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ERDLC. 5-4. bis

ERDLC. 5-4. bis Estas pocas indicaciones bastan para hacer comprender cuan vanas son todas las discusiones a las que los profanos (y por esta palabra debemos entender aquí todos aquellos que están afectados del espíritu moderno) pueden intentar librarse sobre lo que se refiere a los primeros periodos del Manvantara, a los tiempos de la «edad de oro» y de la «tradición primordial», e incluso a hechos mucho menos remotos como el «diluvio» bíblico, si uno no toma éste más que en el sentido más inmediatamente literal en el que se refiere al cataclismo de la Atlántida; estas cosas son de las que están y estarán siempre enteramente fuera de su alcance. Por lo demás, es por eso por lo que las niegan, como niegan indistintamente todo lo que les rebasa de una manera cualquiera, ya que todos sus estudios y todas sus investigaciones, emprendidas partiendo de un punto de vista falso y limitado, no pueden desembocar en definitiva más que en la negación de todo lo que no está incluido en ese punto de vista; y, además, esas gentes están tan persuadidas de su «superioridad» que no pueden admitir la existencia o la posibilidad de que nada escape a sus investigaciones; ¡ciertamente, los ciegos estarían igualmente bien fundamentados para negar la existencia de la luz y para sacar pretexto de ello para jactarse de ser superiores a los hombres normales!
Lo que acabamos de decir de los límites de la historia, considerada según la concepción profana, puede aplicarse igualmente a los de la geografía, ya que, ahí también, hay muchas cosas que han desaparecido completamente del horizonte de los modernos; que se comparen las descripciones de los geógrafos antiguos a las de los geógrafos modernos, y se verá llevado frecuentemente a preguntarse si es verdaderamente posible que los unos y los otros se refieran a un mismo país. Sin embargo, los antiguos de que se trata no lo son más que en un sentido muy relativo, e incluso, para constatar cosas de este género, no hay necesidad de remontar más allá de la Edad Media; no ha habido pues, ciertamente, en el intervalo que los separa de nosotros, ningún cataclismo notable; a pesar de eso, ¿ha podido cambiar el mundo de figura hasta tal punto y tan rápidamente? Sabemos bien que los modernos dirán que los antiguos han visto mal, o que han contado mal lo que han visto; pero esta explicación, que equivaldría en suma a suponer que, antes de nuestra época, todos los hombres estaban tocados de trastornos sensoriales o mentales, es verdaderamente demasiado «simplista» y negativa; y si se quiere examinar la cuestión con toda parcialidad, ¿por qué, al contrario, no serían los modernos los que ven mal, y los que ni siquiera ven en absoluto algunas cosas? Proclaman triunfalmente que «la tierra está ahora enteramente descubierta», lo que no es quizás tan verdadero como creen, y se imaginan que, por el contrario, era desconocida para los antiguos en su mayor parte, en lo cual uno se puede preguntar de qué antiguos quieren hablar con exactitud, y si piensan que antes de ellos, no hubo otros hombres que los occidentales de la época «clásica», y que el mundo habitado se reducía entonces a una pequeña porción de Europa y de Asia Menor; agregan que «lo desconocido, porque es desconocido, no podía ser más que misterioso»; pero, ¿dónde han visto que los antiguos hayan dicho que había cosas «misteriosas», y no es simplemente que ellos las declaran tales porque ya no las comprenden?

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