
En fin, una tercera precisión es ésta: puesto que la marcha descendente de la manifestación, y por consiguiente del ciclo que es su expresión, se efectúa desde el polo positivo o esencial de la existencia hacia su polo negativo o substancial, de ello resulta que todas las cosas deben tomar un aspecto cada vez menos cualitativo, y cada vez más cuantitativo; y es por eso por lo que el último periodo del ciclo debe tender muy particularmente a afirmarse como el «reino de la cantidad». Por lo demás, cuando decimos que ello debe ser así de todas las cosas, no lo entendemos solo de la manera en que ellas se consideran desde el punto de vista humano, sino también de una modificación real del «medio» mismo; puesto que cada periodo de la historia de la humanidad responde propiamente a un «momento cósmico» determinado, debe haber en él necesariamente una correlación constante entre el estado mismo del mundo, o de lo que se llama la «naturaleza» en el sentido más usual de esta palabra, y más especialmente del conjunto del medio terrestre, y el de la humanidad cuya existencia está evidentemente condicionada por este medio. Agregaremos que la ignorancia total de estas modificaciones de orden cósmico no es una de las menores causas de la incomprehensión de la ciencia profana frente a todo lo que se encuentra fuera de algunos límites; nacida ella misma de las condiciones muy especiales de la época actual, esta ciencia es muy evidentemente incapaz de concebir otras condiciones diferentes de esas, e incluso de admitir simplemente que ellas puedan existir, y así el punto de vista mismo que la define establece en el tiempo «barreras» que le es imposible franquear como le es imposible a un miope ver claramente más allá de una cierta distancia; y, de hecho, la mentalidad moderna y «cientificista» se caracteriza muy efectivamente, bajo todos los aspectos, por una verdadera «miopía intelectual». Los desarrollos a los cuales seremos llevados en lo que sigue permitirán comprender mejor lo que pueden ser estas modificaciones del medio, a la cuales no podemos hacer ahora más que una alusión de orden completamente general; con eso quizás se dará uno cuenta de que muchas cosas que se consideran hoy como «fabulosas» no lo eran de ningún modo para los antiguos, y que incluso siempre pueden no serlo tampoco para aquellos que han guardado, con el depósito de algunos conocimientos tradicionales, las nociones que permiten reconstituir la figura de un «mundo perdido», así como prever lo que será, al menos en sus rasgos generales, la de un mundo futuro, ya que, en razón misma de las leyes cíclicas que rigen la manifestación, el pasado y el porvenir se corresponden analógicamente, de suerte que, piense de ello lo que piense el vulgo, tales previsiones no tienen en realidad el menor carácter «adivinatorio», sino que se basan enteramente sobre lo que hemos llamado las determinaciones cualitativas del tiempo.
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