
Por lo demás, hay que destacar que los filósofos dicen frecuentemente cosas mucho más justas cuando argumentan contra otros filósofos que cuando vienen a exponer sus propios pareceres, y, viendo cada uno generalmente bastante bien los defectos de los otros, se destruyen en cierto modo mutuamente; es así como Bergson, si uno se toma el trabajo de rectificar sus errores de terminología, muestra bien los defectos del racionalismo (que, muy lejos de confundirse con el verdadero «intelectualismo», es al contrario su negación) y las insuficiencias de la razón, pero por ello no está menos equivocado a su vez cuando, para suplir a éstos, busca en lo «infraracional» en lugar de elevarse a lo «supraracional» (y es por eso por lo que su filosofía es igualmente individualista e ignora tan completamente el orden supraindividual como la de sus adversarios). Así pues, cuando reprocha a la razón, a la que vamos a restituir aquí su verdadero nombre, «que recorta artificialmente lo real», no tenemos necesidad de adoptar su propia idea de lo «real», aunque no sea más que a título puramente hipotético y provisorio, para comprender lo que quiere decir en el fondo: se trata manifiestamente de la reducción de todas las cosas a unos elementos supuestos homogéneos o idénticos entre sí, lo que no es nada más que la reducción a lo cuantitativo, ya que no es sino bajo este único punto de vista como tales elementos son concebibles; y ese «recorte» evoca incluso bastante claramente los esfuerzos para introducir una discontinuidad que no pertenece propiamente más que a la cantidad pura o numérica, es decir, en suma a la tendencia, de la cual hemos hablado más atrás, a no querer admitir como «científico» más que lo que es susceptible de ser «cifrado» . Del mismo modo, cuando dice que la razón no está cómoda más que cuando se aplica a lo «sólido», que es en cierto modo su dominio propio, parece darse cuenta de la tendencia que tiene inevitablemente, cuando está reducida a sí misma, a «materializarlo» todo, en el sentido ordinario de esta palabra, es decir, a no considerar en todas las cosas más que sus modalidades más groseras, porque son aquellas en las que la cualidad está más disminuida en provecho de la cantidad; únicamente parece considerar más bien la conclusión de esta tendencia que su punto de partida, lo que podría hacerle acusar de una cierta exageración, ya que hay evidentemente grados en esta «materialización»; pero, si se refiere al estado presente de las concepciones científicas (o más bien, como lo veremos en lo que sigue, a un estado ya algo pasado ahora), es cierto en efecto que están tan cerca como es posible de representar su último grado o su grado más bajo, aquel en el que la «solidez» así entendida ha alcanzado su máximo, y eso incluso es un signo particularmente característico del periodo al que hemos llegado. Bien entendido, no pretendemos que Bergson mismo haya comprendido estas cosas de una manera tan clara como la que resulta de esta «traducción» de su lenguaje, y eso parece incluso bastante poco probable, dadas las múltiples confusiones que comete constantemente; pero por ello no es menos verdad que, de hecho, estas opiniones le han sido sugeridas por la constatación de lo que es la ciencia actual, y que, a este título, este testimonio de un hombre que es él mismo un incontestable representante del espíritu moderno no podría ser tenido por desdeñable; en cuanto a lo que representan exactamente sus propias teorías, es en otra parte de este estudio donde encontraremos su significación, y todo lo que podemos decir por el momento, es que corresponden a un aspecto diferente y en cierto modo a otra etapa de esta desviación cuyo conjunto constituye propiamente el mundo moderno.
0 comentarios