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En esas condiciones, lo menos que se puede decir de ello es que hay en eso algo bastante vano, y que, seguramente, es una extraña concepción de la ciencia aquella de la que procede semejante trabajo; pero el peligro de esas teorías ilusorias reside sobre todo en la influencia que, solo por eso de que se titulan «científicas», son susceptibles de ejercer sobre el «gran público», que las toma completamente en serio y que las acepta ciegamente como «dogmas», y eso no solo mientras duran (y frecuentemente apenas han tenido el tiempo de llegar a su conocimiento), sino incluso y sobre todo cuando los sabios las han abandonado ya y mucho tiempo después, debido al hecho de su persistencia, de la que hablábamos más atrás, en la enseñanza elemental y en las obras de «vulgarización», donde, por otra parte, son presentadas siempre de una manera «simplista» y resueltamente afirmativa, y no como las simples hipótesis que eran en realidad para aquellos mismos que las elaboraron. No es sin razón como acabamos de hablar de «dogmas», ya que, para el espíritu antitradicional moderno, se trata en efecto de algo que debe oponerse y substituir a los dogmas religiosos; un ejemplo como el de las teorías «evolucionistas», entre otras, no puede dejar ninguna duda a este respecto; y lo que es también muy significativo, es el hábito que tienen la mayoría de los «vulgarizadores» de salpicar sus escritos de declamaciones más o menos violentas contra toda idea tradicional, lo que muestra muy claramente el papel que están encargados de jugar, aunque sea inconscientemente en muchos casos, en la subversión intelectual de nuestra época.Ha llegado a constituirse así, en la mentalidad «cientificista» que, por las razones de orden en gran parte utilitario que hemos indicado, es, a un grado o a otro, la de la gran mayoría de nuestros contemporáneos, una verdadera «mitología», no ciertamente en el sentido original y transcendente de los verdaderos «mitos» tradicionales, sino simplemente en la acepción «peyorativa» que esta palabra ha tomado en el lenguaje corriente. Se podrían citar innumerables ejemplos de ello; uno de los más llamativos y de los más «actuales», si se puede decir, es el de la «imaginería» de los átomos y de los múltiples elementos de especies variadas en los que han acabado por disociarse éstos en las teorías físicas recientes (lo que hace que ya no sean átomos, es decir, literalmente «indivisibles», aunque se persiste en darles este nombre a pesar de toda lógica); «imaginería» decimos, ya que sin duda no es más que eso en el pensamiento de los físicos; pero el «gran público» cree firmemente que se trata de «entidades» reales, que podrían ser vistas y tocadas por cualquiera cuyos sentidos estuvieran suficientemente desarrollados o que dispusiera de instrumentos de observación bastante poderosos; ¿no es eso «mitología» del tipo más ingenuo? Eso no impide que ese mismo público se mofe a todo propósito de las concepciones de los antiguos, de las que, bien entendido, no comprenden la menor palabra; ¡admitiendo incluso que haya podido haber en todos los tiempos deformaciones «populares» (todavía una expresión que hoy día se ama mucho emplear a diestro y siniestro, sin duda a causa de la importancia creciente acordada a la «masa»), es permisible dudar que hayan sido nunca tan groseramente materiales y al mismo tiempo tan generalizadas como lo son ahora, gracias a la vez a las tendencias inherentes a la mentalidad actual y a la difusión tan elogiada de la «enseñanza obligatoria» profana y rudimentaria!
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