ERDLC. 4-4. Ter.
En cuanto a las modificaciones artificiales producidas por la intervención del hombre, no son en suma más que consecuencias, en el sentido de que, como ya lo hemos explicado, son precisamente las condiciones especiales de tal o de cual época las que las hacen posibles; si el hombre puede actuar no obstante de una manera más profunda sobre el ambiente, es más bien psíquicamente que corporalmente, y lo que hemos dicho de los efectos de la actitud materialista puede ya hacerlo comprender suficientemente.Por todo lo que hemos expuesto hasta aquí, es fácil darse cuenta ahora del sentido general en el que se efectúan estos cambios: ese sentido es el que hemos caracterizado como la «solidificación» del mundo, que da a todas las cosas un aspecto que responde de una manera cada vez más próxima (aunque no obstante siempre inexacta en realidad) a la manera en que las consideran las concepciones cuantitativas, mecanicistas o materialistas; es por eso, hemos dicho, que la ciencia moderna «triunfa» en sus aplicaciones prácticas, y es por eso también por lo que la realidad ambiente no parece infligirle desmentidos demasiado contundentes. No habría podido ser lo mismo en épocas anteriores, donde el mundo no estaba tan «sólido» como hoy día, y donde la modalidad corporal y las modalidades sutiles del dominio individual no estaban tan completamente separadas (aunque, como lo veremos más adelante, incluso en el estado presente, haya que hacer ciertas reservas en lo que concierne a esta separación). No solo el hombre, debido a que sus facultades estaban mucho menos estrechamente limitadas, no veía el mundo con los mismos ojos que hoy día, y percibía de él muchas cosas que se le escapan ahora enteramente; sino que, correlativamente, el mundo mismo, en tanto que conjunto cósmico, era verdaderamente diferente cualitativamente, porque posibilidades de otro orden se reflejaban en el dominio corporal y le «transfiguraban» en cierto modo; y es así como, cuando algunas «leyendas» dicen por ejemplo que hubo un tiempo en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los guijarros más groseros, eso no debe tomarse quizás solo en un sentido completamente simbólico. Bien entendido, ese sentido simbólico existe siempre en parecido caso, pero eso no es decir que sea el único, ya que toda cosa manifestada es necesariamente un símbolo en relación a una realidad superior; por lo demás, no pensamos tener necesidad de insistir en ello, ya que hemos tenido en otras partes suficientes ocasiones de explicarnos sobre eso, ya sea de una manera general, ya sea en lo que concierne a los casos más particulares tales como el valor simbólico de los hechos históricos y geográficos.
Nos adelantaremos sin más tardar a una objeción que podría plantearse sobre el tema de estos cambios cualitativos en la «figura del mundo»: se dirá quizás que, si ello fuera así, los vestigios de las épocas desaparecidas que se descubren a cada instante deberían dar testimonio de ello, y que, sin hablar de las épocas «geológicas» y para atenerse a lo que toca a la historia humana, los arqueólogos e incluso los «prehistoriadores» no encuentran nunca nada de tal, por lejos que los resultados de sus excavaciones se adentren en el pasado.
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