RG: el reino....
Nos es menester todavía insistir sobre un punto que no hemos abordado más que incidentalmente en lo que precede: es lo que podría llamarse la tendencia a la «vulgarización» (y esta palabra es también una de aquellas que son particularmente significativas para describir la mentalidad moderna), es decir, esa pretensión de ponerlo todo «al alcance de todo el mundo» que ya hemos señalado como una consecuencia de las concepciones «democráticas», y que equivale en suma a querer rebajar el conocimiento hasta el nivel de las inteligencias más inferiores. Sería muy fácil mostrar los inconvenientes múltiples que presenta, de una manera general, la difusión desconsiderada de una instrucción que se pretende distribuir igualmente a todos, bajo formas y por métodos idénticos, lo que, como ya lo hemos dicho, no puede desembocar más que en una suerte de nivelación por abajo: ahí, como por todas partes, la cualidad es sacrificada a la cantidad. Por lo demás, es verdad que la instrucción profana de que se trata no representa en suma ningún conocimiento en el verdadero sentido de esta palabra, y que no contiene absolutamente nada de un orden que sea un poco profundo; pero, aparte de su insignificancia y de su ineficacia, lo que la hace realmente nefasta, es sobre todo que se hace tomar por lo que no es, que tiende a negar todo lo que la rebasa, y que así asfixia todas las posibilidades que se refieren a un dominio más elevado; puede parecer incluso que esté hecha expresamente para eso, ya que la «uniformización» moderna implica necesariamente el odio de toda superioridad.
Una cosa más sorprendente es que algunos, en nuestra época, creen poder exponer doctrinas tradicionales tomando en cierto modo como modelo esa misma instrucción profana, y sin tener en cuenta la naturaleza misma de estas doctrinas ni las diferencias esenciales que existen entre ellas y todo lo que se designa hoy día bajo los nombres de «ciencias» y de «filosofía», y que las separan de ellas por un verdadero abismo; o, al actuar así, deben deformar forzosamente por completo estas doctrinas por simplificación y no dejar aparecer de ellas más que el sentido más exterior, o su pretensión está completamente injustificada. En todo caso, hay en eso una penetración del espíritu moderno hasta en aquello a lo que él se opone radicalmente por definición misma, y no es difícil comprender cuáles pueden ser las consecuencias disolventes de ello, incluso sin que lo sepan aquellos que, frecuentemente de buena fe y sin intención definida, se hacen los instrumentos de una semejante penetración; la decadencia de la doctrina religiosa en Occidente, y la pérdida total del esoterismo correspondiente, muestran suficientemente cuál puede ser la conclusión si una parecida manera de ver llega a generalizarse algún día hasta en Oriente mismo; en eso hay un peligro bastante grave como para que sea bueno señalarle mientras todavía hay tiempo.
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