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ERDLC. 31-3 bis

ERDLC. 31-3 bis Mitología científica y vulgarización

Puesto que hemos sido conducidos a hacer alusión a las «supervivencias» que dejan en la mentalidad común, teorías en las que los sabios mismos ya no creen, y que aún así no continúan ejerciendo menos su influencia sobre la actitud de la generalidad de los hombres, será bueno insistir un poco más en ello, ya que en eso hay algo que puede contribuir también a explicar algunos aspectos de la época actual. A este respecto, conviene recordar primero que uno de los principales caracteres de la ciencia profana, cuando deja el dominio de la simple observación de los hechos y quiere intentar sacar alguna cosa de la acumulación indefinida de detalles particulares que es su único resultado inmediato, es la edificación más o menos laboriosa de teorías puramente hipotéticas, y que necesariamente no pueden ser nada más, dado su punto de partida completamente empírico, ya que los hechos, que en sí mismos son siempre susceptibles de explicaciones diversas, no han podido y no podrán garantizar nunca la verdad de ninguna teoría, y, como lo hemos dicho más atrás, su mayor o menor multiplicidad no supone nada a este respecto; así tales hipótesis, en el fondo, están mucho menos inspiradas por las constataciones de la experiencia que por algunas ideas preconcebidas y por algunas de las tendencias predominantes de la mentalidad moderna. Por lo demás, se sabe con qué rapidez siempre creciente esas hipótesis, en nuestra época, son abandonadas y reemplazadas por otras, y estos cambios continuos bastan muy evidentemente para mostrar su poca solidez y la imposibilidad de reconocerles un valor en tanto que conocimiento real; es así como toman cada vez más, en el pensamiento de los sabios mismos, un carácter convencional, y por consiguiente irreal, y en eso también podemos observar un síntoma del encaminamiento hacia la disolución final. En efecto, esos sabios, y concretamente los físicos, no pueden apenas estar enteramente engañados con semejantes construcciones, cuya fragilidad, hoy día más que nunca, conocen demasiado bien; no solo se «usan» rápidamente, sino que, desde su comienzo, aquellos mismos que las edifican no creen en ellas más que en una cierta medida, sin duda bastante limitada, y a título en cierto modo «provisorio»; y, muy frecuentemente, parecen considerarlas incluso menos como verdaderas tentativas de explicación que como simples «representaciones» y como «maneras de hablar»; es todo lo que son en efecto, y hemos visto que Leibnitz había mostrado ya que el mecanicismo cartesiano no podía ser otra cosa que una «representación» de las apariencias exteriores, desprovisto de todo valor propiamente explicativo.

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