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ERDLC. 4-4. Bis.

ERDLC. 4-4. Bis. Los límites de la historia y de la geografía

Hemos dicho precedentemente que, en razón de las diferencias cualitativas que existen entre los diversos periodos del tiempo, por ejemplo entre las diversas fases de un ciclo tal como nuestro Manvantara (y es evidente que, más allá de los límites de la duración de la presente humanidad, las condiciones deben ser todavía más diferentes), se producen en el medio cósmico en general, y más especialmente en el medio terrestre que nos concierne de una manera más directa, cambios de los que la ciencia profana, con su horizonte limitado únicamente al mundo moderno donde ella ha tomado nacimiento, no puede hacerse ninguna idea, de suerte que, cualquiera que sea la época que quiera considerar, ella se representa siempre un mundo cuyas condiciones habrían sido semejantes a lo que son actualmente. Hemos visto, por otra parte, que los psicólogos se imaginan que el hombre ha sido siempre mentalmente tal cual es hoy día; y lo que es verdad de los psicólogos a este respecto lo es otro tanto de los historiadores, que aprecian las acciones de los hombres de la antigüedad o de la Edad Media exactamente como si apreciaran las de sus contemporáneos, atribuyéndoles los mismos motivos y las mismas intenciones; así pues, ya se trate del hombre o del medio, en eso hay evidentemente una aplicación de esas concepciones simplificadas y «uniformizantes» que corresponden tan bien a las tendencias actuales; en cuanto a saber cómo esta «uniformización del pasado puede conciliarse en otras partes con las teorías «progresistas» y «evolucionistas» admitidas al mismo tiempo por los mismos individuos, es ese un problema que no nos encargaremos de resolver, y sin duda no es sino un ejemplo más de las innumerables contradicciones de la mentalidad moderna.
Cuando hablamos de cambios del medio, no entendemos hacer alusión solo a los cataclismos más o menos extensos que marcan en cierto modo los «puntos críticos» del ciclo; esos son cambios bruscos que corresponden a verdaderas rupturas de equilibrio, e, incluso en el caso en que no se trata por ejemplo más que de la desaparición de un solo continente (casos que son lo que se encontrarían de hecho en el curso de la historia de la presente humanidad), es fácil concebir que todo el conjunto del medio terrestre no debe ser por ello menos afectado por sus repercusiones, y que así la «figura del mundo», si puede decirse, debe ser por eso mismo notablemente cambiada. Pero hay también modificaciones continuas e insensibles que, en el interior de un periodo donde no se produce ningún cataclismo, no obstante acaban poco a poco por tener resultados casi tan considerables; no hay que decir que no se trata de simples modificaciones «geológicas», en el sentido en que lo entiende la ciencia profana, y, por lo demás, es un error no considerar los cataclismos mismos más que desde ese punto de vista exclusivo, que, como siempre, se limita a lo más exterior; tenemos en vista algo de un orden mucho más profundo, que incide sobre las condiciones mismas del medio, de suerte que, incluso si no se toman en consideración los fenómenos geológicos que aquí ya no son más que detalles de importancia secundaria, los seres y las cosas no serían por ello menos verdaderamente cambiados.

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