La venganza del neolítico
Hay un aspecto en la alimentación actual que va más allá del tema de la obesidad; me refiero a la desconexión entre el consumidor de alimentos y la producción y elaboración de los mismos. El occidental medio desconoce el proceso de elaboración y cultivo de lo que come. Es más, si conociese algunos desmanes en la producción de alimentos industriales (de los que las vacas locas y demás alertas sanitarias son la punta del iceberg) probablemente se volvería inapetente.Con la proliferación de platos preparados para microondas, comida rápida y cadenas de restaurantes de baja calidad, es muy probable que el 90% no sepa sobrevivir en caso de emergencia. Y no me refiero a una catástrofe cósmica, sino a emergencias tales como huelgas bestiales, problemas en el suministro y guerras. Por otra parte, el barniz de civilización del urbanita es muy fino: recuerdo como durante una huelga de transportes en cierto país, en las tiendas hubo auténticos estraperlistas que arrasaron con el poco género que había en las estanterías condenando a los tontos que todavía creían en la educación cívica a comer mendrugos y sardinas rancias. Si la situación se hubiese prolongado más de una semana, los señores del mercado negro habrían condenado al hambre a la mayoría de la población.
En el mundo rural (tampoco hay que idealizarlo), hay más trato humano, aunque a veces se convierta en opresivo y endogámico. Por otra parte, incluso si no se habla con su vecino, el campesino puede conseguir alimentos por su propia cuenta en un pedazo de tierra, en el corral, y si las cosas se ponen mal, todavía recuerda los viejos tiempos paleolíticos la escopeta y el lazo guardados en el granero...
Al menos, esto ha sido así en Occidente hasta que el mundo rural se autoextinguió (o más bien fue extinguido) por la mecanización totalitaria y la emigración voluntaria a las ciudades. Por otra parte, la televisión y los transportes modernos han colonizado el medio rural con los vicios urbanos (sin tener en contrapartida las ventajas culturales de las ciudades). Aún así, todo hay que decirlo, podemos encontrar todavía en pueblos y campos europeos a auténticos supervivientes profesionales, que ríanse de los Rambos y demás personajillos televisivos.
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