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... Por éstas últimas consideraciones, se puede comprender también, cómo la iniciación, al tomar el oficio como «soporte», tendrá al mismo tiempo, e inversamente en cierto modo, una repercusión sobre el ejercicio de ese oficio. En efecto, al haber realizado plenamente las posibilidades de las que su actividad profesional no es más que una expresión exterior, y al poseer así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esa actividad, el ser cumplirá desde entonces conscientemente lo que primero no era más que una consecuencia completamente «instintiva» de su naturaleza; y así, si el conocimiento iniciático, para él, ha nacido del oficio, éste, a su vez, devendrá el campo de aplicación de ese conocimiento, del que ya no podrá ser separado. Habrá entonces correspondencia perfecta entre el interior y el exterior, y la obra producida podrá ser, no ya solo su expresión a un grado cualquiera y de una manera más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de aquel que la haya concebido y ejecutado, lo que constituirá la «obra maestra» en el verdadero sentido de esta palabra.
Con esto, se ve sin esfuerzo cuan lejos está el verdadero oficio de la industria moderna, hasta el punto que son por así decir dos contrarios, y cuan verdad es desgraciadamente que, en el «reino de la cantidad», el oficio es, como lo dicen de buena gana los partidarios del «progreso», que naturalmente se felicitan por ello, una «cosa del pasado». En el trabajo industrial, el obrero no tiene que poner nada de sí mismo, e incluso se pone gran cuidado en impedirle que pueda tener la menor veleidad al respecto; pero eso mismo es imposible, puesto que toda su actividad no consiste más que en hacer que se mueva una máquina, y puesto que, por lo demás, se le hace perfectamente incapaz de iniciativa por la «formación» o más bien la deformación profesional que ha recibido, que es como la antítesis del antiguo aprendizaje, y que no tiene como meta más que enseñarle a ejecutar algunos movimientos «mecánicamente» y siempre de la misma manera, sin que tenga que comprender de ninguna manera su razón de ser ni preocuparse del resultado, ya que no es él, sino la máquina, la que fabricará en realidad el objeto; servidor de la máquina, el hombre debe devenir máquina él mismo, y su trabajo ya no tiene nada de verdaderamente humano, pues ya no implica la puesta en obra de ninguna de las cualidades que constituyen propiamente la naturaleza humana . Todo eso desemboca en lo que se ha convenido llamar, en la jerga actual, la fabricación en «serie», cuya meta no es más que producir la mayor cantidad de objetos posibles, y objetos tan exactamente semejantes entre sí como es posible, y destinados al uso de hombres a los que se supone todos semejantes igualmente; eso es efectivamente el triunfo de la cantidad, como lo decíamos más atrás, y es también, y por eso mismo, el de la uniformidad.

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