ERDLC. 16-4.
Se comprenderá quizás mejor lo que acabamos de decir si se destaca que los metales, según el simbolismo tradicional, están en relación no solo con el «fuego subterráneo» como lo hemos indicado, sino también con los «tesoros ocultos», puesto que todo eso está bastante estrechamente conexo, por razones que no podemos desarrollar más en este momento, pero que pueden ayudar concretamente a la explicación de la manera en que las intervenciones humanas son susceptibles de provocar o más exactamente de «desencadenar» algunos cataclismos naturales. Sea como sea, todas las «leyendas» (para hablar el lenguaje actual) que se refieren a esos «tesoros» muestran claramente que sus «guardianes», es decir, precisamente las influencias sutiles que están vinculadas a ellos, son «entidades» psíquicas a las que es muy peligroso acercarse sin poseer las «cualificaciones» requeridas y sin tomar las precauciones debidas; pero, de hecho, ¿qué precauciones podrían tomar los modernos, que son completamente ignorantes de estas cosas, a este respecto? Están evidentísimamente desprovistos de toda «cualificación», así como de todo medio de acción en ese dominio, que se les escapa a consecuencia de la actitud misma que han tomado frente a todas las cosas; es verdad que se jactan constantemente de «someter a las fuerzas de la naturaleza», pero están ciertamente muy lejos de sospechar que, detrás de esas fuerzas mismas, que consideran en un sentido exclusivamente corporal, hay algo de otro orden, de lo cual ellas no son realmente más que el vehículo y como la apariencia exterior; y es eso lo que algún día podría rebelarse y volverse finalmente contra aquellos que lo han desconocido.A este propósito, agregaremos incidentalmente otra precisión que quizás no parecerá más que singular o curiosa, pero que tendremos la ocasión de volverla a encontrar después: en las «leyendas», los «guardianes de los tesoros ocultos», que son al mismo tiempo los herreros que trabajan en el «fuego subterráneo», son representados a la vez, y según los casos, como gigantes y como enanos. Algo semejante existía también para los Kabiros, lo que indica que todo simbolismo es susceptible también de recibir una aplicación que se refiere a un orden superior; pero, si uno se atiene al punto de vista en el que, debido al hecho de las condiciones mismas de nuestra época, debemos colocarnos al presente, no puede verse en ello más que la cara en cierto modo «infernal», es decir, que no hay en eso, en estas condiciones, más que una expresión de influencias que pertenecen al lado inferior y «tenebroso» de lo que se puede llamar el «psiquismo cósmico»; y, como lo veremos mejor al proseguir nuestro estudio, son efectivamente las influencias de este tipo las que, bajo sus formas múltiples, amenazan hoy la «solidez» del mundo.
Para completar esta apercepción, precisaremos también, como refiriéndose evidentemente al lado «maléfico» de la influencia de los metales, la prohibición frecuente de llevar sobre sí objetos metálicos durante el cumplimiento de algunos ritos, ya sea en el caso de ritos exotéricos , ya sea en el de ritos propiamente iniciáticos . Sin duda, todas las prescripciones de este género tienen ante todo un carácter simbólico, y eso es incluso lo que constituye todo su valor profundo; pero aquello de lo que es menester darse cuenta bien, es que el verdadero simbolismo tradicional (que uno debe guardarse bien de confundir con las contrahechuras y las falsas interpretaciones a las que los modernos aplican a veces abusivamente el mismo nombre) tiene siempre un alcance efectivo, y que sus aplicaciones rituales, en particular, tienen efectos perfectamente reales, aunque las facultades estrechamente limitadas del hombre moderno no puedan percibirlos generalmente. En eso no se trata de cosas vagamente «ideales», sino, bien al contrario, de cosas cuya realidad se manifiesta a veces de una manera en cierto modo «tangible»; y si ello fuera de otro modo, ¿cómo podría explicarse, por ejemplo, el hecho de que hay hombres que, en ciertos estados espirituales, no pueden sufrir el contacto ni siquiera indirecto de los metales, y eso incluso si ese contacto ha sido operado sin su conocimiento y en condiciones tales que les sea imposible apercibirse de ello por medio de sus sentidos corporales, lo que excluye forzosamente la explicación psicológica y «simplista» de la «autosugestión»? . Si agregamos que este contacto puede llegar, en parecido caso, hasta producir exteriormente los efectos fisiológicos de una verdadera quemadura, se convendrá que tales hechos deberían dar motivos de reflexión si los modernos fueran todavía capaces de ello; pero la actitud profana y materialista y la toma de partido que resulta de ella les han sumergido en una incurable ceguera.
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