
Al considerar así las cosas, se llega finalmente a esto: o bien se veía antaño lo que ya no se ve ahora, porque ha habido cambios considerables en el medio terrestre o en las facultades humanas, o más bien en los dos a la vez, siendo estos cambios tanto más rápidos cuanto más se acerca uno a nuestra época; o bien lo que se llama la «geografía» tenía antiguamente una significación completamente diferente de la que tiene hoy día. De hecho, los dos términos de esta alternativa no se excluyen, y cada uno de ellos expresa un lado de la verdad, puesto que la concepción que uno se hace de una ciencia depende naturalmente a la vez del punto de vista desde donde se considera su objeto y de la medida en la cual se es capaz de aprehender efectivamente las realidades que están implicadas en él: por estos dos lados a la vez, una ciencia tradicional y una ciencia profana, incluso si llevan el mismo nombre (lo que indica generalmente que la segunda es como un «residuo» de la primera), son tan profundamente diferentes que están realmente separadas por un abismo. Ahora bien, hay realmente una «geografía sagrada» o tradicional, que los modernos ignoran tan completamente como todos los demás conocimientos del mismo género; hay un simbolismo geográfico así como un simbolismo histórico, y es el valor simbólico de las cosas el que les da su significación profunda, porque es por eso por donde es establecida su correspondencia con las realidades de orden superior; pero, para determinar efectivamente esta correspondencia, es menester ser capaz, de una manera o de otra, de percibir en las cosas mismas el reflejo de esas realidades. Es así como hay lugares que son más particularmente aptos para servir de «soporte» a la acción de las «influencias espirituales», y es en esto en lo que se ha basado siempre el establecimiento de algunos «centros» tradicionales principales o secundarios, de los que los «oráculos» de la antigüedad y los lugares de peregrinaje proporcionan los ejemplos más aparentes exteriormente; hay también otros lugares que no son menos particularmente favorables a la manifestación de «influencias» de un carácter enteramente opuesto, pertenecientes a las más bajas regiones del dominio sutil; ¿pero que puede significar para un occidental moderno que haya, por ejemplo, en tal lugar una «puerta de los Cielos» o en tal otro una «boca de los Infiernos», puesto que el «espesor» de su constitución «psicofisiológica» es tal que, ni en el uno ni en el otro, pueden sentir absolutamente nada de especial? Así pues, estas cosas son literalmente inexistentes para él, lo que bien entendido, no quiere decir que hayan cesado de existir realmente; pero es verdad que, al haberse reducido en cierto modo al mínimo las comunicaciones del dominio corporal con el dominio sutil, es menester, para poder constatarlas, un mayor desarrollo de esas mismas facultades de antaño, y son justamente esas facultades las que, bien lejos de desarrollarse, han ido al contrario debilitándose generalmente y han acabado por desaparecer en la «media» de los individuos humanos, de suerte que la dificultad y la rareza de las percepciones de ese orden han sido doblemente acrecentadas con ello, y es eso lo que permite a los modernos tomar a irrisión los relatos de los antiguos.
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