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ERDLC. 14-4 Ter.

ERDLC. 14-4 Ter. Significación de la metalurgia

Hemos dicho que las artes o los oficios que implican una actividad que se ejerce sobre el reino mineral pertenecen propiamente a los pueblos sedentarios, y que, como tales, estaban prohibidos por la ley tradicional de los pueblos nómadas, de la cual la ley hebraica representa el ejemplo más generalmente conocido; es evidente, en efecto, que esas artes tienden directamente a la «solidificación», que, en el mundo corporal tal y como el mismo se presenta a nosotros, alcanza efectivamente su grado más acentuado en el mineral mismo. Por lo demás, este mineral, bajo su forma más común que es la de la piedra, sirve ante todo para la construcción de edificios estables ; una ciudad sobre todo, por el conjunto de los edificios que la componen, aparece en cierto modo como una aglomeración artificial de minerales; y, como lo hemos visto ya, la vida en las ciudades corresponde a un sedentarismo todavía más completo que la vida agrícola, del mismo modo que el mineral es más fijo y más «sólido» que el vegetal. Pero hay todavía otra cosa; las artes que tienen como objeto el mineral comprenden también la metalurgia bajo todas sus formas; ahora bien, si se observa que, en nuestra época, el metal tiende cada vez más a sustituir a la piedra misma en la construcción, como la piedra había sustituido antaño a la madera, se estará tentado de pensar que debe haber en eso un síntoma característico de una fase más «avanzada» en la marcha descendente del ciclo; y eso es confirmado por el hecho de que, de una manera general, el metal juega un papel siempre creciente en la civilización moderna «industrializada» y «mecanizada», y eso tanto desde el punto de vista destructivo, si se puede decir, como desde el punto de vista constructivo, ya que la consumición de metal que entrañan las guerras contemporáneas es verdaderamente prodigiosa.
Por lo demás, esta precisión concuerda con una particularidad que se encuentra en la tradición hebraica: desde el comienzo, cuando el empleo de las piedras estaba permitido en algunos casos tales como la construcción de un altar, no obstante estaba especificado que esas piedras debían estar «enteras» y «no tocadas por el hierro» ; según los términos mismos de este pasaje, la insistencia recae menos sobre el hecho de no trabajar la piedra que sobre el de no emplear en ello el metal; así pues, la prohibición concerniente al metal era más rigurosa, sobre todo para todo lo que estaba destinado a un uso más especialmente ritual . Rastros de esta prohibición subsistieron incluso cuando Israel hubo dejado de ser nómada y construyo o hizo construir edificios estables: cuando se edificó el Templo de Jerusalem, «las piedras fueron traídas todas tales como debían ser, de suerte que, al edificar la casa, no se oyó ni martillo, ni hacha, ni ningún útil de hierro» . Este hecho no tiene en realidad nada de excepcional, y se podría encontrar, en este sentido, una multitud de indicios concordantes: así, en muchos países, ha existido y existe todavía una especie de exclusión parcial de la comunidad, o al menos una «puesta aparte», contra los obreros que trabajan los metales, sobre todo los herreros, cuyo oficio se asocia frecuentemente con la práctica de una magia inferior y peligrosa, degenerada finalmente, en la mayoría de los casos, en brujería pura y simple.

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