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Es evidente que las épocas del tiempo están diferenciadas cualitativamente por los acontecimientos que se desarrollan en ellas, del mismo modo que las porciones del espacio lo están por los cuerpos que contienen, y que no se pueden considerar de ninguna manera como realmente equivalentes de las duraciones cuantitativamente iguales, pero llenas de series de acontecimientos completamente diferentes; es incluso de observación corriente que la igualdad cuantitativa, en la apreciación mental de la duración, desaparece completamente ante la diferencia cualitativa. Pero se dirá quizás que esta diferencia no es inherente a la duración misma, sino solo a lo que pasa en ella; es menester pues preguntarse si no hay al contrario, en la determinación cualitativa de los acontecimientos, algo que proviene del tiempo mismo; y, a decir verdad, ¿no se reconoce al menos implícitamente que ello es así cuando se habla por ejemplo, como se hace constantemente incluso en el lenguaje ordinario, de las condiciones particulares de tal o cual época? Eso parece en suma todavía más manifiesto para el tiempo que para el espacio, aunque, como lo hemos explicado, en lo que concierne a la situación de los cuerpos, los elementos cualitativos estén lejos de ser despreciables; e incluso, si se quisiera llegar hasta el fondo de las cosas, se podría decir que un cuerpo cualquiera no puede situarse indiferentemente en no importa cuál lugar en mayor media de la que un acontecimiento cualquiera puede producirse indiferentemente en no importa cuál época; pero, sin embargo, aquí la simetría no es perfecta, porque la situación de un cuerpo en el espacio es susceptible de variar por el hecho del movimiento, mientras que la de un acontecimiento en el tiempo está estrictamente determinada y es propiamente «única», de suerte que la naturaleza esencial de los acontecimientos aparece como mucho más estrictamente ligada al tiempo de lo que lo está la de los cuerpos al espacio, lo que confirma todavía que el tiempo debe tener en sí mismo un carácter más ampliamente cualitativo.La verdad es que el tiempo no es algo que se desarrolla uniformemente, y, por consiguiente, su representación geométrica por una línea recta, tal como la consideran habitualmente los matemáticos modernos, no da de él más que una idea enteramente falseada por exceso de simplificación; veremos más adelante que la tendencia a la simplificación abusiva es también uno de los caracteres del espíritu moderno, y que, por lo demás, acompaña inevitablemente a la tendencia a reducirlo todo a la cantidad. La verdadera representación del tiempo es la que proporciona la concepción tradicional de los ciclos, concepción que, bien entendido, es esencialmente la de un tiempo «cualificado»; por lo demás, desde que se trata de representación geométrica, ya sea realizada gráficamente o simplemente expresada por la terminología de la que se haga uso, es evidente que se trata de la aplicación del simbolismo espacial, y esto debe dar a pensar que se podrá encontrar en ella la indicación de una cierta correlación entre las determinaciones cualitativas del tiempo y las del espacio. Es lo que ocurre en efecto: para el espacio, estas determinaciones residen esencialmente en las direcciones; ahora bien, la representación cíclica establece precisamente una correspondencia entre las fases de un ciclo temporal y las direcciones del espacio; para convencerse de ello, basta considerar un ejemplo tomado entre los más simples y más inmediatamente accesibles, el del ciclo anual, que juega, como se sabe, un papel muy importante en el simbolismo tradicional , y en el cual las cuatro estaciones se ponen en correspondencia respectiva con los cuatro puntos cardinales .
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