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ERDLC. 25-3 Ter Mecanicismo y materialismo

El primer producto del racionalismo, en el orden llamado «científico», fue el mecanicismo cartesiano; el materialismo no debía venir sino más tarde, puesto que, como lo hemos explicado en otra parte, la palabra y la cosa no datan propiamente más que del siglo XVIII; por lo demás, cualesquiera que hayan podido ser las intenciones de Descartes mismo (y, de hecho, se han podido sacar de las ideas de éste, llevando hasta el extremo sus consecuencias lógicas, teorías muy contradictorias entre sí), por ello no hay menos, entre el uno y el otro, una filiación directa. A este propósito, no es inútil recordar que, si se pueden calificar de mecanicistas las antiguas concepciones atomistas tales como las de Demócrito y sobre todo de Epicuro, que son sin duda en eso, en la antigüedad, los únicos «precursores» en los que los modernos puedan avalarse con alguna razón, es erróneo que se quiera considerarlos frecuentemente como una primera forma del materialismo, ya que éste implica ante todo la noción de la «materia» de los físicos modernos, noción que, en aquella época, estaba todavía muy lejos de haber tomado nacimiento. La verdad es que el materialismo representa simplemente una de las dos mitades del dualismo cartesiano, precisamente esa a la que su autor había aplicado la concepción mecanicista; bastaba desde entonces desdeñar o negar la otra mitad, o, lo que equivale a lo mismo, pretender reducir a esa mitad la realidad toda entera, para llegar naturalmente al materialismo.
Leibnitz ha mostrado muy bien, contra Descartes y sus discípulos, la insuficiencia de una física mecanicista, que, por su naturaleza misma, no puede dar cuenta más que de la apariencia exterior de las cosas y es incapaz de explicar nada de su verdadera esencia; así pues, se podría decir que el mecanicismo no tiene más que un valor únicamente «representativo» y de ningún modo explicativo; y, en el fondo, ¿no es ese exactamente el caso de toda la ciencia moderna? Ello es así incluso en un ejemplo tan simple como el del movimiento, que, no obstante, es lo que se considera como siendo por excelencia susceptible de ser explicado mecánicamente; una tal explicación no vale, dice Leibnitz, sino en tanto que no se considere en el movimiento nada más que un cambio de situación, y, a este respecto, cuando la situación respectiva de dos cuerpos cambia, es indiferente decir que el primero se mueve en relación al segundo o el segundo en relación al primero, ya que hay en eso una perfecta reciprocidad; pero ello es muy diferente desde que se toma en consideración la razón del movimiento, y, puesto que esta razón se encuentra en uno de los dos cuerpos, es solo de ése del que se dirá que se mueve, mientras que el otro no desempeña en el cambio intervenido más que un papel puramente pasivo; pero eso es algo que escapa enteramente a las consideraciones de orden mecánico y cuantitativo. Así pues, el mecanicismo se limita en suma a dar una simple descripción del movimiento, tal cual es en sus apariencias exteriores, y es impotente para aprehender su razón, y por consiguiente para expresar ese aspecto esencial o cualitativo del movimiento que es el único que puede dar su explicación real; y con mayor razón será lo mismo para toda otra cosa de un carácter más complejo y en la que la cualidad predomine más sobre la cantidad; así pues, una ciencia constituida así no podrá tener verdaderamente ningún valor de conocimiento efectivo, ni siquiera en lo que concierne al dominio relativo y limitado en el que está encerrada.

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