que ha substituido, en todas las cosas, la concepción tradicional por la concepción profana. Para los antiguos, el artifex es, indiferentemente, el hombre que ejerce un arte o un oficio; pero, a decir verdad, no es ni el artista ni el artesano en el sentido que estas palabras tienen hoy día (y, además, la de «artesano» tiende a desaparecer cada vez más del lenguaje contemporáneo); el artifex es algo más que uno y otro, porque originariamente al menos, su actividad está vinculada a unos principios de un orden mucho más profundo. Si los oficios comprendían así de alguna manera a las artes propiamente dichas, que no se distinguían de ellos por ningún carácter esencial, es porque eran de naturaleza verdaderamente cualitativa, ya que nadie podría negarse a reconocer una tal naturaleza al arte, por definición en cierto modo; solamente que, a causa de eso mismo, los modernos, en la concepción disminuida que se hacen del arte, le relegan a una suerte de dominio cerrado, que ya no tiene ninguna relación con el resto de la actividad humana, es decir, con todo lo que consideran como constituyendo lo «real», en el sentido groserísimo que esta palabra tiene para ellos; llegan incluso hasta calificar de buena gana a este arte, despojado así de todo alcance práctico, de «actividad de lujo», expresión que es verdaderamente característica de lo que, sin ninguna exageración, se podría llamar la «necedad» de nuestra época.
En toda civilización tradicional, como ya lo hemos dicho muy frecuentemente, toda actividad del hombre, cualquiera que sea, siempre se considera como derivando esencialmente de los principios; eso, que es concretamente verdad para las ciencias, lo es otro tanto para las artes y los oficios, y por lo demás, hay entonces una estrecha conexión entre éstos y aquellas, ya que, según la fórmula establecida como axioma fundamental por los constructores de la Edad Media, ars sine scientia nihil, por lo cual es menester entender naturalmente la ciencia tradicional, y no la ciencia profana, cuya aplicación no puede dar nacimiento a nada más que a la industria moderna. Por este vinculamiento a los principios, la actividad humana, se podría decir, es como «transformada», y, en lugar de ser reducida a lo que es en tanto que simple manifestación exterior (lo que es en suma el punto de vista profano), es integrada en la tradición y, para el que la cumple, constituye un medio de participar efectivamente en ésta, lo que equivale a decir que reviste un carácter propiamente «sagrado» y «ritual». Por eso es por lo que se ha podido decir que, en una tal civilización, «cada ocupación es un sacerdocio» ; para evitar dar a este último término una extensión algo impropia, si no completamente abusiva, diríamos más bien que la actividad humana posee en sí misma el carácter que, cuando se ha hecho una distinción de «sagrado» y de «profano», que no existía de ninguna manera en el origen, ya no ha sido conservado más que por las funciones sacerdotales solo.

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hay tendencia a uniformizar no solo a los individuos humanos, sino también a las cosas; si los hombres de la época actual se jactan de modificar el mundo en una medida cada vez más amplia, y si efectivamente todo deviene en él cada vez más «artificial», es sobre todo en este sentido como entienden modificarle, al hacer recaer toda su actividad sobre un dominio tan estrictamente cuantitativo como es posible. Por lo demás, desde que se ha querido constituir una ciencia completamente cuantitativa, es inevitable que las aplicaciones prácticas que se sacan de esta ciencia revistan también el mismo carácter; éstas son esas aplicaciones cuyo conjunto, de una manera general, se designa por el nombre de «industria», y se puede decir en efecto que la industria moderna representa, bajo todos los aspectos, el triunfo de la cantidad, no solo porque sus procedimientos no hacen llamada más que a conocimientos de orden cuantitativo, y porque los instrumentos de los que hace uso, es decir, propiamente las máquinas, están establecidas de tal manera que las consideraciones cualitativas intervienen en ellas tan poco como es posible, y porque los hombres que las manejan están reducidos a una actividad completamente mecánica, sino también porque, en las producciones mismas de esa industria, la cualidad se sacrifica enteramente a la cantidad. Algunas precisiones complementarias sobre este tema no serán sin duda inútiles; pero antes de llegar a eso, formularemos todavía una pregunta sobre la que tendremos que volver después: se piense lo que se piense del valor de los resultados de la acción que el hombre moderno ejerce sobre el mundo, es un hecho, independiente de toda apreciación, que esta acción triunfa y que, al menos en una cierta medida, alcanza los fines que se propone; si los hombres de alguna otra época hubieran actuado de la misma manera (suposición por lo demás completamente «teórica» e inverosímil de hecho, dadas las diferencias mentales que existen entre aquellos hombres y los de hoy día), ¿habrían sido los mismos los resultados obtenidos? En otros términos, para que el medio terrestre se preste a una tal acción, ¿no es menester que esté predispuesto a ello de alguna manera por las condiciones cósmicas del periodo cíclico donde nos encontramos al presente, es decir, que, en relación a las épocas anteriores, haya en la naturaleza de este medio algo cambiado? En el punto en que estamos de nuestra exposición, sería todavía demasiado pronto para precisar la naturaleza de ese cambio, y para caracterizarle de otro modo que como debiendo ser una suerte de disminución cualitativa, que da mayor incentivo a todo lo que pertenece a la cantidad; pero lo que hemos dicho sobre las determinaciones cualitativas del tiempo permite ya concebir al menos su posibilidad, y comprender que las modificaciones artificiales del mundo, para poder realizarse, deben presuponer modificaciones naturales a las que no hacen más que corresponder y conformarse de alguna manera, en virtud misma de la correlación que existe constantemente, en la marcha cíclica del tiempo, entre el orden cósmico y el orden humano.

La venganza del neolítico. 21-3.

La venganza del neolítico. 21-3.

Si “abducimos” por sorpresa a un ciudadano cualquiera de una ciudad occidental y lo dejamos en una zona aislada (no digamos el desierto, la selva o el polo) lejos de cualquier carretera o teléfono, sin más equipaje que la ropa puesta, es muy probable que no durase más de una semana: el que no hubiese fallecido de hambre o de envenenamiento por comer algo en mal estado, habría cogido alguna infección fulminante por el calor o el frío(las defensas bajas por las drogas y el estrés) o habría pillado el tétanos por tropezarse con algún objeto contaminado...o simplemente se habría despeñado en una zona accidentada por falta de sentido de la orientación.
Así de triste y así de real.
Si mañana se cortase la corriente eléctrica por alguna catástrofe desconocida o si algún Fumanchú mundial acaparase el suministro de petróleo a gran escala, las ciudades pronto caerían en el caos. Sin medios de transporte, y sin fuentes de energía, sólo podría cultivarse algún parque y jardines en zonas residenciales (eso si los urbanitas tuviesen rudimentos de horticultura y semillas a mano); la mayoría de la población moriría de inanición en las grandes urbes a varios kilómetros de un campo cultivado; en el mejor de los casos, emigrarían de mala manera a las zonas rurales, donde seguramente los escasos supervivientes de la industrialización (sí, esos “matracos” con boina) se acordarían de décadas de olvido y quizás no les recibiesen con los brazos abiertos...máxime cuando probablemente el lumpenproletariado urbano decidiese que era mejor arrebatar la comida a los que la producen que ponerse a picar todo el día.
Películas como “Mad Max” o “Rescate en Nueva York” dan una pálida idea de lo que puede suponer la decadencia del mundo urbano occidental. Mientras la gente joven de los pueblos sigue emigrando todavía (aunque menos que hace 30 años) a las ciudades bajo confusas y tramposas promesas (“en la ciudad hay buenos trabajos”=ja) y mientras los inmigrantes del lejano mundo rural de otros continentes afluyen a las urbes europeas, el campo espera su venganza pacientemente.
¿Cuándo llegará la “venganza del hombre neolítico” sobre el “ciudadano”? No se puede predecir, pero hay signos bastante interesantes, como cierto movimiento neorrural (por desgracia, todavía apegado al hippismo decorativo o a la cultura urbanita) o el interés de algunas personas urbanas por las tradiciones y los oficios rurales (aunque todavía a un nivel de nostalgia o “etnología naif”). Lo que está claro es que el actual modelo de crecimiento económico sin freno tiene por fuerza un límite claro; el del “stock” mundial todavía sin descubrir de petróleo y demás combustibles fósiles.

Una reflexión izquierdista sobre el 14 M

Una reflexión izquierdista sobre el 14 M

Una reflexión muy ponderada sobre los 4 días de marzo pasados (11 a 14) y los resultados de las elecciones, teniendo en cuenta que proviene de un ultraizquierdista.

Santiago Alba Rico (fue guinista de "La Bola de Cristal")

Confieso que la noche del domingo, al calor de los primeros resultados, me dejé
llevar
por un instante de júbilo que duró desgraciadamente muy poco; porque tras la
inmensa
alegría de saber que el PP iba a perder las elecciones, sentí la inmensa
decepción de que
las fuera a ganar el PSOE. ¿Y qué otro partido podía ganarlas? Las
movilizaciones
populares que derrotaron el "pucherazo moral" del PP mientras Zapatero y
Llamazares
callaban temerosos de perder unos votos; las denuncias de medios alternativos en
internet y de ciudadanos libres en la calle mientras la mayor parte de los
grandes
periódicos y canales de televisión doblaban las rodillas ante las presiones del
gobierno;
esta repentina, inesperada, lucidísima sublevación en las urnas de la izquierda
abstencionista choca contra los límites de un sistema bipartidista en el que
todo lo que
pueden hacer los electores es votar cada cuatro años contra el partido
gobernante,
cualquiera que éste sea, sin poder jamás pronunciarse a favor de un orden
diferente. Es
como si al amor más intenso, a la pasión más arrebatada sólo se le permitiese un
beso y
además con los labios cerrados. Los votantes que han salvado España de la
dictadura
neo-franquista no tienen partido; sus deseos de cambio, su razonada enmienda a
la
totalidad, su aspiración a una democracia de verdad y a un nuevo espacio público
se
han visto forzados a expresarse a través de unas siglas en la que en realidad no
caben,
han quedado aprisionados en un partido que ya gobernó durante doce años, que
malversó traicioneramente desde 1986 el más grande capital político de
izquierdas de la
Europa de la post-guerra mundial y que, tras facilitar la llegada del PP, ha
seguido
compartiendo con él, con pequeños matices, las líneas centrales de su concepción
del
Estado: economía neoliberal, pacto anti-terrorista, unidad constitucional,
monarquía,
alianza con los EEUU.

Tenemos motivos, pues, para sentirnos aliviados, pero no para celebrar una
victoria.
(...)

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Web del conocido programa de cosas raras de la SER

Página web mallorquina de lo paranormal, excelente

Web maña, maña

Periodismo de investigación REAL, rechace imitaciones (en inglés)

La venganza del neolítico

La venganza del neolítico

Hay un aspecto en la alimentación actual que va más allá del tema de la obesidad; me refiero a la desconexión entre el consumidor de alimentos y la producción y elaboración de los mismos. El occidental medio desconoce el proceso de elaboración y cultivo de lo que come. Es más, si conociese algunos desmanes en la producción de alimentos industriales (de los que las “vacas locas” y demás alertas sanitarias son la punta del iceberg) probablemente se volvería inapetente.
Con la proliferación de platos preparados para microondas, comida rápida y cadenas de restaurantes de baja calidad, es muy probable que el 90% no sepa sobrevivir en caso de emergencia. Y no me refiero a una catástrofe cósmica, sino a emergencias tales como huelgas bestiales, problemas en el suministro y guerras. Por otra parte, el barniz de “civilización” del urbanita es muy fino: recuerdo como durante una huelga de transportes en cierto país, en las tiendas hubo auténticos estraperlistas que arrasaron con el poco género que había en las estanterías condenando a los “tontos” que todavía creían en la educación cívica a comer mendrugos y sardinas rancias. Si la situación se hubiese prolongado más de una semana, los “señores del mercado negro” habrían condenado al hambre a la mayoría de la población.
En el mundo rural (tampoco hay que idealizarlo), hay más trato humano, aunque a veces se convierta en opresivo y endogámico. Por otra parte, incluso si no se habla con su vecino, el campesino puede conseguir alimentos por su propia cuenta en un pedazo de tierra, en el corral, y si las cosas se ponen mal, todavía recuerda los viejos tiempos paleolíticos la escopeta y el lazo guardados en el granero...
Al menos, esto ha sido así en Occidente hasta que el mundo rural se autoextinguió (o más bien fue extinguido) por la mecanización totalitaria y la emigración “voluntaria” a las ciudades. Por otra parte, la televisión y los transportes modernos han colonizado el medio rural con los vicios urbanos (sin tener en contrapartida las ventajas culturales de las ciudades). Aún así, todo hay que decirlo, podemos encontrar todavía en pueblos y campos europeos a auténticos supervivientes profesionales, que ríanse de los Rambos y demás personajillos televisivos.

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. No hay que decir que, como a pesar de todo no se puede suprimir enteramente la diferencia de las aptitudes, esta educación no dará para todos exactamente los mismos resultados; pero, no obstante, es muy cierto que, si es incapaz de dar a algunos individuos cualidades que no tienen, es al contrario muy susceptible de asfixiar en los otros todas las posibilidades que rebasan el nivel común; es así como la «nivelación» se opera siempre por abajo, y, por lo demás, no puede operarse de otro modo, puesto que ella misma no es más que una expresión de la tendencia hacia abajo, es decir, hacia la cantidad pura que se sitúa más abajo de toda manifestación corporal, no solo por debajo del grado ocupado por los seres vivos más rudimentarios, sino también por debajo de lo que nuestros contemporáneos han convenido llamar la «materia bruta», y que, sin embargo, puesto que se manifiesta a los sentidos, está todavía lejos de estar enteramente desprovista de toda cualidad.
Por lo demás, el occidental moderno no se contenta con imponer en su casa un tal género de educación; quiere también imponerla a los demás, con todo el conjunto de sus hábitos mentales y corporales, a fin de uniformizar al mundo entero, del que, al mismo tiempo, uniformiza también hasta su aspecto exterior por la difusión de los productos de su industria. La consecuencia, paradójica solo en apariencia, es que el mundo está tanto menos «unificado», en el sentido real de esta palabra, cuanto más uniformizado deviene así; eso es completamente natural en el fondo, puesto que, como ya lo hemos dicho, el sentido en el que se le arrastra es ese donde la «separatividad» va acentuándose cada vez más; pero vemos aparecer aquí el carácter «paródico» que se encuentra tan frecuentemente en todo lo que es específicamente moderno. En efecto, al ir directamente contra la verdadera unidad, puesto que tiende a realizar lo que está más alejado de ella, esta uniformización presenta como una suerte de caricatura de ella, y eso en razón de la relación analógica por la que, como lo hemos indicado desde el comienzo, la unidad misma se refleja inversamente en las «unidades» que constituyen la cantidad pura. Es esta inversión misma la que nos permitía hablar hace un momento de «ideal» al revés, y se ve que es menester entenderlo efectivamente en un sentido muy preciso; por lo demás, no se trata de que sintamos lo más mínimo la necesidad de rehabilitar esta palabra de «ideal», que sirve casi indiferentemente para todo en los modernos, y sobre todo para encubrir la ausencia de todo principio verdadero, y de la cual se abusa tanto que ha acabado por estar completamente vacía de sentido; pero al menos no podemos impedirnos destacar que, según su derivación misma, debería marcar una cierta tendencia hacía la «idea» entendida en una acepción más o menos platónica, es decir, en suma hacía la esencia y hacía lo cualitativo, por vagamente que se lo conciba, mientras que lo más frecuentemente, como en el caso de que se trata aquí, se toma de hecho para designar lo que es exactamente su contrario.

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(...) en la cantidad pura, las «unidades» no se distinguen entre sí más que numéricamente, y en efecto no hay ahí ninguna otra relación bajo la cual puedan distinguirse; pero esto es efectivamente lo que muestra que esta cantidad pura está verdadera y necesariamente por debajo de toda existencia manifestada. Aquí hay lugar a hacer llamada a lo que Leibnitz ha llamado el «principio de los indiscernibles», en virtud del cual no pueden existir en ninguna parte dos seres idénticos, es decir, semejantes entre sí bajo todos los aspectos; como lo hemos mostrado en otra parte, eso es una consecuencia inmediata de la ilimitación de la Posibilidad universal, que entraña la ausencia de toda repetición en las posibilidades particulares; y puede decirse también que dos seres que se suponen idénticos no serían verdaderamente dos, sino que, al coincidir en todo, no serían en realidad más que un solo y mismo ser; pero precisamente, para que los seres no sean idénticos o indiscernibles, es menester que haya siempre entre ellos alguna diferencia cualitativa, y por consiguiente, que sus determinaciones no sean nunca puramente cuantitativas. Es lo que Leibnitz expresa diciendo que no es nunca verdad que dos seres, cualesquiera que sean, no difieren más que solo numero, y esto, aplicado a los cuerpos, vale contra las concepciones «mecanicistas» tales como la de Descartes; y dice también que, si los seres no difirieran cualitativamente, «no serían siquiera seres», sino algo comparable a las porciones, todas semejantes entre sí, del espacio y del tiempo homogéneos, que no tienen ninguna existencial real, sino que son solo lo que los escolásticos llamaban entia rationis. Por lo demás, a este propósito, destacamos que Leibnitz mismo, no parece tener una idea suficiente de la verdadera naturaleza del espacio y del tiempo, ya que, cuando define simplemente el primero como un «orden de coexistencia» y el segundo como un «orden de sucesión», no los considera más que desde un punto de vista puramente lógico, que los reduce precisamente a continentes homogéneos sin ninguna cualidad, y por consiguiente sin ninguna existencia efectiva, y ya que así no da ninguna explicación de su naturaleza ontológica, queremos decir de la naturaleza real del espacio y del tiempo manifestados en nuestro mundo, y por consiguiente verdaderamente existentes, en tanto que condiciones determinantes de este modo especial de existencia que es propiamente la existencia corporal.
La conclusión que se desprende claramente de todo eso, es que la uniformidad, para ser posible, supondría seres desprovistos de todas las cualidades y reducidos a no ser más que simples «unidades» numéricas; y es así como una tal uniformidad no es nunca realizable de hecho, sino que todos los esfuerzos hechos para realizarla, concretamente en el dominio humano, no pueden tener como resultado más que despojar más o menos completamente a los seres de sus cualidades propias, y hacer así de ellos algo que se parezca tanto como sea posible a simples máquinas, ya que la máquina, producto típico del mundo moderno, es efectivamente lo que representa, al grado más alto que se haya podido alcanzar todavía, el predominio de la cantidad sobre la cualidad. Es a eso a lo que tienden, desde el punto de vista propiamente social, las concepciones «democráticas» e «igualitarias», para las que todos los individuos son equivalentes entre sí, lo que implica la suposición absurda de que todos deben ser igualmente aptos para no importa qué; esa «igualdad» es una cosa de la que la naturaleza no ofrece ningún ejemplo, por las razones mismas que acabamos de indicar, puesto que no sería nada más que una completa similitud entre los individuos; pero es evidente que, en el nombre de esta pretendida «igualdad», que es uno de los «ideales» al revés más queridos por el mundo moderno, se hace efectivamente a los individuos tan semejantes entre sí como la naturaleza lo permite, y eso primeramente al pretender imponer a todos una educación uniforme

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Los primos de esta bitácora

El final de la "civilización" no está tan lejos

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En fin, una tercera precisión es ésta: puesto que la marcha descendente de la manifestación, y por consiguiente del ciclo que es su expresión, se efectúa desde el polo positivo o esencial de la existencia hacia su polo negativo o substancial, de ello resulta que todas las cosas deben tomar un aspecto cada vez menos cualitativo, y cada vez más cuantitativo; y es por eso por lo que el último periodo del ciclo debe tender muy particularmente a afirmarse como el «reino de la cantidad». Por lo demás, cuando decimos que ello debe ser así de todas las cosas, no lo entendemos solo de la manera en que ellas se consideran desde el punto de vista humano, sino también de una modificación real del «medio» mismo; puesto que cada periodo de la historia de la humanidad responde propiamente a un «momento cósmico» determinado, debe haber en él necesariamente una correlación constante entre el estado mismo del mundo, o de lo que se llama la «naturaleza» en el sentido más usual de esta palabra, y más especialmente del conjunto del medio terrestre, y el de la humanidad cuya existencia está evidentemente condicionada por este medio. Agregaremos que la ignorancia total de estas modificaciones de orden cósmico no es una de las menores causas de la incomprehensión de la ciencia profana frente a todo lo que se encuentra fuera de algunos límites; nacida ella misma de las condiciones muy especiales de la época actual, esta ciencia es muy evidentemente incapaz de concebir otras condiciones diferentes de esas, e incluso de admitir simplemente que ellas puedan existir, y así el punto de vista mismo que la define establece en el tiempo «barreras» que le es imposible franquear como le es imposible a un miope ver claramente más allá de una cierta distancia; y, de hecho, la mentalidad moderna y «cientificista» se caracteriza muy efectivamente, bajo todos los aspectos, por una verdadera «miopía intelectual». Los desarrollos a los cuales seremos llevados en lo que sigue permitirán comprender mejor lo que pueden ser estas modificaciones del medio, a la cuales no podemos hacer ahora más que una alusión de orden completamente general; con eso quizás se dará uno cuenta de que muchas cosas que se consideran hoy como «fabulosas» no lo eran de ningún modo para los antiguos, y que incluso siempre pueden no serlo tampoco para aquellos que han guardado, con el depósito de algunos conocimientos tradicionales, las nociones que permiten reconstituir la figura de un «mundo perdido», así como prever lo que será, al menos en sus rasgos generales, la de un mundo futuro, ya que, en razón misma de las leyes cíclicas que rigen la manifestación, el pasado y el porvenir se corresponden analógicamente, de suerte que, piense de ello lo que piense el vulgo, tales previsiones no tienen en realidad el menor carácter «adivinatorio», sino que se basan enteramente sobre lo que hemos llamado las determinaciones cualitativas del tiempo.

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Es evidente que las épocas del tiempo están diferenciadas cualitativamente por los acontecimientos que se desarrollan en ellas, del mismo modo que las porciones del espacio lo están por los cuerpos que contienen, y que no se pueden considerar de ninguna manera como realmente equivalentes de las duraciones cuantitativamente iguales, pero llenas de series de acontecimientos completamente diferentes; es incluso de observación corriente que la igualdad cuantitativa, en la apreciación mental de la duración, desaparece completamente ante la diferencia cualitativa. Pero se dirá quizás que esta diferencia no es inherente a la duración misma, sino solo a lo que pasa en ella; es menester pues preguntarse si no hay al contrario, en la determinación cualitativa de los acontecimientos, algo que proviene del tiempo mismo; y, a decir verdad, ¿no se reconoce al menos implícitamente que ello es así cuando se habla por ejemplo, como se hace constantemente incluso en el lenguaje ordinario, de las condiciones particulares de tal o cual época? Eso parece en suma todavía más manifiesto para el tiempo que para el espacio, aunque, como lo hemos explicado, en lo que concierne a la situación de los cuerpos, los elementos cualitativos estén lejos de ser despreciables; e incluso, si se quisiera llegar hasta el fondo de las cosas, se podría decir que un cuerpo cualquiera no puede situarse indiferentemente en no importa cuál lugar en mayor media de la que un acontecimiento cualquiera puede producirse indiferentemente en no importa cuál época; pero, sin embargo, aquí la simetría no es perfecta, porque la situación de un cuerpo en el espacio es susceptible de variar por el hecho del movimiento, mientras que la de un acontecimiento en el tiempo está estrictamente determinada y es propiamente «única», de suerte que la naturaleza esencial de los acontecimientos aparece como mucho más estrictamente ligada al tiempo de lo que lo está la de los cuerpos al espacio, lo que confirma todavía que el tiempo debe tener en sí mismo un carácter más ampliamente cualitativo.
La verdad es que el tiempo no es algo que se desarrolla uniformemente, y, por consiguiente, su representación geométrica por una línea recta, tal como la consideran habitualmente los matemáticos modernos, no da de él más que una idea enteramente falseada por exceso de simplificación; veremos más adelante que la tendencia a la simplificación abusiva es también uno de los caracteres del espíritu moderno, y que, por lo demás, acompaña inevitablemente a la tendencia a reducirlo todo a la cantidad. La verdadera representación del tiempo es la que proporciona la concepción tradicional de los ciclos, concepción que, bien entendido, es esencialmente la de un tiempo «cualificado»; por lo demás, desde que se trata de representación geométrica, ya sea realizada gráficamente o simplemente expresada por la terminología de la que se haga uso, es evidente que se trata de la aplicación del simbolismo espacial, y esto debe dar a pensar que se podrá encontrar en ella la indicación de una cierta correlación entre las determinaciones cualitativas del tiempo y las del espacio. Es lo que ocurre en efecto: para el espacio, estas determinaciones residen esencialmente en las direcciones; ahora bien, la representación cíclica establece precisamente una correspondencia entre las fases de un ciclo temporal y las direcciones del espacio; para convencerse de ello, basta considerar un ejemplo tomado entre los más simples y más inmediatamente accesibles, el del ciclo anual, que juega, como se sabe, un papel muy importante en el simbolismo tradicional , y en el cual las cuatro estaciones se ponen en correspondencia respectiva con los cuatro puntos cardinales .

LA VENGANZA DEL NEOLÍTICO, A LA VUELTA DE LA ESQUINA

LA VENGANZA DEL NEOLÍTICO, A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Con la revolución industrial fue posible aumentar los cultivos y el empleo del ganado con menos personal, por lo que grandes masas de población se convirtieron en empleados y obreros en las ciudades, que crecieron a una escala nunca vista, y aún siguen haciéndolo a día de hoy. Por primera vez en la Historia, el número de personas que producían alimentos era menor que el de quienes no lo hacían. Para la gran mayoría de población actual, es posible disfrutar de alimentos para comer y disfrutar de ellos sin necesidad de producirlos. Basta con tener dinero para pagarlos. Los productos de todo el mundo llegan a través de las redes comerciales y de transporte, bien conservados por medio de poderosos refrigeradores.
A pesar de los aspectos positivos de todo esto, hemos de destacar que hay inconvenientes en el modo de vida “civilizado”. En los grupos de cazadores primitivos, el consumo de carne estaba ajustado al gasto de fuerza que se gastaba en conseguir el alimento, reproducirse e incluso realizar tareas “improductivas” como el arte y fenómenos pararreligiosos y festivos. Sin embargo, hoy en día el occidental está consumiendo por lo general demasiadas calorías para los movimientos de cada día. El ser humano como mamífero que es, está adaptado para el movimiento continuo; pero el hombre o la mujer de cualquier país desarrollado sólo camina del garaje a la puerta de casa. La práctica del deporte puede aminorar este problema de sobrecarga de alimentación, pero no deja de ser gracioso que la gente tenga que hacer ejercicio “improductivo” para quemar grasas superfluas.
La gordura, que en otros tiempos fue un símbolo de prosperidad y salud, ha degenerado en una enfermedad con dimensiones epidémicas. La OMS calcula que sólo en EE.UU., el 59% de los varones y el 49% están obesos, es decir, gordos patológicos. En el resto del mundo las proporción también es alarmante (salvo en los países asolados por hambrunas provocadas no tanto por desastres naturales como por factores sociopolíticos y económicos. El coste del tratamiento de la obesidad y sus derivados (diabetes, infartos, ciertos cánceres) puede llegar a ser excesivo y poner en jaque los presupuestos sanitarios de algunos países. Por otra parte, el miedo a engordar provoca auténticas neurosis como la anorexia, la bulimia...

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Fiebre del sábado noche

Fiebre del sábado noche

Madrid

La verdadera historia del sábado 13 en Madrid

PÁSALO. Así terminaba el mensaje que recibí en torno a las tres de la tarde anunciando una concentración silenciosa por la verdad frente a la sede del PP en la calle Génova. Así comenzaba algo que con el paso de las horas iba difundiendose minuto a minuto. Por cada mensaje que la gente recibía, se enviaban diez, quince, veinte mensajes más. Hubo gente que recibió hasta diez mensajes de grupos de gente diferente: familia, trabajo, lugar de estudios, gente del colegio, del barrio, y esos mensajes se multiplicaron hasta el infinito, propagandose como las llamas de un incendio por efecto del viento. A las seis de la tarde un despliegue policial protegía la sede del partido y sus efectivos pedían la documentación a todo manifestante que llegaba. Media hora después, sin embargo, la concurrencia de tantos madrileños sobrepasó la capacidad policial y una hora más tarde la calle Génova era un hervidero de gente gritando de rabia y pidiendo explicaciones al gobierno de la nación. Había gente que lloraba, otros expresaban su indignación a gritos, mentirosos, asesinos, te dijimos no a la guerra; vuestra guerra, nuestros muertos; no estamos todos, faltan doscientos; mentirosos, vosotros teneis chófer, nosotros cercanías; lo sabe todo el mundo menos nosotros; los muertos no se utilizan, basta de manipulación, y queremos salir en La Primera.

La prensa que se encontraba tras el cordón policial era mayoritariamente extranjera, y había un gran despliegue de antenas parabólicas de cadenas televisivas europeas. De las calles adyacentes y bocas del metro salía cada vez más gente de todas las edades y razas que se unían a la concentración, que de silenciosa al final no tuvo casi nada porque se nos hacía difícil permanecer callados cuando se pretendía celebrar un minuto de silencio. Siempre alguien lo rompía con algún grito: mentirosos, asesinos.

Las lágrimas y la indignación se propagaban de igual modo que la información. La gente estaba pegada a sus transistores y los móviles sonaban sin parar para transmitir información a la gente, que a su vez propagaba las noticias, que corrían de boca en boca. Cuando Rajoy declaró a los medios que la concentración era ilegal e ilegítima, y acusó a sectores del PSOE de haberla organizado, la multitud rugió y contestó: "nos han convocado los asesinados", y "la voz del pueblo no es ilegal". Cómo ibamos a ser ilegales, cuando el gobierno seguía mintiendo, ocultando información y violando los derechos más elementales del pueblo: el derecho a la libertadde expresión y al derecho a la información. En TVE 1, Cine de Barrio.

En Génova pasaban las horas y los ánimos se iban encendiendo cada vez más.

Seguía llegando gente, y no se veían banderas de partidos políticos ni sindicatos. Sólo pancartas improvisadas con cartones y bolígrafos. Tampoco la gente cantaba; todo eran gritos de dolor e indignación. El jefe antidisturbios confesaba a un reportero de la SER que no podían disolver la concentración por la fuerza porque eramos ya más de 5 mil personas y no era cuestión de cargar contra la muchedumbre donde había ancianos y niños. Cada vez que algún miembro de la sede se asomaba a la ventana la gente rugía y pedía la verdad, y mientras, seguían llegando noticias de concentraciones espontáneas en todas las ciudades de España. Las nueve de la noche y nadie se movía de allí, pese al frío. Nos llegó una nota que circulaba en manos de todo el mundo: A las doce en sol. Pasaló.

De pronto otra noticia que se propaga entre la gente: dos hindúes y tres marroquíes detenidos por su relación con los supuestos asesinos en Lavapiés. Los servicios de inteligencia por un lado y el gobierno por otro.

Españoles en el extranjero, amigos de todos los puntos del planeta seguíanmandando noticias de las principales cadenas televisivas del mundo:

Bush lamenta que el apoyo de España a su guerra contra Irak haya tenido estas consecuencias para Madrid. En cambio, el gobierno no lo lamenta, sino que oculta toda la información y llama a la calma, e insiste en que en la jornada de reflexión el pueblo no puede salir a la calle para expresarse.Rugimos más aún: no nos vamos, sal al balcón, da la cara, PP responsable, PP culpable, vuestra guerra, nuestros muertos, vosotros teneis chófer, nosotros Cercanías, vosotros, fascistas, sois los terroristas. Diez de la noche y la gente sale hacia Sol tomando las calles sin permiso.

Yo me voy a Lavapiés para cenar un poco y ponerme algo de abrigo porque ya no siento las manos del frío. La plaza está vacía, y al llegar a la calle Cabeza nos encontramos con una chica joven que, en la puerta de su casa, aporrea una cacerola con la cabeza alta y el semblante grave. Tímidamente salen a los balcones vecinos que salen a aporrear las cacerolas. Primero es un suave tintineo, después comienzan a abrirse los balcones de todas las calles y comienza un zumbido ensordecedor que se expande por todo el barrio. Bajamos a la plaza, que comienza a llenarse de gente que aporrea sus cacerolas, sartenes e instrumentos con fuerza. Aparece una cámara de televisión alemana, mientras la plaza y las calles están llenas de gente protestando sin palabras, y en un momento precioso hasta parece que seguimos todos el mismo ritmo. Un ritmo fúnebre y contundente, seco, duro, lleno de rabia y solemnidad. Y marchamos todos hacia Sol, donde ni siquiera podemos entrar porque Madrid está en la calle. Siguen volando las noticias, siguen multiplicándose los mensajes de solidaridad con las protestas de otras ciudades, siguen propagándose las noticias. La policía ha cargado contra la gente en Zaragoza y en Barcelona. Están estudiando suspender las elecciones, ha aparecido en manos del PP, de repente, un vídeo en el que Al Quaeda reivindica el atentado, y la gente comenta asombrada e indignada que no salimos en los medios. En la SER comentan que pese a la toma de las calles por parte de la ciudadanía, no van a seguir retransmitiendo para mantener la calma y no calentar los ánimos. La censura del siglo XXI. Las cámaras, los micrófonos, y las luces desaparecen; solo quedan los reporteros alemanes que trabajan a destajo, y nosotros gritando, y todas las calles que desembocan en Sol colapsadas. No hay banderas, no hay partidos, no hay magnetófonos, no hay organizadores, no hay órdenes. La multitud avanza espontáneamente hacia Atocha y la policía se retira discretamente. La calle es nuestra y caminamos por donde queremos, cortando el tráfico. Nadie rompe cristales, nadie destroza el mobiliario urbano, Madrid avanza cívicamente y Ansuátegui ordena invisibilidad. La policía apaga las sirenas, y las lecheras apenas son percibidas. "Veniros con nosotros", grita alguno a los uniformados, que no se atreven ni a mirarnos a los ojos. La rabia está en el grito, en las palabras. La gente exige que el gobierno informe, que los medios informen, la gente exige que el gobierno asuma su responsabilidad, y que deje de mentir a un país entero, que a través de internet y los teléfonos móviles va conectandose con el mundo entero. Los medios nacionales ningunean la protesta y dejan claro de qué lado están. La gente alza sus móviles para que los que escuchan al otro lado perciban el ambiente que hay en Madrid. Más de un millón de personas bajan hacia Atocha por la calle del Prado y por la calle Atocha. Y circula otro papel: a las dos en punto cinco minutos de silencio. Pasaló.

Todos al suelo. Silencio sepulcral. No hay cámaras. Miles de velas encendidas, y se rompe el silencio con el grito lleno de orgullo: viva Madrid, y todos gritamos, viva, viva Madrid. Aznar escucha, el pueblo está en lucha, y las riadas humanas avanzan hacia el Congreso. En la radio solo se oye música y resúmenes del partido del Real Madrid. Las voces ya cascadas por el paso de las horas, los pies doloridos, y no hay miedo, no hay policía, solo el helicoptero rugiendo encima de nuestras cabezas, y una sensación de euforia al ver que somos tantos, que somos incontables.

"También estuvimos en la manifestación de ayer", decian algunos cartones a modo de pancarta. Frente al congreso, las lecheras protegiendo el recinto sagrado donde unos cuantos toman las decisiones sin preguntar. La gente vuelve a gritar, dijimos no a la guerra, dijimos no a la guerra, vuestra guerra, nuestros muertos, un pozo de petróleo por un pozo de sangre, embushteros, tve = nodo, urdaci nazi, queremos la verdad.

Pasamos el congreso, llegamos a la Gran Vía, seguimos por Hortaleza. La gente sale de los bares, los pubs y las discotecas. Unos se unen, otros provocan preguntando qué pasa y por qué tomamos las calles, y Madrid avanza imparable bajo la atenta mirada del helicoptero. Los porteros de las discotecas desde las que sale música evasiva y alegre nos miran alucinados, tratando de proteger los imperios del alcohol y la música entretenida.

Llegamos a la sede del PP de nuevo, y la gente, pese al cansancio, sigue aullando. Cuatro, cinco de la mañana, y la gente grita hoy protestamos, mañana os cesamos, a la hora de votar se tiene que notar, asesinos, mentirosos. Agotada regreso a casa. En Sol hay cientos de velas encendidas, y decenas de ramos de flores y carteles, cartas, gritos de papel donde la gente demuestra su solidaridad y su cariño. La gente se arodilla, enciende más velas, y todo está en silencio. Siguen las pancartas colgando de todos los rincones de la Puerta del Sol; los servicios de limpieza esta vez respetan el dolor de una ciudad entera que llora a sus muertos. Banderas de todas partes del mundo, y escritos en árabe, no al terrorismo, PP responde, mensajes de las familias de los fallecidos, basta de horror, queremos la verdad, televisión manipulación, y cuatro mendigos apoyados contra la pared, rodeados de velas, en silencio. El pueblo llora, el gobierno miente. Lucía no te olvidaremos nunca. Papá te quiero. Esta no es nuestra guerra. Agotada, no puedo ni moverme de allí. Porque si la gente expresaba la rabia ante la mentira en la calle Génova, allí se concentra el dolor, el silencio, velas encendidas y flores congeladas del frío que hace.

Esto es lo que sucedió en Madrid la víspera de las elecciones. Y si en los medios no se quiso recoger esta toma de las calles por parte del pueblo madrileño, por lo menos que se difunda por la Red lo que pretende ser acallado y ocultado. Porque algo ha cambiado desde anoche: ya no tenemos miedo. Ni en Madrid, ni en el resto de las ciudades, ni los pueblos.Y no necesitamos partidos políticos que organicen manifestaciones: ya sabemos que internet y los móviles cuentan lo que no cuentan los medios oficiales, y ya sabemos que tenemos una herramienta de comunicación, la del boca a boca, para expresarnos. Se nos han negado los derechos fundamentales que reconoce nuestra Constitución, y el pueblo ha pagado caro la incursión de su gobierno en una guerra por petróleo. Un pueblo que nunca ha tenido problemas con el mundo árabe, un pueblo que se indigna ante la mentira y los insultos del candidato a la presidencia de España. Madrid demostró que está llena de gente de todas las nacionalidades, edades y condiciones sociales que son sensibles, y fue anoche la verdadera democracia, la de la soberanía del pueblo, en la que la gente se expresaba libremente.

Fiebre del sábado noche

Fiebre del sábado noche

El 13-M, víspera del día de votación para las elecciones generales en el Estado español, se vivió un auténtico fenómeno de comunicación horizontal entre las personas y se revivió con gran intensidad aquel impulso de resistencia que ya había estallado un año atrás en los tiempos de la pre-guerra contra Iraq. La gente volvió a tomar las calles. Esas calles -que en las "jornadas de reflexión" suelen estar desiertas o sirven para pasar una tranquila, apacible y casi familiar "jornada previa a la gran fiesta democrática que son las elecciones"-, se convirtieron de pronto - sí, de pronto- en un espontáneo clamor de indignación contra la mentira. Porque fue de pronto que la reflexión callada, intensa y profunda de cada cual se transformó en un fenómeno activo que fluyó libremente y escampó por las calles toda la inmensa rabia contenida y acumulada, muy especialmente a lo largo de los últimos días. Así, el sábado 13 de marzo, a partir de las 7 de la tarde, las calles se llenaron de gente.

Espontáneamente. Sin más, sin previo aviso. ¿Cómo se produjo este fenómeno de masas? Pues mediante Internet, a través de mensajes cortos entre móviles (sms) y boca a boca… Nadie podría decir cuál fue el detonante decisivo (aunque las razones eran muchas) que hizo estallar justo ese día y a esa hora la indignación de la gente. O de quién surgió la iniciativa original, que en pocas horas se transformaría en la iniciativa de muchos, de tantos. El caso es que en apenas dos horas las calles de varias ciudades del Estado español se vieron invadidas esa noche por los gritos, las pancartas, los folios garabateados rápidamente con consignas de repulsa, de rechazo, de alerta, de revuelta. En Barcelona el fenómeno fue estruendoso: las cacerolas golpeadas con entusiasmo, la marea de personas que se añadían a los manifestantes hasta formar una multitud, las sonrisas cómplices y los aplausos de los paseantes que se unían a la marcha, todo indicaba que se estaba viviendo un momento histórico. "¿Y tú cómo te has enterado?" "Me llegó un mensaje al móvil, no sé de quién". "¿Y tú?" "Por Indymedia" o "Me llamó un amigo" o "Escuché el ruido desde casa y bajé en seguida"…

La policía llegó puntual a las Ramblas, pero había órdenes de no disolver, eso se vio cuando la masa, valiente, se puso delante de los autos policiales impidiéndoles pasar con sus cuerpos, pegados a los morros de los coches. Sartenes, cacerolas, tapaderas, cucharas, papeles escritos con urgencia y a mano ("No más mentiras", "Gobierno asesino", "Basta de manipulación") y voces a gritos no sólo contra los responsables gubernamentales sino también de solidaridad con, por ejemplo, el panadero vasco asesinado ese mismo día por un policía en Pamplona… La gente se enfrentó a las mentiras, a las armas y al abuso del poder con la voz, la cacerola… y el teléfono móvil. Sí, el móvil tomó un inesperado protagonismo, posibilitando no sólo una veloz convocatoria sino el que los grupos supieran lo que pasaba en otras ciudades, que la información circulara y la gente se organizara en pocos segundos…Y es que cada poco sonaba un pitido de alguien que recibía un mensaje: "pii-pii… ahora al Gobierno Civil", y luego otro más: "pii-pii…vamos a la sede del PP"… y la masa se dividía en grupos: dos mil para el GC, tres mil para el PP -donde había otros tantos, no se sabe de dónde habían salido, ya esperando. Y mientras el correveidile y el correveyconvoca a través de los mensajes circulaba sin cesar como un impulso eléctrico, las cacerolas actuaban como tambores de llamada y las bocinas de los autos animaban todo el recorrido. Y así, la multitud -que ya eran siete mil- se iba concentrando y creciendo incluso a altas horas de la noche (la noche de un sábado que no era de discoteca sino de reflexión combativa), agolpándose frente a la sede del partido del gobierno: "¡Las guerras son vuestras, los muertos son nuestros!". CityTV, un canal local de Barcelona situado en la zona, salió a emitir desde la calle, y la cantante Marina Rossell y el actor Enric Majó leyeron rodeados de gente un manifiesto espontáneo. Todo el mundo aplaudía y las calles seguían llenas, cada vez más. Era más de medianoche. Nadie podía creerse lo que estaba pasando, y se sentía una alegría popular que estimulaba pensamientos esperanzadores y permitía que pasaran las horas y que las calles siguieran llenas de gente, de bocinas y cacerolazos, de gritos y de valentía, hasta bien entrada la madrugada. El Gobierno había salido en la cadena pública TV1 para decir "que la gente volviera a casa, que eran actos de manifestación ilegales en una jornada de reflexión". Pero nadie quería escuchar más bobadas. Ya no. Ya no más. Ahora la calle y la opinión -tantas veces manipulada en los últimos días, en los últimos años- eran nuestras. Se estaba reclamando una verdad que, aunque ya era notoria y pública, seguía sin ser aceptada por el gobierno. ¿Hasta dónde podía llegar el cinismo del poder? ¿Y la manipulación? Esos miles de personas que salieron a las calles en esa noche pre-electoral estuvieron a punto de provocar la cancelación por parte del Gobierno de las elecciones generales del día 14; algunos hablaban incluso de golpe de Estado...

Y aunque todo eso ya es mucho, e importante, el auténtico fenómeno de la noche fue el cómo se produjo la movilización popular. La forma en que se movilizó tanta gente. Cómo se enteraron. Cómo se difundió el mensaje. Y la respuesta es contundente: la suma de Internet y teléfonos móviles. Lo cual demuestra que las nuevas tecnologías están encontrando formas revolucionarias de aglutinar los pensamientos disconformes, aunando el sentir de mucha gente dispersa que de otro modo no sabría, no podría, no tendría acceso a lo que ocurre. Los móviles se han revelado como una nueva forma de movilización, sobre todo de la gente joven, que no sólo reciben el mensaje, sino que a su vez lo redifunden y amplían su impacto exponencialmente a través de toda su agenda. Todo este fenómeno nos lleva a pensar sobre el papel que cumple cada tecnología específica en las luchas de resistencia. Por un lado, los móviles convocan y deciden en pocos segundos, por otro Internet es capaz de convocar en unas pocas horas. Igualmente, dentro de Internet existen varios tipos de páginas: unas relatan casi al minuto los sucesos -y se actualizan a tiempo real-, otras son de información diaria -se actualizan varias veces al día-, y otras se dedican a una reflexión más teórica, con un ritmo más lento. Y todas valen. Todas cumplen una función. Todas aglutinan a los pensamientos disconformes. Y no hay ni una sola de estas iniciativas que sea menor. Cada cual cubre un vacío y llena una expectativa.

Una de las enseñanzas extraídas de fenómenos como el vivido en la tarde-noche-madrugada de los días 13-14 de marzo ha sido que las tecnologías van a jugar cada vez un papel más importante en la teoría y en la práctica de la resistencia. Y la segunda gran enseñanza es que es la propia gente, con sus modos y diversidad pero con un impulso de resistencia común, la que se ha convertido en el auténtico motor del movimiento popular. Un movimiento en el que cualquier persona honesta tiene un lugar propio y a la vez compartido. Un lugar que desde luego, se halla muy lejos del habitado por los pseudo-intelectuales, por los periodistas sumisos o por los partidos de la izquierda tradicional, con sus caducos discursos, sus viejas formas y sus oxidados modos y lenguajes.

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Las determinaciones cualitativas del tiempo

El tiempo aparece como más alejado todavía que el espacio de la cantidad pura: se puede hablar de magnitudes temporales como de magnitudes espaciales, y tanto las unas como las otras dependen de la cantidad continua (ya que no hay lugar a detenerse en la concepción extravagante de Descartes, según la cual el tiempo estaría constituido por una serie de instantes discontinuos, lo que necesita la suposición de una «creación» constantemente renovada, sin la cual el mundo se desvanecería a cada instante en los intervalos de ese discontinuo); pero, no obstante, hay que hacer una gran distinción entre los dos casos, por el hecho de que, como ya lo hemos indicado, mientras el espacio se puede medir directamente, el tiempo, al contrario, no se puede medir más que reduciéndole por así decir al espacio. Lo que se mide realmente no es nunca una duración, sino el espacio recorrido durante esa duración en un cierto movimiento cuya ley se conoce; al presentarse así esta ley como una relación entre el tiempo y el espacio, se puede, cuando se conoce la magnitud del espacio recorrido, deducir de ello la del tiempo empleado en recorrerle; y, cualesquiera que sean los artificios que se empleen, no hay en definitiva ningún otro medio que ese para determinar las magnitudes temporales.
Otra precisión que tiende también a la misma conclusión es ésta: los fenómenos propiamente corporales son los únicos que se sitúan tanto en el espacio como en el tiempo; los fenómenos de orden mental, los que estudia la «psicología» en el sentido ordinario de esta palabra, no tienen ningún carácter espacial, pero, por el contrario, se desarrollan igualmente en el tiempo; ahora bien, lo mental, que pertenece a la manifestación sutil, está necesariamente, en el dominio individual, más cerca de la esencia que lo corporal; si la naturaleza del tiempo le permite extenderse hasta ahí y condicionar las manifestaciones mentales mismas, es pues porque esta naturaleza debe ser más cualitativa todavía que la del espacio. Puesto que hablamos de los fenómenos mentales, agregaremos que, desde que están del lado de lo que representa la esencia en el individuo, es perfectamente vano buscar en ellos elementos cuantitativos, y con mayor razón, ya que algunos llegan hasta eso, querer reducirlos a la cantidad; lo que los «psicofisiólogos» determinan cuantitativamente, no son en realidad los fenómenos mentales mismos como se imaginan, sino solo algunos de sus concomitantes corporales; y en eso no hay nada que toque de ninguna manera a la naturaleza propia de la mente, ni por consiguiente que pueda servir para explicarla en la menor medida; ¡la idea absurda de una psicología cuantitativa representa verdaderamente el grado más acentuado de la aberración «cientificista» moderna!
Según todo eso, si se puede hablar de espacio «cualificado», se podrá hablar más todavía de tiempo «cualificado»; con esto queremos decir que debe haber en el tiempo menos determinaciones cuantitativas y más determinaciones cualitativas que en el espacio. Por lo demás, el «tiempo vacío» no tiene más existencia efectiva que el «espacio vacío», y a este propósito se podría repetir todo lo que hemos dicho al hablar del espacio; no hay más tiempo que espacio fuera de nuestro mundo, y, en éste, el tiempo realizado contiene siempre acontecimientos, así como el espacio realizado contiene siempre cuerpos. Bajo algunos aspectos, hay como una simetría entre el espacio y el tiempo, de los cuales se puede hablar así frecuentemente de una manera en cierto modo paralela; pero esta simetría, que no se encuentra al respecto de las demás condiciones de la existencia corporal, reside quizás más en su lado cualitativo, que en su lado cuantitativo, como tiende a mostrarlo la diferencia que hemos indicado entre la determinación de las magnitudes espaciales y la de las magnitudes temporales, y también la ausencia, en lo que concierne al tiempo, de una ciencia cuantitativa en el mismo grado que lo es la geometría para el espacio. Por el contrario, en el orden cualitativo, la simetría se traduce de una manera particularmente destacable por la correspondencia que existe entre el simbolismo espacial y el simbolismo temporal, correspondencia de la que, por lo demás, hemos tenido bastante frecuentemente la ocasión de dar ejemplos; en efecto, desde que se trata de simbolismo no hay que decir que es la consideración de la cualidad la que interviene esencialmente, y no la de la cantidad.

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El espacio, así como el tiempo, es una de las condiciones que definen la existencia corporal, pero estas condiciones son diferentes de la «materia» o más bien de la cantidad, aunque se combinan naturalmente con ésta; son menos «substanciales», y por consiguiente, están más próximas de la esencia, y es en efecto lo que implica la existencia en ellas de un aspecto cualitativo; acabamos de verlo para el espacio, y lo veremos también para el tiempo. Antes de llegar a eso, indicaremos también que la inexistencia de un «espacio vacío» basta para mostrar la absurdidad de una de las famosísimas «antinomias» cosmológicas de Kant: preguntarse «si el mundo es infinito o si está limitado en el espacio», es una cuestión que no tiene absolutamente ningún sentido; es imposible que el espacio se extienda más allá del mundo para contenerle, ya que entonces se trataría de un espacio vacío, y el vacío no puede contener nada; al contrario, es el espacio el que está en el mundo, es decir, en la manifestación, y, si uno se restringe a la consideración del dominio de la manifestación corporal solo, se podrá decir que el espacio es coextensivo a este mundo, puesto que es una de sus condiciones; pero este mundo no es más infinito que el espacio mismo, ya que, como éste, no contiene toda la posibilidad, sino que no representa más que un cierto orden de posibilidades particulares, y está limitado por las determinaciones que constituyen su naturaleza misma. Diremos también, para no tener que volver a ello, que es igualmente absurdo preguntarse «si el mundo es eterno o si ha comenzado en el tiempo»; por razones completamente semejantes, es en realidad el tiempo el que ha comenzado en el mundo, si se trata de la manifestación universal, o con el mundo, si no se trata más que de la manifestación corporal; pero el mundo no es de ninguna manera eterno por eso, ya que hay también comienzos intemporales; el mundo no es eterno porque es contingente, o, en otros términos, tiene un comienzo, así como un fin, porque no es para sí mismo su propio principio, o porque no contiene a éste en él mismo, sino que este principio le es necesariamente transcendente. No hay en todo eso ninguna dificultad, y es así como una buena parte de las especulaciones de los filósofos modernos no esta hecha más que de preguntas mal formuladas, y por consiguiente insolubles, y susceptibles de dar lugar a discusiones indefinidas, pero que se desvanecen enteramente desde que, al examinarlas fuera de todo prejuicio, se las reduce a lo que son en realidad, es decir, a simples productos de la confusión que caracteriza a la mentalidad actual. Lo que es más curioso, es que esta confusión parece incluso tener también su «lógica», puesto que, durante varios siglos, y a través de todas las formas diversas que ha revestido, siempre ha tendido constantemente en un mismo sentido; pero esta «lógica», no es en el fondo más que la conformidad con la marcha misma del ciclo humano, ordenada a su vez por las condiciones cósmicas mismas; y esto nos lleva directamente a las consideraciones que conciernen a la naturaleza del tiempo y a lo que, por oposición a la concepción puramente cuantitativa que se hacen de él los «mecanicistas», podemos llamar sus determinaciones cualitativas.

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. Iremos aún más lejos: hay toda una parte de la geometría elemental a la que las consideraciones cuantitativas le son extrañas, y es la teoría de las figuras semejantes; en efecto, la similitud se define exclusivamente por la forma y es enteramente independiente de la magnitud de las figuras, lo que equivale a decir que es de orden puramente cualitativo . Si ahora nos preguntamos qué es esencialmente esta forma espacial, destacaremos que puede ser definida por un conjunto de tendencias en dirección: en cada punto de una línea, la tendencia de que se trata está marcada por su tangente, y el conjunto de las tangentes define la forma de esa línea; en la geometría de tres dimensiones, es lo mismo para las superficies, reemplazando la consideración de las rectas tangentes por las de los planos tangentes; y, por lo demás, es evidente que esto es tan válido para los cuerpos mismos como para las simples figuras geométricas, ya que la forma de un cuerpo no es otra cosa que la de la superficie misma por la que su volumen está delimitado. Así pues, llegamos a esta conclusión, que ya nos permitía prever lo que hemos dicho sobre la situación de los cuerpos: es la noción de la dirección la que representa en definitiva el verdadero elemento cualitativo inherente a la naturaleza misma del espacio, como la noción de la magnitud representa su elemento cuantitativo; y así, el espacio, no homogéneo, sino determinado y diferenciado por sus direcciones, es lo que podemos llamar el espacio «cualificado».
Ahora bien, como acabamos de verlo, no solo desde el punto de vista físico, sino incluso desde el punto de vista geométrico, es este espacio «cualificado» el que es el verdadero espacio; en efecto, hablando propiamente, el espacio homogéneo no tiene existencia, ya que no es nada más que una simple virtualidad. Para poder ser medido, es decir, según lo que hemos explicado precedentemente, para poder ser realizado efectivamente, el espacio debe ser referido necesariamente a un conjunto de direcciones definidas; por lo demás, estas direcciones aparecen como radios emanados desde un centro, a partir del cual forman la cruz de tres dimensiones, y no tenemos necesidad de recordar una vez más el papel considerable que juegan en el simbolismo de todas las doctrinas tradicionales . Quizás se podría sugerir incluso que es restituyendo a la consideración de las direcciones del espacio su importancia real como sería posible devolver a la geometría, en gran parte al menos, el sentido profundo que ha perdido; pero es menester no disimular que eso mismo requeriría un trabajo que podría llegar muy lejos, como uno puede convencerse de ello fácilmente si se piensa en la influencia efectiva que esta consideración ejerce, bajo tantos aspectos, sobre todo lo que se refiere a la constitución misma de las sociedades tradicionales .

13M -fin

13M -fin

El resto de la historia ya es conocido. Zapatero presidente, un poco por accidente, y el cierre de la crisis de nuevo por obra y gracia de las urnas.
Pero tengo claro que entre el 11 y el 14 de marzo hubo una verdadera crisis institucional, provocada por la torpeza del gobierno y la pasividad de la oposición, que nos habría llevado incluso a un cambio de régimen si el PP no se hubiese “bajado del burro” de la mentira a última hora. ¿Habría sido un cambio a mejor o a peor? No lo sé.
El nudo de la tragicomedia se vivió sin duda el 13 de marzo por la noche: podría haberse aplazado la votación o reconocer la pista islámica, Aznar escogió lo segundo. Soberbio pero tonto no...
Tengamos en cuenta que un aplazamiento de elecciones con lo que estaba pasando habría supuesto para muchos un “golpe de estado civil”, incluso...Habría sido una ironía del destino que los salvapatrias defensores de la Constitución se hubiesen cargado el marco jurídico-político con su gestión imprudente de las crisis. Aznar habría pasado a la historia no como un presidente chulesco y belicista, sino también como el homicida por accidente del régimen surgido de la Transición.
Junto con el espectro del terremoto sociopolítico y de crisis del régimen constitucional, el 13M fue crucial desde el momento en que las concentraciones frente a las sedes del PP no tuvieron un convocante claro, como sucedió en 2003 con el NO A LA GUERRA. Fue una manifestación política sin duda, pero apartidista. El ciudadano-consumidor , habitualmente reducido a un consumidor pasivo de televisión basura y productos de hipermercado, tuvo una especie de cortocircuito mental ,tanto por la labor del poco periodismo “desleal” que funcionó como por radio macuto (personal o por la “rebelión de las máquinas” (Internet, teléfonos).
Este acontecimiento no es trivial. El espectro de la izquierda institucional y la ultraizquierda no tuvieron más que aprovecharse de la protesta difusa, pero no la dirigieron desde el principio, lo cual da una idea positiva: el ser humano no está embrutecido del todo, como creen tanto los engañistas como los “alternativos” usualmente.
Somos tontos pero no tanto. El engaño estaba siendo demasiado evidente, la presión psicológica era enorme, se veía en las caras en las calles y en los trabajos. Por algún sitio y en algún momento iba a reventar la tensión, y ese momento fueron las grandes ciudades el sábado por la noche (cuando normalmente explota la tensión etílica, pero esta vez fue política).
En fin, hemos vivido unos días muy intensos, pero sobre todo el sábado pasado ha pasado a la Historia (al menos no oficial) como el día en que los ciborgs (humano-móvil, humano-radio y humano-ordenador) se rebelaron contra la vieja maquinaria de la propaganda. Sin duda, hay un uso inteligente de la tecnología, todo ello sin caer en loas acríticas al tecnologismo.
¿Volverán a rebelarse las máquinas humanas en otras ocasiones? Es probable, si se dan condiciones tan anormales como las del 13-M.

EEDM
Zaragoza, martes, 16 de marzo de 2004

13M(3)

13M(3)

Al día siguiente desperté temprano, tras unas pocas horas de sueño. Tuve una pesadilla: llamaban a la puerta, y estaba la policía llevándome preso. Cada poco rato oía el timbre en sueños y soñaba otra vez con lo mismo.
Al amanecer puse la radio y percibí un intento desesperado de aparentar normalidad. Las elecciones seguían, ¿el PP se dirigía encantado hacia la derrota electoral? Qué raro. La mentira oficial se había esfumado en pocas horas, y no habían hecho nada para evitarlo, a diferencia de lo ocurrido el jueves y viernes.
EMHO, el PP se había metido en un callejón sin salida por tramposos. Pretendían sacar tajada (como siempre) del terrorismo para sacar votos con la complicidad de la oposición domesticada (PSOE e IU) y la irritación impotente de los nacionalistas y la ultraizquierda. Pero algo falló: obviamente, el grupo PRISA y Zapatero no podían resignarse fácilmente a dejar perder las elecciones otra vez para mayor gloria del partido régimen. Otra victoria del PP habría supuesto casi el derrumbe del PSOE, y por eso tuvieron que arriesgarse a tirar de la manta. Pero aparte de la cadena SER, Internet estaba socavando rápidamente la versión oficial, al igual que las noticias que se daban en emisoras extranjeras que veían algunos por la tele parabólica.
En un momento dado, en la tarde del 13M, el PP se percató de la insostenibilidad del engaño nacional, y seguramente pensó en un plan a la desesperada. Es posible que el gobierno se plantease la suspensión de las elecciones a un mes vista o sine die.
Sin embargo, esa opción se desechó, porque en esos mismos momentos (tarde-noche) se estaban amotinando en las calles, no sólo los radicales de siempre, sino también gente normal y apartidista, por su voluntad propia. Era una “explosión espontánea” de enfado individual que se estaba agrupando rápidamente hacia una respuesta colectiva contra el gobierno; pero también descontrolada, porque al PSOE tampoco le interesaba echar más leña al fuego (tenía que haber elecciones al día siguiente).
Si el PP aplazaba las elecciones, las concentraciones iba a seguir y aumentar, quizás iniciando un conato de revuelta. Y esto podía volverse ingobernable, lo cual podría haber llevado a declarar el estado de excepción: despliegue masivo de policía y militares, anormalidad en las instituciones, censura explícita, etc...Esto habría supuesto a su vez un enconamiento de la situación de consecuencias tremendas para el régimen. Sólo bajo esa amenaza creo que el gobierno bajó la cabeza y se dirigió hacia la debacle electoral.
El 14-M hubo elecciones un clima de normalidad forzada. Estuve de apoderado en un partido (no en el PP, claro) y a los “(in)populares” se les veía mala cara, no les llegaba la camisa al cuello.
Cuando iba por las cabinas a comprobar las papeletas, el pepero de turno me venía detrás con cara de mal genio (¿se creía que iba a montar un fraude electoral?). A los del PSOE se les veía nerviosos de otra manera. Hablaban en voz alta, estaban excitados pensando quizás en su posible victoria.
Por la tarde me dolían los pies y uno del PP me dijo si estaba cansado se sitiar su local (sic). No le dije que había estado ausente de tales concentraciones, aunque estaba moralmente de acuerdo con ellas. ¡Qué mal perder tienen algunos!