
No queremos extendernos demasiado sobre un tema que se prestaría a unos desarrollos casi indefinidos, pero que se aleja mucho de lo que tenemos principalmente en vista; sería fácil mostrar, por ejemplo, que, en razón de la «supervivencia» de las hipótesis, elementos que pertenecen en realidad a teorías diferentes se superponen y se entremezclan de tal manera en las representaciones vulgares que forman a veces las combinaciones más heteróclitas; por lo demás, a consecuencia del desorden inextricable que reina por todas partes, a la mentalidad contemporánea se le hace que acepte así gustosamente las más extrañas contradicciones. Preferimos insistir todavía solo sobre uno de los aspectos de la cuestión, que, a decir verdad, anticipará un poco sobre las consideraciones que habrán de tomar lugar después, ya que se refiere a cosas que pertenecen más propiamente a otra fase diferente de la que hemos considerado hasta aquí; pero todo eso, de hecho, no puede ser separado enteramente, lo que no daría más que una figuración demasiado «esquemática» de nuestra época, y, al mismo tiempo, ya se podrá entrever por eso cómo las tendencias hacia la «solidificación» y hacia la disolución, aunque aparentemente opuestas bajo ciertos aspectos, se asocian no obstante por el hecho mismo de que actúan simultáneamente para desembocar en definitiva en la catástrofe final. De lo que queremos hablar, es del carácter más particularmente extravagante que revisten las representaciones de que se trata cuando son transportadas a un dominio diferente de aquel al cual estaban destinadas a aplicarse primitivamente; es de ahí de donde derivan, en efecto, la mayor parte de las fantasmagorías de lo que hemos llamado el «neoespiritualismo» bajo sus diferentes formas, y son precisamente estas apropiaciones de concepciones que dependen esencialmente del orden sensible las que explican esa suerte de «materialización» de lo suprasensible que constituye uno de sus rasgos más generales . Sin buscar por el momento determinar más exactamente la naturaleza y la cualidad de lo suprasensible a lo cual se hace llamada efectivamente aquí, no es inútil destacar hasta qué punto esos mismos que lo admiten todavía y que piensan en constatar su acción están, en el fondo, penetrados de la influencia materialista: si no niegan toda realidad extracorporal como la mayoría de sus contemporáneos, es porque se hacen de ella una idea que les permite reducirla en cierto modo al tipo de las cosas sensibles, lo que seguramente apenas vale más. Por lo demás, uno no podría sorprenderse de ello cuando se ve hasta qué punto todas las escuelas ocultistas, teosofistas y otras de ese género, aman buscar constantemente puntos de aproximación con las teorías científicas modernas, de las cuales se inspiran frecuentemente más directamente de lo que quieren confesar; el resultado no es en suma más que lo que debe ser lógicamente en tales condiciones; e incluso se podría destacar que, debido al hecho de las variaciones sucesivas de esas teorías científicas, la similitud de las concepciones de tal escuela con tal teoría especial permitiría en cierto modo «fechar» a esa escuela en la ausencia de toda reseña más precisa sobre su historia y sobre sus orígenes.
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