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... El espacio, así como el tiempo, es una de las condiciones que definen la existencia corporal, pero estas condiciones son diferentes de la «materia» o más bien de la cantidad, aunque se combinan naturalmente con ésta; son menos «substanciales», y por consiguiente, están más próximas de la esencia, y es en efecto lo que implica la existencia en ellas de un aspecto cualitativo; acabamos de verlo para el espacio, y lo veremos también para el tiempo. Antes de llegar a eso, indicaremos también que la inexistencia de un «espacio vacío» basta para mostrar la absurdidad de una de las famosísimas «antinomias» cosmológicas de Kant: preguntarse «si el mundo es infinito o si está limitado en el espacio», es una cuestión que no tiene absolutamente ningún sentido; es imposible que el espacio se extienda más allá del mundo para contenerle, ya que entonces se trataría de un espacio vacío, y el vacío no puede contener nada; al contrario, es el espacio el que está en el mundo, es decir, en la manifestación, y, si uno se restringe a la consideración del dominio de la manifestación corporal solo, se podrá decir que el espacio es coextensivo a este mundo, puesto que es una de sus condiciones; pero este mundo no es más infinito que el espacio mismo, ya que, como éste, no contiene toda la posibilidad, sino que no representa más que un cierto orden de posibilidades particulares, y está limitado por las determinaciones que constituyen su naturaleza misma. Diremos también, para no tener que volver a ello, que es igualmente absurdo preguntarse «si el mundo es eterno o si ha comenzado en el tiempo»; por razones completamente semejantes, es en realidad el tiempo el que ha comenzado en el mundo, si se trata de la manifestación universal, o con el mundo, si no se trata más que de la manifestación corporal; pero el mundo no es de ninguna manera eterno por eso, ya que hay también comienzos intemporales; el mundo no es eterno porque es contingente, o, en otros términos, tiene un comienzo, así como un fin, porque no es para sí mismo su propio principio, o porque no contiene a éste en él mismo, sino que este principio le es necesariamente transcendente. No hay en todo eso ninguna dificultad, y es así como una buena parte de las especulaciones de los filósofos modernos no esta hecha más que de preguntas mal formuladas, y por consiguiente insolubles, y susceptibles de dar lugar a discusiones indefinidas, pero que se desvanecen enteramente desde que, al examinarlas fuera de todo prejuicio, se las reduce a lo que son en realidad, es decir, a simples productos de la confusión que caracteriza a la mentalidad actual. Lo que es más curioso, es que esta confusión parece incluso tener también su «lógica», puesto que, durante varios siglos, y a través de todas las formas diversas que ha revestido, siempre ha tendido constantemente en un mismo sentido; pero esta «lógica», no es en el fondo más que la conformidad con la marcha misma del ciclo humano, ordenada a su vez por las condiciones cósmicas mismas; y esto nos lleva directamente a las consideraciones que conciernen a la naturaleza del tiempo y a lo que, por oposición a la concepción puramente cuantitativa que se hacen de él los «mecanicistas», podemos llamar sus determinaciones cualitativas.

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